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Antes de embarcar
No te pega nada. Esa es la frase que escuché varias veces antes de iniciar mi último viaje. Pero… ¿a quién no le pega un crucero por el Caribe en el mes de enero? ¿Es incompatible la realización de viajes aparentemente contrapuestos por la misma persona, todos mis viajes deben ser iguales o similares? ¿Por qué existen ciertos prejuicios contra los cruceros, como he detectado en estos meses de preparación del viaje?
No conozco las respuestas a estas preguntas porque es mi primer crucero y porque estos párrafos iniciales están siendo escritos en el aeropuerto de Barajas, desde donde parte este domingo 4 de enero el vuelo de Iberia 263 hacia el aeropuerto Las Américas en la República Dominicana, cerca de su capital Santo Domingo.
La verdad completa es doble. Por un lado, me apetecía hacer alguna vez un crucero. Poco miedo puedo tener a esa presunta ‘claustrofobia’ cuando mis viajes favoritos son en tren y lo más largos y sin paradas que sea posible. Me apetece tanto la parte de navegación (de hecho, algún día querría cruzar en barco el Atlántico) como la de tierra. Además, la mayoría de navegaciones son nocturnas salvo el primer día y pico, con más de 30 horas en el Costa Pacífica.
Por otro lado, realizar un viaje por el Caribe es una manera muy eficaz para visitar nuevos países, especialmente países pequeños de acceso mucho más caro por avión y en los que no es ‘necesario’ pasar varios días para conocerlos o hacerse una idea de ellos. Ah, y en el Caribe hay playas, pero también montañas, y no pocas.
Este crucero que hoy mismo empieza tiene una duración de siete días, en los que se visitan seis islas. De esas seis islas, cuatro son países ‘completos’, insulares, y los otros dos son dependencias de otros países europeos mucho más grandes y ya visitados. Al abordaje.
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Día 1. 5 de enero. Todo el día en el Costa Pacífica
Supongo que por ser mi primer crucero fue tan grande la emoción cuando vi por primera vez el Costa Pacífica desde el autobús que nos llevó desde el aeropuerto hasta La Romana, cuando entré definitivamente a la nave, cuando pisé mi camarote y, sobre todo, cuando a las 23.59 del domingo 4 de enero se empezaron a soltar las amarras para buscar el sur, hacia Santa Lucía. El resto de trayectos del viaje serán cortos, salir alrededor de la anochecida y llegar al amanecer, pero en este hemos salido a las 0.00 del 5 de enero y se prevé que lleguemos a las 9.00 del 6 de enero a Castries, 33 horas después.
Llegamos a las 23.00 al barco, así que me dio tiempo a empezar a familiarizarme con él y a encontrar mi camarote en uno de los lados de los inmensos pasillos ubicados en la mayoría de las 12 plantas del barco. En el Costa Pacífica hay lugar para 3.000 pasajeros y 1.000 tripulantes. No sé si irá lleno pero no estará lejos.
Como este 5 de enero es completo de navegación, hay un elevadísimo número de actividades durante todo el día, desde las 7.00 hasta bien pasada la medianoche. No las he contado, pero calculo unas 60, de todo tipo: gastronomía de comida y bebida, salud, mucha música y mucho baile en los bares o en el gran teatro de tres plantas, visita al barco, yoga, juegos de diversa índole, eucaristía, paseos, mercadillo… Y faltan dos que aún no han llegado: la foto con el capitán de 20.30 a 21.00 y Mar de Estrellas en el Punto más Oscuro del Caribe a las 23.15, cuando se apagarán todas las luces del barco para que disfrutemos de las estrellas con una explicación de las mismas a cargo del capitán. Vestimenta recomendada: elegante.
Junto a las actividades en sí, hay numerosos espacios donde pasar el tiempo, básicamente tumbonas, bares, piscina, gimnasio, sala de juegos, el mostrador de excursiones, una miniagencia de viajes para futuros cruceros con Costa, pista de baloncesto, pista de atletismo de 150 metros donde anoche y hoy he visto gente corriendo o andando… En la planificación del ‘Hoy a Bordo’, en nuestro móvil, tenemos todas estas posibilidades de recreo en mar y en tierra muy bien detalladas.
Hay varios restaurantes incluidos en todas las tarifas, y otros que se pagan aparte. Como me habían dicho, lo iba a tener difícil para quejarme de las comidas, tanto de la cantidad como de la calidad. Las comidas no están asignadas ni en lugar ni en horario, para las cenas sí tengo una mesa y una hora que será la misma en todo el crucero si no pido modificaciones.
En la comida me han sentado con un polaco que también viaja solo. Me ha parecido que hay algunas cuantas personas más en esta situación, además de las familias con niños, grupos de amigos, parejas jóvenes, parejas de jubilados que habrán hecho ya cien cruceros por el mundo…
Poco antes de las 18.00 me he subido desde mi camarote para ver el atardecer, que era justo a esa hora. Así de memoria, creo que es el único o uno de los pocos que vamos a ver en alta mar Caribe, por lo que no quería perdérmelo. He hecho bien en no hacerlo.
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Día 2. 6 de enero. Montaña en Santa Lucía: Gros Pitons
Los Gros Pitons son dos preciosas montañas tropicales, simétricas, cónicas e icónicas, que nacen en el mismo mar Caribe y se elevan desde allí algo menos de 800 metros. Según veníamos de la navegación del día anterior, se las veía ya a lo lejos, para que quedara bien claro que nos acercábamos a Santa Lucía. Tan icónicas son que aparecen en la bandera de este pequeño país.
De los 3.000 pasajeros del Costa Pacífica, solo 12 hemos elegido esta excursión. Y de esos 12, solo cuatro hemos podido llegar hasta arriba, por falta de tiempo. El barco ha llegado puntual a las 9.00 a Castries. A las 9.15 nos han citado en el gran Teatro Stardust del barco para dirigirnos hacia nuestro autobús. Con tanta gente y tantas motivaciones, normal que esté todo tan bien organizado.
La base del Gran Piton, al que hemos subido nosotros, está a dos horas en furgoneta del puerto. No son muchos kilómetros, pero están repletos de miles de curvas junto al mar y cada carretera que cogíamos era más estrecha que la anterior. Hemos hecho apenas una breve parada para comprar agua.
De camino ya veíamos esa silueta tan inconfundible de los dos Pitons. Se adivina según nos acercamos que el Pequeño es ligeramente más afilado, lo que nos confirman después nuestros guías. Es más bajo y el camino es más corto, pero el ascenso es más empinado y difícil, incluso hacen falta cuerdas en los últimos metros.
Para subir al Gran Piton es obligatorio guía. Hay una treintena de ellos, y todos proceden de la misma comunidad que se encuentra en la base del monte. Como éramos un grupo relativamente grande, han venido cuatro guías con nosotros, dos chicos y dos chicas. Hemos empezado a caminar a las 11.45, tras el correspondiente embadurnamiento de crema solar. El calor está lejos de ser insoportable, calor sin más, y tampoco nos ha parecido una humedad excesiva.
Al final, sudar hemos sudado, pero es que esos casi 800 metros de desnivel se suben en dos kilómetros y medio más o menos. Además, el terreno es muy quebrado, lleno de piedras, aunque por suerte no había nada de barro, lo que no habría ayudado sobre todo en la bajada.
En la charla inicial junto a la maqueta de la montaña y el poblado, el guía nos ha explicado que la subida al Gran Piton se divide en cuatro partes. La primera es muy suave, ni montañera, y ya permite ver a la izquierda una buena parte de este país-isla que es Santa Lucía. Pronto empieza la fiesta, y ya se ve que no todos los del grupo van a poder subir hasta arriba por el tiempo del que disponemos, ya que la inclinación es tan intensa que hacemos varias paradas.
El grupo se va dividiendo con los correspondientes guías y al llegar al comienzo de la cuarta y última parte, la más empinada y sin descanso alguno, solo seguimos para arriba cuatro, con el permiso del guía. Uno de ellos es Bartek, el polaco con el que coincidí ayer en la comida y que recorre países corriendo maratones. Los dos polacos con los que he establecido amistad en mis viajes se llaman Bartek.
El guía nos pide que no nos demoremos arriba, en la cima, para la que nos queda un cuarto de hora. Sin embargo, es inevitable hacerlo más de los dos minutos que nos había pedido. No se ve el Pequeño Piton que sí hemos disfrutado en otros momentos del ascenso, pero sí el Caribe y una gran extensión de terreno de este pequeño país. Y además… hemos subido al Gran Piton, tan bonito.
Para la bajada, por el mismo sitio, han ayudado más que para la subida los pasamanos o barandillas que se encuentran en casi todo el trayecto, y aun así en varios sitios convenía echar las manos al suelo o las rocas. Han sido unas tres horas de caminata. Seguro que mañana mis cuádriceps me piden hablar conmigo.
Como no podía ser de otro modo, la comida de la excursión ha sido en un restaurante con un mirador hacia esa silueta de los Gros Pitons. Además, la comida estaba buenísima, con lentejas y todo. Dónde estaría a esa hora ya el desayuno…
No hemos hecho más en Santa Lucía. En el trayecto hemos visto las típicas casas coloridas del Caribe, mucha gente en las calles, venta ambulante de pescado, un partido de fútbol, obras… Hemos llegado al barco una hora antes del límite que teníamos. A las 19.00 salimos hacia Barbados, donde deberíamos llegar a las 7.00 de la mañana. Allí el plan es totalmente distinto en todos los sentidos.
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Día 3. 7 de enero. Cambio importante de planes y Castries
A las siete de la tarde de ayer habla la megafonía del barco: “Por motivos de mantenimiento, se retrasa unos minutos la salida del barco”. Menos de una hora después, vuelve a sonar la megafonía: “Por esos motivos señalados anteriormente, el Costa Pacífica dormirá en Santa Lucía y partirá mañana a las cuatro de la tarde. A lo largo de la noche se pasará información a cada cabina sobre el nuevo programa”.
Alrededor de las once de la noche, llaman a la puerta de mi camarote con un papel firmado por el capitán Stefano Boccaccio, el mismo que se fotografió antes de ayer conmigo: “(…) la escala prevista en Barbados para mañana será lamentablemente cancelada (…)”. El título de este largo reportaje, por tanto, no es exacto, porque los cuatro países que iba a visitar en este crucero se quedan de momento en tres. Pero mantengo el titular porque el crucero original programado visitaba seis islas y cuatro países, que ahora serán cinco y tres. Típicos imprevistos viajeros, aunque este no lo había visto venir ni por lo más remoto. No sé con qué frecuencia sucederá esto, pero seguro que con muy poca.
Castries está lejos de entrar en los listados de ciudades más hermosas del mundo, pero es en la que nos ha tocado pasar esta mañana, así que lo que tenía pensado hacer en la capital de Barbados, Bridgetown, lo he hecho en la de Santa Lucía. Básicamente, dar un paseo sin pretensiones. Cuando he salido del barco a las ocho de la mañana, allí estaban unos buzos y algunos altos cargos del barco trabajando aún en el arreglo del problema, por lo que he entendido.
Por lo que me han explicado en la oficina de turismo situada justo a la salida del crucero, los atractivos de Castries se concentran en el gran Mercado Central, la Catedral y el Parque Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura en 1992. El primero está a un minuto del barco y los otros dos, que están juntos, a menos de cinco minutos.
Junto a las referencias a Walcott, la otra gran cara visible de Santa Lucía es la de Julien Alfred, una de las mejores velocistas actuales tanto en 100 como en 200 metros y bien presente en murales y fotografías en Castries.
La parte baja de la ciudad son varias calles cuadriculadas llenas de comercios y bares. Los más cercanos al barco estaban llenos de cruceristas a los que no les apetecía contratar ninguna excursión improvisada. A nada que se caminaban tres cuadras, ese número de cruceristas se reducía drásticamente.
Junto a esta parte llana de Castries están sus alrededores, ya montañosos y en los que se ven numerosas casas de buen nivel. Entre los paseos, tomar algo muy sosegadamente y hacer un par de gastos, se me han ido algo más de cuatro horas. Los principales atractivos de Santa Lucía están fuera de su capital, por eso había tantos taxistas esperándonos y ofreciéndonos sus servicios. Ya os contaré en el futuro a ver qué tal es Bridgetown.
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Día 4. 8 de enero. Por el ala oriental de la mariposa de Guadalupe
Ayer, finalmente, después de cenar, alrededor de las 21.00 horas, la megafonía nos informó en media docena de idiomas de que los problemas técnicos habían sido resueltos, que las autoridades competentes habían dado el visto bueno y que el Costa Pacífica podía zarpar con 26 horas de retraso. Antes, ya nos habían dicho que no sería posible salir a las cuatro de la tarde, como nos adelantaron antes de ayer. Así que nos saltamos Barbados para ir directamente a Guadalupe, a la Francia de ultramar.
Hemos llegado a las 9.00 y a las 10.45 estábamos convocados los del autobús número 8, el mío, para una excursión por Grande Terre. Guadalupe tiene forma de mariposa. A la izquierda de los mapas convenidos, Basse Terre, montañosa y más salvaje, llena de plátanos. A la derecha, al oriente, Grande Terre, más llana, repleta de caña de azúcar y de playas. Esta vez, he elegido esta opción.
La excursión ha durado hasta las cinco de la tarde. La primera parada ha sido en Sainte-Anne, con su mercado de comida, su mercado artesanal y su playa con bastante gente. Es uno de los lugares más turísticos de Grande Terre. La segunda parada ha sido de intendencia, para tomar la bebida incluida en la excursión, ir al servicio y volver a disfrutar, con la vista, del mar Caribe, esta vez en una zona de pequeños acantilados.
La tercera parada encierra el motivo por el que elegí esta excursión, el Pointe des Chateaux, algo así como la Punta de los Castillos, no porque haya castillo alguno, sino por la forma que tienen algunas de sus piedras incrustadas. Frente a nosotros se encuentran pequeñas islas, las primeras que vio Cristóbal Colón del archipiélago de Guadalupe, en 1493. En esta zona, si se viaja de otra manera, se puede dar un paseo más largo hasta la gran cruz o incluso venir en bicicleta, pues hay un carril habilitado y hemos visto a algunas personas que lo han hecho.
La cuarta y última parada ha sido la más larga, de una hora y cuarto, en la playa de Lagoud. Era una ocasión que no merecía ser desaprovechada, y allí me he pegado mi primer baño en el Caribe, mi primer contacto carnal con el famoso mar desde una de sus islas, pues antes creo que solo lo había tocado en Miami y Cartagena de Indias. Allí mismo hay un restaurante donde hemos probado los buñuelos de bacalao, lo que no ha constituido ningún esfuerzo porque empezaba a aparecer el hambre, y más después del baño.
De regreso al barco, nuestra guía, Joselita, nos ha cantado una bonita canción en criollo. Con ese nombre era esperable que se atreviera con el canto. Para los lectores extranjeros y los de la generación Z, Joselito era un famoso niño cantor de mediados del siglo pasado, protagonista de varias películas famosísimas en España. “Doce cascabeles lleva mi caballo… por la carretera”.
Llegados a Pointe A Pitre, la ciudad más grande de Guadalupe y donde reposa nuestro barco, he descubierto que quedaba alrededor de una hora hasta el anochecer. La he aprovechado conociendo su mercado central, que ya estaba casi recogido, o su inmensa plaza de la Victoria junto al mar. De lejos he visto el Memorial ACTE, icono inconfundible de Pointe A Pitre, una especie de Ópera de Sydney salvando las distancias, pero con varias similitudes.
El Costa Pacífica parte hoy a las 23.00 horas, esperamos que sin contratiempos. A las 23.15 empieza una especie de fiesta ibicenca, típica actividad crucerista, y a las 9.00 horas está prevista nuestra llegada al siguiente puerto, en San Cristóbal y Nieves.
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Día 5. 9 de enero. Ascenso al volcán Liamuiga en San Cristóbal y Nieves
El barco ha llegado esta mañana a Basseterre, la capital de otro pequeño país insular, San Cristóbal y Nieves. Aquí es donde tenía contratada la segunda caminata de montaña de este crucero, muy diferente a la de Santa Lucía. Hemos subido al borde del volcán Liamuiga, en la isla de San Cristóbal, pero no al punto más alto del mismo según se podía apreciar fácilmente a simple vista: lo de enfrente estaba más alto que nosotros. No sé si ese lugar que veíamos será accesible a pie en caminatas de más tiempo, supongo que sí. En la otra isla, en Nieves, también se veían buenas y verdes montañas.
Esa bonita vista del volcán ha sido casi la única que hemos tenido en toda la excursión, nada que ver como he dicho con la de Santa Lucía, durante la cual en bastantes momentos veíamos el mar o el Pequeño Piton. Aunque me he echado bien de crema solar, casi no ha hecho falta por eso mismo, porque toda la ruta, la misma a la subida y a la bajada, discurre por completo por un estrechísimo sendero rodeado de altísimos árboles que apenas en algún momento dejaban pasar el sol. Al comienzo de la marcha, incluso nos ha llovido unos minutos.
Este ascenso al volcán Liamuiga son 6,5 kilómetros de ida y vuelta, en total, en los que se salvan 600 metros. El desnivel, por tanto, no está mal, 600 metros en tres kilómetros, pero no llega a ser tan potente y acusado como el del Gran Piton. Con todo, hemos empleado unas cinco horas en completar la excursión, si bien entiendo que los primeros lo habrán hecho en una hora menos o algo así.
Las cinco horas se explican, en primer lugar, porque éramos un grupo de 23 personas con dos guías, el doble de excursionistas para la mitad de guías que en Santa Lucía. De esas 23, cuatro repetíamos de Santa Lucía, entre ellas la italiana Laura y yo del minigrupo que hicimos. Sin embargo, lo que más ha influido en la velocidad ha sido el terreno. Salvo al principio, donde era posible andar con cierta naturalidad, el resto de la caminata ha sido un continuo encuentro con raíces y piedras, aliñadas con algo de barro, por suerte no tanto.
En ciertas estrecheces empinadas, además, era aconsejable ayudarse unos a otros para el paso, con la consiguiente ralentización. En resumidas cuentas, una auténtica excursión montañera de las que a mí me gustan. Una gran ventaja respecto al otro día ha sido que hemos comenzado a caminar a las 10.00, casi dos horas antes, de manera que no ha habido apreturas de tiempo. Solo una pareja ha decidido darse la vuelta a cierta altura por los continuos resbalones, pero quizás también habrían llegado.
El final del trayecto es algún punto en el borde del cráter. Por suerte, solo había un poco de niebla y bien alta, o sea, nubes, así que hemos podido ver todo ese cráter y los paredones verdosos que lo rodean, selva tropical desnivelada. De bajada he tenido la fortuna de ver un gran roedor durante tres segundos, no sé lo que sería. Solo hemos oído algunos pájaros y monos, estos últimos introducidos en su día por los franceses según nos ha explicado nuestro guía de cierre, Bungi, el mismo que aparece en las fotos quemando un vegetal para usarlo como antorcha. Ese vegetal, antes de la combustión, olía igual que el Vicks VapoRub.
A las 16.15 estábamos en el barco, en Basseterre, la capital de San Cristóbal y Nieves. Me ha dado tiempo a un breve paseo por la ciudad y me atrevo a decir que lo que he visto me ha gustado, la gente, las calles, las tiendas... Además, había ambientazo, supongo que aprovechando los momentos previos al anochecer. Gran día en un nuevo país. A las 19.00, zarparemos por penúltima vez.
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Día 6. 10 de enero. Playa en las Islas Vírgenes Británicas
Hola de nuevo. El de hoy sábado ha sido el día más corto en tierra. Solo teníamos siete horas, de 7.00 a 14.00, en las Islas Vírgenes Británicas. Llegábamos a la isla de Tórtola, al puerto de Road Town, también rodeado de bajas y verdes montañas. Mi plan inicial era no contratar ninguna excursión, pero lo cambié por hacer un día de playa junto a ese pequeño grupo de amigos cruceristas surgido en el ascenso al Gros Piton, los ya citados Bartek y Laura y la alemana Henriette, en inmejorable paridad.
Nada más llegar a Road Town, una gran barca nos ha llevado a unas 200 personas del Costa Pacífica a otra isla cercana, Virgen Gorda, para disfrutar de dos de sus paradisiacas y caribeñas playas, Devil’s Bay y The Baths, separadas por un bonito y laberíntico juego de rocas, que formaban una serie de piscinas naturales. A ese lugar hemos llegado en varias camionetas que nos esperaban.
En su siguiente estado de desarrollo, la inteligencia artificial debería conseguir que estos sitios abarrotados tuvieran apariencia de desiertos, para disfrutarlos con mayor plenitud. No se puede discutir la increíble transparencia del agua y su temperatura ideal, pero con tanta cantidad de personas, pues había más grupos, se pierde parte de la esencia. Seguro que en esta dependencia británica hay varios lugares donde todavía se conserva dicha esencia, para lo cual habría que viajar de otra manera.
Hemos sido los últimos en abandonar Devil’s Bay. Ello ha implicado que el trayecto de unos 300 metros hasta la siguiente playa, The Baths, se haya demorado como 40 minutos, ya que el camino entre rocas tiene algunas escaleras empinadas y pasos ‘difíciles’, con lo que los apelotonamientos eran constantes. Por suerte, la organización nos ha regalado un cuarto de hora más para estar en esa segunda y última playa.
Desde ahí hemos montado de nuevo en las camionetas y en la gran barcaza. En Road Town aún teníamos una media hora para dar un paseo. Ese tiempo ha sido insuficiente para convertirme en un experto en el lugar, pero sí suficiente para percatarme de que existen notorias diferencias económicas entre esta y el resto de las islas antillanas visitadas.
Hemos comido los cuatro en uno de los restaurantes del Costa Pacífica, el New York New York, y ha sido en plena comida, a las 14.00, cuando el barco ha partido por última vez hacia su último destino, que es el mismo que el primero.
Añadido: Escribo esto a las 18.30, después de la reunión en el Teatro Stardust, en la cual se nos han dado las instrucciones para el desembarco de mañana. Tras esa reunión informativa para el público de habla hispana, dirigida por la grancanaria Cinthia, ha llegado una breve sorpresa: la presentación del equipo de trabajo del Costa Pacífica. Dicha presentación ha corrido a cargo del director del crucero, el dominicano Joel, Chocolate.
En total, en este crucero han trabajado 1.112 personas. Chocolate ha ido presentando a una representación de todos los equipos, mientras pedía aplausos para ellos: cocina, camareros, limpieza, excursiones, fotografía, recepción, relación con los viajeros, entretenimiento y espectáculos, y equipo técnico y mecánico.
Esas 1.112 personas se han encargado de hacer todo lo posible para que lo pasemos bien los más de 3.400 viajeros que hemos disfrutado del barco y del Caribe. El rango de edades es bien amplio, pues junto a los numerosos niños que forman parte del pasaje también hay incluso una viajera de 107 años de edad, según ha asegurado Chocolate en su presentación. Estoy casi seguro de que me crucé con ella al principio del crucero, pues vi una persona que habría jurado que superaba los cien años.
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Día 7. 11 de enero. Relax y espera en La Romana
En el trayecto entre Tórtola y la República Dominicana vamos dejando todo el rato a la derecha Puerto Rico. Otro de los aprendizajes que traigo de este viaje es el del mapa del Caribe, pues no es fácil asociar tantas islas con tantos nombres como llevaba en mi cabeza. Intentaré no olvidarlo.
Y poco más. Son las 9.00 de la mañana y ya hemos llegado de nuevo a La Romana, el puerto dominicano donde embarcamos y desembarcamos en este crucero. Hay piscina, bares, restaurantes y tiendas. Aún no he salido a la ciudad, que tiene cierto encanto según me dicen los camareros de la cafetería, con su parque, su Catedral, una playa bonita llamada La Caleta…
A las 16.00 horas hemos quedado en uno de los salones musicales del barco los que tenemos el desembarque más tardío. El vuelo de España, el IB264, sale a las 21.45 de Las Américas, en Santo Domingo. Los amigos que he hecho vuelan directamente desde La Romana hasta Fráncfort o Milán, vuelos chárter de Costa, entiendo.
Mañana lunes llego a Madrid a la mañana, con las cinco horas añadidas correspondientes al cambio horario. Y poco después, cuando sea, de nuevo a Soria. Aún no sé cómo emplearé estas horas en La Romana, pero mi intuición me dice que en nada épico, daré un paseo por los lugares citados dos párrafos atrás. Si fuera el dueño de mi futuro, diría que este del Costa Pacífica no ha sido mi último crucero. Como no lo soy, me limitaré a decir que me gustaría que no lo fuera.
Gracias a GF
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