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Historias de la historia: Operación Cicerón (Joseph L. Mankiewicz, 1952)

Turquía, 1944. La Historia está a punto de cambiar, pero nadie parece ser, ni haberlo sido después, consciente de ello. Y todo por la ambición personal de un individuo aparentemente irrelevante, insignificante, prescindible. Un simple ayuda de cámara conspira para cambiar el destino de decenas de millones de seres humanos en todo el mundo sin que le importe otra cosa que conseguir a la mujer que desea y reunir la fortuna económica que siempre ha perseguido.

Inspirada en la vida real de Elyesa Bazna, espía albanés durante la Segunda Guerra Mundial, novelada por L.C. Moyzisch, el gran Joseph L. Mankiewicz filmó en 1952 Operación Cicerón, la que es posiblemente la mejor película de espionaje situada en el conflicto y una de las cimas del cine de agentes secretos de todos los tiempos. Con guión de Michael Wilson y el propio Mankiewicz (nominados al Oscar ambos por su trabajo, doblemente en el caso del director), la película nos traslada a la Turquía oficialmente neutral de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que otros países oficial u oficiosamente no neutrales, como Suiza, España o Suecia -no perderse la estimable Espía por mandato (The counterfeit traitor, George Seaton, 1962), aventura muy apreciable aunque algo estirada de duración con William Holden como agente sueco-americano infiltrado en Alemania-, Turquía no es país beligerante pero apoya más o menos veladamente a las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio. Al mismo tiempo que circulan rumores cada vez más insistentes sobre su entrada en la guerra para desequilibrar los frentes de Europa Oriental y del Mediterráneo, Ankara y Estambul son centros de operaciones habituales para los espías de todas las nacionalidades al servicio de cualquiera de los bandos, coincidiendo en locales, restaurantes, librerías, paseos, plazas y cafés. O incluso en los propios edificios oficiales, en los que las fiestas organizadas por los políticos o las instituciones turcas tienen que hacer encaje de bolillos para evitar la coincidencia de alemanes y británicos en los mismos salones al mismo tiempo (magnífica escena de apertura, el momento en que el piano deja de interpretar a Wagner para no herir sensibilidades y todo el diálogo inicial entre los alemanes y la condesa desterrada, una conversación llena de cinismo, dagas retóricas y dardos venenosos). En este continuo mercadeo de intrigas, favores, confesiones veladas y juegos del ratón y el gato irrumpe Diello (James Mason), un personaje enigmático que ofrece a los alemanes informes solventes sobre actividades secretas británicas al más alto nivel por un precio, obviamente, también muy alto. Las investigaciones germanas terminan averiguando que el tal Diello es nada menos que ayuda de cámara del embajador británico, con libre y continuo acceso a documentación reservada que incluye las actas de la conferencia de Teherán entre Stalin, Churchill y Roosevelt o los preparativos de algo llamado Operación Overlord (como se denominó el desembarco de Normandía de 6 de junio de 1944), por lo que las fuentes de información parecen seguras. ¿O no? ¿Qué es Diello? ¿Un traidor? ¿Un vividor que sólo busca dinero con el que huir en compañía de su amante a los placeres de Sudamérica? ¿O quizá un doble agente que intenta embaucar a los alemanes convenciéndoles de rocambolescos planes en Europa Occidental?

La película se abre y se cierra con dos de los rasgos de estilo más queridos de Mankiewicz. El comienzo es uno de sus tan amados flashbacks: en Londres, un miembro del Parlamento interroga al gobierno acerca de la reciente publicación de un libro en el que se relatan impactantes experiencias de un antiguo miembro del servicio de la embajada británica en Turquía en relación con la venta de secretos a los nazis. A partir de ahí, da comienzo la historia propiamente dicha, ambientada en los elegantes salones y despachos de la administración turca y de las legaciones diplomáticas alemana y británica, así como en los Estados Mayores de Londres y Berlín. Narrada con el estilo y la elegancia propios de Mankiewicz, la fluidez del ritmo viene perfectamente complementada por un texto riquísimo, marca de la casa, repleto de referencias, dobles lecturas, frases lapidarias y juegos retóricos, en los que se luce especialmente un James Mason magistral, inconmensurable, en su encarnación de cínico, empático, inquietante y algo botarate bon vivant al que la suerte de la guerra le trae al fresco y sólo busca satisfacer su propio interés económico, físico y material. La película establece un juego de billar a tres bandas entre Diello, los alemanes y los británicos, en el que las ansias del informador, su drama romántico con la condesa que desea poseer y su exagerado apetito monetario se entrecruzan con las averiguaciones de los alemanes sobre su persona y también con las luchas internas de los distintos cuerpos y generales responsables de los distintos servicios de información nazis, que discrepan en cuanto al valor de los datos facilitados por el topo, así como con el descubrimiento por los británicos de la existencia de un traidor y las labores de descubrimiento de su identidad y su persecución y captura. Mankiewicz se mueve con la agilidad de un pez en el agua a través de los distintos escenarios y los diferentes prismas y perspectivas que manejan los polos en conflicto, deteniéndose especialmente en las inquietudes, poco románticas, eso sí, de Diello con su “amada” y en su reacción ante las contingencias que, poco a poco, van poniendo en riesgo su integridad ante la situación que ha generado con su traición.

La película posee un tono magnífico, con sombrías influencias expresionistas, atmósferas más estáticas y teatrales propias del director y también momentos de suspense típicamente hitchcockianos (la música de la película es de Bernard Herrmann, colaborador habitual del cineasta inglés), como por ejemplo el azaroso descubrimiento en la embajada inglesa de la existencia de un ladrón de secretos y su persecución a varias bandas por las calles turcas, secuencias que el propio Alfred Hitchcock hubiera podido filmar, narradas con tensión y creciente suspense dignos del gran maestro. Al mismo tiempo, la cinta no elude el sentido del humor típicamente británico, concentrado en las agudas observaciones del protagonista (o de algunos otros personajes, como el embajador alemán) o en el irónico cierre de la película, otro de los modos y maneras más queridos de Mankiewicz, el giro final que desvela una conclusión totalmente opuesta a la que el espectador había manejado durante todo el filme y que encierra un nuevo dardo, una cínica trampa de un destino que se ríe de quienes pretenden contravenir sus inexplicables reglas.

Operación Cicerón (nombre éste, el del célebre orador y filósofo romano, que le es aplicado a Diello como clave por los alemanes) es una muy disfrutable película de espías, en la que lo político, lo ideológico o lo bélico no copan el protagonismo, que quedan como telón de fondo de la intimidad personal un tanto torcida, perturbada e interesada de un hombre que, de no haber sido por las luchas internas de los servicios de información nazis y de sus dudas sobre la credibilidad de unos datos que jamás hubieran pensado obtener con tanta facilidad y a tan buen precio y que les llevaron a no fiarse del mejor espía que nunca hubieran podido soñar, hubiera podido cambiar él solo, a raíz de sus deseos personales, de su ambición de ascenso social, de riquezas, de una posición relevante, el destino de un continente y de decenas de millones de seres humanos. Las pequeñas historias de las que se compone la Historia.