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Hay dos maneras de estar perdido, seguramente además de algunas otras: no saber dónde se está, no saber lo que se ve. Si se desea, la primera manera es muy sencilla de conseguir en algunos lugares de Tokio, con la tranquilidad que da la tecnología actual de salir muy pronto de esa pérdida. La segunda manera, sin embargo, reúne muchas más complejidades y solicita mucho más esfuerzo o tiempo en un lugar.
Mi idea de esta mañana, mi primera mañana en Tokio, era sentir ambas formas de estar perdido. Para ello, he aprovechado el lugar donde estamos alojados, el barrio de Ikebukuro. Quizás no está en el top diez de visitas en la gran capital de Japón, pero sí tiene su espacio en las guías como un lugar preferente entre los aficionados al género anime y manga, especialmente en el público femenino.
Pero antes de ello, por no romper el orden cronológico y por no saltarnos nada, aquí va una breve descripción de lo que hicimos ayer viernes 12 de septiembre. Era nuestro último día en Kioto y nos cuadraba bastante bien irnos a mediodía, así que decidimos realizar alguna visita cercana a nuestro hostal y, por tanto, a la estación de tren.
Entre las no muchas opciones que teníamos, elegimos una buena: el templo budista Higashi Honganji. Son una serie de imponentes construcciones de madera, una de las cuales, el Salón del Fundador, está considerada la construcción más grande de Kioto de este material, y una de las más grandes del mundo.
El templo fue reconstruido en 1895. Ante el inmenso tamaño de las vigas que se iban a utilizar, eran necesarias unas cuerdas acordes. Y no había material suficiente. No hubo problema: se consiguió que cientos o miles de devotas se fueron cortando sus cabelleras y las enviaran a Kioto para que, con la mezcla de su pelo y de cáñamo, se construyeran estas maromas. Una de ellas, de nada menos que 69 metros, se conserva en el espacio museístico del templo. Se conserva otra de 110 metros.
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Desde allí nos fuimos a comer al lado del hostal, a un nepalí sabrosísimo, al propio hostal a recoger las pertenencias y a la estación de tren de Kioto. Entre Kioto y Tokio salen como diez o doce trenes-bala, Shinkansen, cada hora, y en cada uno de los cuales caben, a saber… cientos de pasajeros. Compramos tres billetes sin reserva de asiento y nos sucedió a lo que nos arriesgamos: tuvimos que ir de pie. No logramos sentarnos en Nagoya y, cuando lo conseguimos en Yokohama, ya estábamos muy cerca del destino.
La tarde de ayer continuó en la zona de acreditaciones del Campeonato del Mundo de Atletismo pues, una vez más, el deporte rey ha sido el inspirador último de nuestro viaje. Desde allí, nuevo viaje en Metro hacia el Shinagawa Prince Hotel. Más que un hotel, que lo es, es un complejo hotelero de más de 3.500 habitaciones y más de 6.000 plazas. Había ambientazo, pues en él están alojadas las delegaciones de todos los países que compiten en este Mundial, unas 5.000 personas. Entre ellas, tres de Soria: el entrenador de Brías y de la selección de Portugal Enrique Pascual Oliva, el médico de la RFEA Raúl Zapata y la atleta Marta Pérez.
Más modesta es nuestra casa, nuestro siguiente destino, un coqueto y estrecho habitáculo de tres plantas que nos va a obligar a subir y bajar muchos escalones durante nuestra estancia aquí. La casa está en un barrio de calles también estrechísimas y casas muy bajas, de apariencia muy tranquila, nada que ver con lo que se ve nada más salir a las calles principales y a las cercanías de la fastuosa estación de Ikebukuro, la segunda con más movimiento de Tokio con un millón de pasajeros al día. Quien tenga alguna fobia a las aglomeraciones, de las que yo tampoco soy su primer fan pero que durante algún rato me hacen gracia, que busque otro destino. Para pasar de un lado a otro de la estación, del este al oeste de Ikebukuro, es imposible por arriba. Hay que andar por el interior durante varios minutos.
Eso me lo he encontrado al regreso de mi paseo de hoy sábado 13 de septiembre. A la ida, entre mi casa y el Sunshine City, he alternado calles grandes y pequeñas. Entre las primeras, una de las más famosas es Otome Road, donde había una actividad al aire libre con juegos y proyecciones de anime.
En mi deambular, he subido a una de las estaciones Taito, con cientos de máquinas recreativas y varias plantas dedicadas cada una de manera exclusiva a una bolera, dardos o mesas de billar, decenas de mesas de billar. En cualquiera de estos edificios, sin prisa, se puede hacer la prueba de entrar por un lado y salir por otro para seguir callejeando con la tranquilidad de la ausencia de prisa.
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Lo mismo me ha sucedido en el Sunshine City, otro mastodóntico complejo de edificios repleto de accesos a la calle. Parece escaso denominar centro comercial a un lugar que tiene decenas y decenas de tiendas y restaurantes, sí, pero también un hotel, un planetario, un acuario, numerosas salas de exposiciones, un gran espacio central donde hoy había una especie de concurso musical de talentos, un espacio para ferias, un mirador en su última planta de los muchos miradores que hay en Tokio…
No sé si porque hoy es sábado o porque en Tokio viven 15 millones de personas y en su aglomeración urbana el doble, pero hoy todo estaba lleno, al menos a los ojos de un soriano. En los restaurantes, se entiende que pueda haber colas. También las había en muchas tiendas y, además, en varios sitios inidentificados, colas bien largas, tanto dentro del Sunshine como fuera.
Un paseo en solitario me impide saber a qué esperan miles de japoneses de pie en muchas diferentes filas. Tampoco es sencillo comprender toda la simbología de los templos, ni la fascinación universal que despiertan el manga y el anime, ni a qué se dedican en su día a día todas esas personas que me cruzo, ni si hay gente en sus casas o está todo el mundo fuera, ni muchas de todas estas realidades que entran por los ojos y que son suficientes para seguir manteniendo cada vez más vivo el deseo de viaje.
Tras ese paseo en solitario, nos hemos reencontrado los compañeros de piso (Álex, Álvaro, Fernando, Miguel, Nacho -Dani no ha podido-), y hemos vuelto a comer en un nepalí, casualidades buscadas de la vida. Café y al Estadio Olímpico. Está llenísimo. Marta Pérez corre a las 19.50 la primera semifinal de la primera ronda de los 1.500 metros, en su quinto Mundial.
No solo corre, sino que hace una gran carrera y se mete en semifinales, lo mismo que la portuguesa residente en Soria, Salomé Afonso. Pero todo eso está más desarrollado en este enlace. Mañana, por tanto, más.
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