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Anduvimos la semana pasada en Valdeprado y vimos algunas cosas curiosas. Valdeprado es el último pueblo de la provincia de Soria según se va desde Fuentes de Magaña hacia Navajún. Al menos, el último pueblo al que se llega sobre asfalto, pues todavía hay un camino que une Valdeprado con el pueblo más bajo de Soria, Cigudosa.
De hecho, el tramo final de carretera antes de llegar a Valdeprado ya es una fuerte bajada. A la derecha hay una especie de cárcavas muy llamativas, imposible no pensar en el paisaje leonés de Las Médulas, aquellas minas de oro romanas.
Valdeprado, en plenas Tierras Altas como bien delata todo el paisaje que lo rodea, está también bastante bajo para lo que es Soria, algo más de 800 metros. Ello permite que en pleno casco urbano haya una buena plantación de olivos, como sucede en otras localidades de esta comarca.
Uno de los objetivos de nuestro paseo era encontrar tres placas cuya existencia conocíamos. La primera, la más antigua, es la más fácil de encontrar, en plena plaza, una gran placa que recuerda la llegada de la electricidad a Valdeprado en los años 50 del siglo pasado. La placa es de agradecimiento para los hijos de Valdeprado que emigraron a América, y cuyas ganancias en aquel continente permitieron esa llegada de la luz eléctrica. En Valdeprado únicamente nos encontramos tres personas, tres trabajadores de la construcción... sudamericanos.
En la parte baja del pueblo, junto al parque infantil, se tiene una panorámica espectacular de todo el valle del río Valdeprado, pues este es uno de los varios casos de la provincia de Soria en el que coinciden el nombre del pueblo y del río.
Ya de subida encontramos la segunda placa, la del beato Pedro Jiménez Vallejo, en su casa natal. Nació en 1861 y fue maestro, sacerdote y carmelita descalzo. Sufrió martirio en la Guerra Civil y fue beatificado en 2007. La placa luce desde 2019, para conmemorar los 125 años desde que tomó los hábitos religiosos (1894).
Cerca de esta casa hay un muro con numerosas piedras pintadas de modo artístico. En realidad, todo el pueblo merece una visita, con la mayoría de sus casas bien conservadas con ese tradicional estilo de la arquitectura de Tierras Altas.
De regreso al coche, ya después de ver los olivos, y cuando pensábamos que nos íbamos sin verla, encontramos la tercera placa, la que recuerda a Simón Blanco Pascual, quien nació en octubre de 1924 y que escribió un total de 135 libros de poesía. La placa fue colocada en julio de 2007.
Ya de regreso por el mismo camino, nos detuvimos en la zona del cementerio, el lavadero y la curiosísima piscina que trataremos de visitar en verano, a ver si es utilizada cuando haya gente y grados suficientes. Más llamativos y auténticos son los carteles que pueden verse todavía en el lavadero, construido en 1921.
En uno de esos carteles, el de la segunda pila, se recuerda quiénes eran los concejales y el alcalde aquel año de 2021. En el segundo cartel, el de la primera pila, se explicitaba la multa de 5 a 25 pesetas para las personas que utilizaran esta primera pila para remojar la ropa sucia. Solo podía utilizarse para aclarar, como parece lógico. El lavadero sigue con agua, por cierto. Ojalá supiera si alguna persona fue multada por esa falta, supongo que no. Me ha hecho ilusión comprobar que estos carteles, estas inscripciones, han sido restaurados desde la última vez que los visité.
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