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Este fin de semana de configuración algo extraña, domingo y lunes, hemos acudido a un lugar que siempre apetece: el País Vasco. Y si es con anfitriones de categoría, tres en este caso, mejor. Del grupo de personas que hemos formado parte del viaje (Ana, Concha, Diego, José Luis, Lucía, Santi, Sergio, Teresa), algunos salieron antes, pero aquí va la breve crónica de domingo y lunes que es cuando coincidimos todos… a ratos.
La primera parada del domingo, además literal, fue Zumaya. Allí llegamos poco antes de las doce del mediodía para almorzar y para dar un paseo por dos de sus grandes atractivos turísticos, que además están muy cerca: la ermita de San Telmo y el Flysch.
La ermita de San Telmo sería una más de las decenas de miles que hay en España, si no fuera porque en ella se casaron los protagonistas de una de las películas más exitosas de siempre en nuestro país, ‘Ocho apellidos vascos’. Mucho antes de que ello sucediera, la ermita ya presidía los inconfundibles acantilados del Flysch, una formación geológica tan llamativa y bonita como su nombre.
Tras visitar la ermita y la playa de Itzurun, regreso al centro para pasar de nuevo por el balneario y la gran iglesia de San Pedro, para disfrutar y dar a conocer el triunfo del Numancia en casa del Fabril y, sobre todo, para comer a lo grande en pleno centro del pueblo, en el Zalla: ensaladas, tortillas, pollos.
Desde allí, camino hacia el coche para dirigirnos hacia San Sebastián, con un par de paradas. Dicho camino no fue por la autopista, sino por la carretera de la costa. La primera parada fue en Guetaria, el precioso pueblo de pescadores, marineros… y modista. Allí nacieron el culminador de la primera vuelta al mundo, Juan Sebastián Elcano, y uno de los grandes diseñadores del siglo XX y, supongo, de todos los tiempos: Cristóbal Balenciaga. No hubo tiempo de ver su museo pero apuntado queda.
La siguiente parada, como es fácil de adivinar, fue Zarauz, una de las grandes playas de todo el litoral del Mar Cantábrico. Quizás no hacía día de playa, de baño, pero sí para darse un buen paseo por la arena o por el embaldosado. Eso fue lo que hicimos, acercarnos hasta el restaurante de Karlos Arguiñano, rodearlo y volver al vehículo, pues la noche no estaba tan lejos. De hecho, nos cayó cuando íbamos hacia San Sebastián, todavía por la carretera de la costa, atravesando Orio.
En San Sebastián tuvimos los problemas esperables para aparcar cuando nuestro destino se encuentra al lado del Reale Arena justo cuando la Real Sociedad juega un partido de Liga, contra el Espanyol en este caso. Creo que cogimos el único sitio que había libre en el aparcamiento del Centro Comercial Arcco Amara.
En tres minutos a pie llegamos a la sociedad gastronómica Ikasbide Kultur Elkartea, en la que nos esperaban Alberto, Amaia, Ángela, Aritz, Ohiana, Santi y Yago. Para algunos era su debut en una sociedad y para otros, el regreso. Para todos, una experiencia gastronómica de lujo y auténtica: en el País Vasco hay más de 1.500 sociedades, de las cuales la mitad están en Guipúzoca. Es una suerte tener acceso a algunas de ellas. De allí nos fuimos despidiendo para citarnos al día siguiente.
Ese día siguiente ha sido hoy lunes. Tras una brevísima parada de intendencia de nuevo en Zumaya, nuestros dos coches han cambiado de provincia a la altura de Eibar, antes de detenerse en Portugalete, en Vizcaya. Este era el origen verdadero de nuestro viaje, visitar a Rodrigo en su barco, el Atyla Ship, fondeado en la ría del Nervión a unos 500 metros del símbolo universal portugalujo, su Puente Colgante. Dos maravillas separadas por medio kilómetro.
Después de visitar el barco por dentro con Rodrigo, algo que no ha sido tan sencillo por culpa de la marea baja, hemos tomado algo con él en una de las cafeterías cercanas. La historia del Atyla Ship no encuentra fácil comparación: un barco concebido en Soria por un soriano (Esteban Vicente, tío de Rodrigo), y que fue botado en Lequeitio en 1984, bajo el nombre de Marea Errota y con la pretensión inicial de dar la vuelta al mundo.
Cuatro décadas después, este histórico velero con miles de millas náuticas recorridas y otras tantas por recorrer, se encuentra a la venta. Durante los últimos diez años ha funcionado como barco-escuela, tal y como soñó Esteban. En unos días publicaremos su historia e intentaré acordarme de adjuntarla en este enlace.
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