El sábado 10 de septiembre, poco a poco, comienza el regreso, aunque todavía faltan algunos días para hacerlo completo. Después de darle algunas aspirinas, vendas, mercromina y alcohol al dueño del albergue, Pascual y Ramiro se adelantan para telefonear a Marrakech y que vayan a recogerles, mientras el resto terminar de preparar el equipaje.
En el camino de bajada, un coche que había llegado al límite de donde se podía circular se ofrece a llevarles hasta Asni. Se van montando poco a poco agradeciendo el favor todos, salvo Ringo y Liborio que prefieren hacerlo entero caminando. Al llegar al final, los sorianos pensaban que era suficiente con las gracias… hasta que el conductor les explica que su vehículo es un taxi y claro, algo hay que pagar. Así son los aprendizajes de los viajes.
En Asni, nueva tarde de tranquilidad, dando un paseo por el mercado, haciendo algunas compras y esperando a Pascual y Ramiro, que regresan con las manos vacíos de sus gestiones porque, a pesar de que ellos no se habían dado cuenta, hoy es sábado y está todo cerrado, incluida su agencia. En Asni duermen en un albergue y coinciden con otro español, lo que desemboca en nuevas risas conjuntas en estas amistades de un día y para siempre.
En las montañas
Domingo día 11. Nuevo viaje a la ciudad, a Marrakech, en autobús de línea. Al llegar a la gran capital del sur, un par de taxis llevan a los siete amigos hacia el camping donde habrán de pasar la noche. Instalan las tiendas, se duchan y salen a caminar por Marrakech, a perderse en el colorido de las miles de tiendas de su zoco y a retratarlo con sus cámaras fotográficas.
El lunes 12 se percibe todavía con mayor claridad el final del viaje. Por la mañana, consiguen recuperar en la agencia el dinero del viaje de vuelta no realizado, ya que lo habían adelantado. Cambian un poco más de moneda, que por cierto empezaba a escasear, y reemprenden poco a poco ese camino de vuelta.
Casablanca
Esa misma tarde, a las cuatro, les espera un autobús a Casablanca, pero después de consignar las sacas militares y antes de tomarlo les da tiempo a hacer unas últimas compras, con el regateo cada vez mejor aprendido para reducir algo el precio de lo adquirido.
En ese autobús a Casablanca, animados por la belleza del paisaje, los siete españoles cantan con fuerza. Los marroquíes que les acompañan no se quedan atrás y, aunque no entiendan nada de nada, les azuzan con sus palmas y sus risas.
En la mítica ciudad donde Humphrey Bogart e Ingrid Bergman nos enamoraron para siempre, cenan de nuevo los jóvenes sorianos antes de coger su autobús nocturno que les conduciría en unas cuantas horas de nuevo hasta Ceuta.
Sin problemas en la frontera
Allí se despiertan incómodos por la manera de dormir en la mañana del martes 13. Antes, conocen desde el mismo autobús Tetuán, donde se bajan la mayoría de sus compañeros de viaje. Llegados a la frontera, los aduaneros revisan todo el material de las sacas militares: “Todo correcto, adelante”.
En Ceuta, de nuevo, eligen un camping para pasar el día. Pero antes de instalar el campamento, necesitan desayunar y eso es lo que hacen “ya que nos invade un hambre canina”. Se duchan, para terminar de recuperar por completo el humor, y se lanzan a las calles de Ceuta en busca de algunas compras que llevar a la península. Como pasa muchas veces en este tipo de viajes en los que se visita dos veces la misma ciudad, deciden comer en el mismo sitio donde comieron a la ida.
Ese martes se acuestan pronto y el miércoles 14 se levantan tarde. Viajar cansa. Hoy han decidido bañarse, a pesar de que el mar está sucio. Adolfo se atreve a nadar en solitario. Al salir, sus compañeros ríen: está casi negro por culpa de la grasa que ensucia el Mediterráneo. Sube la marea y les deja aislados en unas rocas. Tienen que remangarse los pantalones para llegar a la costa, y las piernas de todos quedan también oscuras como el betún.
Descanso en Ceuta y regreso a la península
El resto del día y la tarde lo pasan comiendo, descansando y terminando de realizar compras. Por la noche, como pasaba de vez en cuando en aquellos tiempos, se separan en dos grupos y son incapaces de localizarse hasta que no se reencuentran de nuevo en el camping.
El jueves 15 toca regresar a la España peninsular. Su intención era visitar al menos un par de días algo de Andalucía, pero las existencias económicas ya estaban agotándose. El barco Virgen de África lleva a José Luis, José Mari, Ringo, Adolfo, Pascual, Liborio y Ramiro de nuevo a Algeciras.
El barco se aleja y “absortos nos quedamos mirando las costas de África, cada vez más lejanas. Nuestros pensamientos vagan por los oscuros rincones del continente negro, mientras se estremece el interior de nuestro cuerpo”.
Nada más llegar a esa gran ciudad mediterránea, se dirigen a la estación de trenes, de donde partirán a las 22.15 hacia Madrid. No hay literas y deberán dormir sentados. Antes de ello, les da tiempo a darse otro paseo por Algeciras.
El viernes 16 de septiembre, muy de mañana, el tren llega a Madrid, a Chamartín. Toman un cercanías a Atocha y, al llegar ahí, se dan cuenta de que el tren de Soria de donde sale es precisamente de Chamartín. “Estamos más despistado que una vaca en un garaje”, dice uno de los siete. Después de 16 días de viaje, es normal que la lucidez no sea plena.
No pasa nada. Comen bien y, lo que es igual de importante en ese momento, barato. Regresan a la estación, esperando que el altavoz les anuncie la vía a la que deben dirigirse. El tren lleva retraso, hace 40 años también, pero a ellos siete es a los que menos les preocupa.
En la estación de tren de Soria, “numerosas personas nos esperan y nos lanzamos a sus brazos con entusiasmo. Poco después, nos separamos. Nuestros cuerpos se alejan pero sin embargo nuestros espíritus continúan juntos. Continúan unidos por una cuerda entre la vida y la muerte esperando de nuevo encontrarnos en las alturas donde la mirada es noble y el pulso firme. Pese a nuestras diferencias aquí, en la civilización, deseamos unirnos todos algún día en las nieves perpetuas donde la vida pende de un hilo y la unión de los hombres se hace patente. Ojalá pronto estemos allá: en las montañas”.