Blog | Por Sergio Tierno / Viajes, geografía, deportes y curiosidades

Cap. 377. 14/17-6-2025

Nuestro viaje familiar al Algarve

8. Loulé, Mercado y Café Calcinha (7)
photo_camera 8. Loulé, Mercado y Café Calcinha (7)

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Existen decenas de millones de combinaciones posibles de un viaje al Algarve, el soleado paraíso del sur de Portugal. Yo voy a contar tan solo una, la cual ni recomiendo ni dejo de recomendar, ni persuado ni disuado, y si la cuento es tan solo porque ha sido la nuestra, la realizada con mi sobrina, sus padres y su padrino, en estos cuatro días del 14 al 17 de junio, de sábado a martes.

Sábado 14 de junio

Volamos de Madrid a Faro con Ryanair sin sobresaltos, no como los jóvenes madrileños de Segundo de Bachillerato con los que compartíamos vuelo y que se quedaron sin adulto responsable porque no encontró el DNI a tiempo. A mediodía aterrizamos en la capital del Algarve.

Tras los trámites habituales del coche de alquiler, nos dirigimos en él hacia nuestro hogar de estos días, la urbanización Turiquintas en Alporchinhos, al lado de Armaçao de Pera. Lo primero que hicimos fue una gran compra en el supermercado de al lado para los desayunos y cenas de estos días, salvo este primer día en el que invertimos comida-cena, casa-fuera.

Esta primer día no íbamos a quedarnos en casa, porque teníamos toda la tarde por delante, así que hicimos un par de visitas cercanas. La primera fue a la playa de Benagil. Allí conseguimos montarnos en una lancha rápida que, en media hora, nos llevó de visita a algunas de las cuevas más famosas de la zona, como la de la Tortuga o el Algar. También pudimos ver los espectaculares acantilados habituales en buena parte del Algarve, algunas calas accesibles solo en kayak y la famosa playa de la Marina, uno de los símbolos de la región.

En pocos minutos nos plantamos en nuestro segundo y último destino del día, Carvoeiro, pequeño y muy agradable. De aquí sale una gran pasarela hasta el llamado Algar Seco. Es un lugar precioso, elegido cada día por muchas personas para disfrutar el atardecer, como pudimos comprobar tanto este sábado como el lunes. Desde la pasarela es posible bajar en un par de puntos hacia todo este territorio informe de rocas por donde se va metiendo el agua. En nuestra cena en Carvoeiro, entre otros platos, no faltó el bacalao.

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Domingo 15 de junio

Fue el día elegido para hacer kilómetros, siempre dentro de un orden. Antes de hacerlos en coche, y como fuimos repitiendo cada día, los hicimos a pie por nuestra zona de Alporchinhos, mucho menos concurrida que otras que hemos visto porque las playas son pequeñas y de más difícil acceso, así que muy recomendables.

Tras el desayuno, tirada larga hasta el final, hasta el trozo de tierra que los tatatatarabuelos de nuestros tatatatarabuelos consideraban literalmente el fin del mundo: el Cabo de San Vicente, el cierre sudoccidental del continente europeo. De camino, nos hizo ilusión ver a gran cantidad de bicicletas antiguas circulando por la carretera en Budens, con motivo de la décima edición de su Paseo de Bicicletas Antiguas, con vehículos y trajes de época.

En este viaje hacia el Occidente del Algarve vemos un paisaje muy cambiado, muchísimo menos urbanizado que en nuestra zona. En San Vicente nos encontramos una de las grandes sorpresas del viaje: el frío. No helador ni de lejos, pero la temperatura era de ‘apenas’ 20 grados lo que, unido a los fuertes vientos que traía el Atlántico por todos lados, nos regaló una sensación de frescor única en este viaje.

Al lado de San Vicente está la ciudad de Sagres, uno de los santuarios del surf en Europa por lo mismo que acabo de explicar en el párrafo anterior: mar y viento. En Sagres visitamos por fuera su fortaleza, nos mojamos en la playa de Mareta y comimos en un bonito restaurante italiano.

El siguiente destino tenía el mismo número de letras que el anterior, y tres de ellas iguales y en la misma disposición: Silves, la capital de las naranjas, pues en estos días hemos visto miles de naranjos y abundantes olivos y vides, así como pinos o alcornoques. En Silves ya no encontramos el fresco de San Vicente, pero sí su Catedral, el castillo, en el que sí entramos, y algunas de sus bonitas calles, tapadas por grandes telas para sombrearlas en esta calurosa época del año. Lo hemos visto en más sitios.

Nada más. Regreso a casa, largo baño en la piscina, cena en la terraza y a la cama.

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Lunes 16 de junio

Este fue el paseo matutino más largo, pues después de acercarnos hasta la pura costa de Alporchinhos, giramos a la izquierda hacia Armaçao de Pera, una población de cierta importancia y con un paseo marítimo bastante animado, por lo que pudimos suponer a la temprana hora que lo visitamos. De regreso a casa subo a nuestra terraza superior para hacer una foto de las famosas chimeneas del Algarve, de las que dicen que no hay dos iguales.

Esta vez partimos el día en dos. Por la mañana, un solo destino, a una media hora de nuestra casa, la ciudad de Loulé. En el Algarve hay dos buenas cadenas montañosas, no alta montaña ni mucho menos pero sí buen terreno quebrado. Una es la de Monchique y otra es la de Caldeirao. La Vía Algarviana recorre estas dos cordilleras y muchos más lugares en una gran ruta senderista de 300 kilómetros.

Pues bien, Loulé es la antesala de la Sierra Caldeirao, si bien nuestro turismo se limitó a lo urbano, centrado en dos puntos. El primero fue el bonito mercado, uno de los más famosos de Portugal y al que llegamos quizás ya un poco tarde. Aun así, nos dio tiempo a oler a pescado y a comprar algo tanto de comida como de no comida.

Nuestra segunda parada en Loulé fue el Café Calcinha, que en 2029 celebrará su centenario. Es un lugar bien bonito para pasar un largo rato tomando algo o comiendo. Tiene un cliente que no se mueve nunca del Café, 24 horas al día pasa en él. Es el poeta Antonio Aleixo, vate popular del Algarve de principios del siglo XX que tiene una ruta dedicada en Loulé. En la mesa que siempre ocupa hay algunos poemas suyos como el que reza: “O mundo só pode ser/melhor do que até aqui,/quando consigas fazer/mais p´los outros que por ti!”. O sea: “El mundo solo puede ser/mejor de lo que es ahora/cuando consigas hacer/más por los otros que por ti!”. No sé si el signo de admiración abriría al principio del primer verso o del cuarto.

Casa, piscina, comida, piscina y siesta.

A la tarde, dos nuevos destinos, ambos cercanos, y un regalo de postre. Desde casa fuimos directos hasta la inmensa Playa da Rocha, una de las más grandes y accesibles del Algarve. Eso, unido a que se encuentra al lado de la gran ciudad de Portimao, la convierte también en una de las más concurridas. Lo típico: paseos, construcciones de arena y un poco de baño.

Justo al otro lado de la desembocadura del ancho e histórico río Arade se encuentra la preciosa localidad de Ferragudo, donde todavía parece que se aprecia bien la convivencia entre turistas y pescadores tradicionales. Un sitio muy agradable. Y, como estaba casi de camino a casa, entramos de nuevo a las pasarelas del Algar Seco en Carvoeiro, para disfrutar de nuevo del atardecer.

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Martes 17 de junio

Que es hoy. Último paseo matutino del viaje, último desayuno en casa y recogida de todos los equipajes. Con todo ello ya en el coche, visita a otra de las poblaciones más famosas del Algarve, Tavira. Hemos caminado las dos orillas del río Gilao, una con calles estrechas y sombreadas, la otra con calles más empinadas para subir a su castillo que domina toda la población.

No hacía día para largos paseos, como hemos comprobado en nuestra siguiente parada, la Playa del Barril. No se ve su final ni a oriente ni a occidente. Para llegar a ella es necesario andar casi un kilómetro y medio por el Parque Natural de Ría Formosa o, mucho mejor en mediodías como hoy, coger un trenecito de ida y vuelta.

En la Playa del Barril se encuentra una de las imágenes inolvidables del Algarve: los cientos de anclas ‘enterradas’ en la arena como recuerdo de la destrucción de la pesca tradicional del atún ante la irrupción de los nuevos tiempos liderados por el turismo. Es el Cementerio de las Anclas. Justo allí hay un par de establecimientos en los que todavía es posible comer platos típicos portugueses de mar y tierra.

Eso es lo que hemos hecho nosotros pero no ahí, sino en el camino de regreso hacia el aeropuerto, por la carretera cercana a la costa, por todo ese Parque Natural de Ría Formosa ya citado. Además de la buena comida (picanha, bife, patatas, ensalada), dos breves comentarios a esta media hora final de viaje en coche. Pasamos por Olhao, donde no hemos podido parar, pero sí comprobar uno de sus conocidos ejemplos de gran arte mural desde la misma carretera. Y poco después, gran noticia, después de haberlos visto en fotos promocionales, hemos contemplado desde no muy lejos un buen grupo de flamencos, junto a otras especies de aves.

Y ya. Hemos llegado bien al aeropuerto para dejar el coche y decirle adiós a Portugal, país vecino que llevaba 24 años sin visitar. No creo que pase tanto tiempo hasta mi próxima incursión, aunque solo sea por vergüenza. Y así ha sido, más o menos, nuestro viaje familiar al Algarve.

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