Por Jesús Lope
A la luz de las últimas investigaciones sobre Numancia, recogidas en su Guía arqueológica (Asociación de Amigos del Museo Numantino, Soria, 2017), queremos rendir un sencillo homenaje a Alfredo Jimeno Martínez, profesor y tantos años director de las excavaciones. En este artículo destacamos un aspecto fundamental, aunque poco conocido, del devenir histórico de esta emblemática ciudad: la existencia, no de una sino de las “diferentes Numancias” que a lo largo de los siglos se fueron sucediendo, desde su origen remoto hasta la Numancia romana, la que todos identificamos como tal.
Los orígenes de Numancia
Desde sus inicios como un asentamiento temporal de pastores seminómadas hasta su transformación en la Numancia romanizada que hoy todos conocemos, este largo proceso es reflejo fiel de la riqueza y complejidad de su legado.
El cerro de La Muela, donde se asienta Numancia, muestra evidencias de ocupación humana desde finales del Calcolítico (Edad del Cobre) e inicios de la Edad del Bronce, hace aproximadamente 4.000 años. Entre los hallazgos arqueológicos destacan útiles de piedra tallada, como cuchillos y láminas retocadas, además de herramientas de piedra pulimentada, como hachas, azuelas y cinceles.
Junto a estos utensilios, han aparecido los primeros objetos metálicos de cobre en ajuares funerarios, acompañados de cerámicas campaniformes. Entre ellos, se encuentran puntas de jabalina lanceoladas con un fino pedúnculo para su engaste al asta y hojas de puñales con lengüeta para su empuñadura, que probablemente era de madera o hueso.
Estos vestigios pertenecieron a pequeños grupos de pastores, que habitaban cabañas de construcción sencilla, hechas con ramas entrelazadas y barro, y que se desplazaban estacionalmente en busca de pastos para el ganado.
Excavaciones recientes en la muralla norte de Numancia han revelado un nivel de ocupación más cercano en el tiempo, anterior a la construcción de la muralla celtibérica. Se trata de un asentamiento del Bronce Final, datado por radiocarbono en torno al 830 a.C. ± 50 años.
Este poblado se caracterizaba por cerámicas hechas a mano, decoradas con incisiones, excisiones y acanalados, así como incrustaciones de botones de bronce. Un bello y emblemático ejemplo de estas cerámicas es el llamado "biberón de Numancia”, una de las piezas más representativas del Museo Numantino. Además, se han hallado cuencos, vasos globulares, vasijas de cuello cilíndrico y ollas de perfil en S, generalmente sin decoración o adornadas con cordones digitalizados.
También se han recuperado fragmentos de barro con improntas de ramas, posiblemente pertenecientes a los techos de cabañas construidas con entramado vegetal. Así mismo, se ha identificado lo que fue una pequeña zanja que pudo servir para sostener un vallado defensivo que delimitaría el poblado, probablemente un castro, que perduró hasta el siglo IV a.C., coincidiendo con la fundación de la propia Numancia.
La primera Numancia
Estudios recientes sobre la planta excavada de la ciudad, combinados con imágenes aéreas y excavaciones como la de la famosa manzana XXIII de la campaña arqueológica del 2008, han permitido diferenciar la existencia de dos ciudades celtibéricas.
La más antigua, la denominada "primera Numancia", con casas rectangulares compartimentadas en tres estancias, organizadas en manzanas, que fue destruida por Escipión en el 133 a.C.
A esta primera Numancia pertenecen las célebres cerámicas numantinas monocromas y las excepcionales polícromas realizadas a torno.
La segunda Numancia
Tras la destrucción de Numancia, algunas fuentes clásicas mencionan una "segunda Numancia", identificada como una ciudad pelendona en el siglo I a.C.
Los pelendones, un pueblo de la Serranía Norte de la actual provincia de Soria, se habían apoyado en su riqueza ganadera para desarrollar la llamada Cultura Castreña (siglos VI-IV a.C.). Sin embargo, a partir del siglo IV a.C., fueron desplazados hacia el norte por los arévacos, que habrían tomado el control de Numancia.
Tras la conquista, bajo la administración romana, se implementó una política de restitución de territorios indígenas, lo que explicaría por qué más tarde la ciudad fue nuevamente atribuida a los pelendones. El historiador Apiano, en su obra Historia de Roma, señala que Escipión entregó Numancia y su territorio a los indígenas que lo habían apoyado en su conquista. Esta ciudad fue posteriormente destruida durante las Guerras Sertorianas (75-72 a.C.), dando paso a una "tercera Numancia".
La tercera Numancia
Finalmente, la "tercera Numancia" corresponde a la Numancia romana. El cerro de La Muela se convirtió, en tiempos de Augusto, casi cincuenta años después de la destrucción celtibérica, en una mansio, es decir, una parada oficial en la vía romana XXVII del Itinerario de Antonino. Esta ruta, impulsada por Augusto durante las Guerras Cántabras (29-19 a. de C.), consolidó el papel de Numancia dentro de la infraestructura romana.
Con el tiempo, la ciudad alcanzó el estatus de municipium, y sus habitantes obtuvieron derechos romanos bajo el gobierno de Vespasiano en el 68 d.C.
Un aspecto importante es el que referencia a su tamaño, las estimaciones de los autores clásicos, como Apiano y Orosio, han resultado inexactas en comparación con las recientes evidencias arqueológicas. Numancia nunca habría alcanzado las 22 hectáreas que se le han atribuido, ni mucho menos los 24 estadios (aproximadamente 4.000 metros de perímetro) que menciona Apiano.
Texto: Jesús Lope
Fuente: JIMENO MARTINEZ, Alfredo et al. Numancia. Guía arqueológica, Asociación de Amigos del Museo Numantino, Soria, 2017
Fotografías e imágenes: Jesús Lope y Alfredo Jimeno