Cultura

Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque (I)

Nuevo capítulo de la serie 'Inventario de lo no importante', de David Ortega
Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque
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Por David Ortega

VER SERIE COMPLETA 'INVENTARIO DE LO NO IMPORTANTE'

La primera vez que fui de pastor, mis padres me regalaron una manta. Tenía las iniciales bordadas en un color verde y rojo muy bonito, con unas letras muy vistosas y elegantes, como arremolinadas, con los puntos muy marcados como si fueran las ramas de un árbol muy grande y muy viejo. Las bordaba mi madre. Bien lo recuerdo. ¡Qué bonitas eran! Mi madre era muy buena en eso. Cosía muy bien. Cuando hacía frío, se pasaba horas y horas cosiendo y remendando la ropa de todos los hermanos junto al hogar, porque antes todo se remendaba y se arreglaba. ¡La de calcetines que habrá remendado! Recuerdo unos pantalones viejos de mi abuelo que tenían más parches y remiendos que tela. Las mantas las bordábamos con las iniciales de cada uno para que no se confundieran con las de otros pastores, porque todas eran muy parecidas, todos llevábamos una y todos acostumbrábamos a juntarnos en las lindes y echar una parlotada cuando el ganado sesteaba o llevaba buen careo. Pero de eso hace mucho mucho tiempo. Demasiado. Yo pronto me quedé solo y nuestro rebaño fue el último que pastoreaba por el pueblo. Aquí, el hombre y las ovejas se extinguieron al mismo tiempo.

Cada pastor tenía su propia manta. Muchas veces se heredaban. Pasaban de padres a hijos, y a veces hasta a los nietos. Cuando se rompían o se rasgaban, se zurcían, remendaban o parcheaban con retales o harapos de tela que había por casa. Aguantaban mucho. ¡Vaya si aguantaban! Las mantas que había por mi zona eran casi todas iguales: con cuadros blancos y marrones chiquititos y unas líneas horizontales de distinto ancho en los extremos, cerca de los flecos y del mismo color marrón. En otras, las rayas eran de colores más vistosos y algunos decían que así sabían si venían de Enciso, de Illueca o de Brihuega, que allí debió haber una fábrica y una industria muy grande y muy importante. Todavía queda el palacio, grande como una plaza de toros. Las mías no sé dónde las hacían. Las venían a vender al pueblo los comerciantes de telas o a veces las comprábamos en los comercios grandes de Almazán o Atienza. También en las ferias o en días de mercado. ¡Qué ferias había! En fin, para que mentarlas. Yo sólo sé que desde bien pequeño las he visto en casa.

Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque
Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque

La manta era un bien valiosísimo para el pastor. Se llevaba siempre todo el año. En otoño y en invierno, en primavera y en verano. Hiciera frío o calor. Daba igual. Se utilizaban para abrigarse del frío, del aire, de la lluvia, de las celliscas… La mayor parte del tiempo se llevaba doblada al hombro y sólo se ponía entera en algún rato malo que estabas parado, porque tenían buen careo las ovejas o porque arreciaba mucho el frío. Cuando la llevabas echada entera, con varias revueltas en la cabeza, se ponía por fuera la correa del morral para cerrarla y hacerla hermética y que no se colara tanto el frío. Los días malos, las ovejas eran las primeras que iban buscando buenos pastos por sitios resguardados o el propio pastor las conducía por las cuestas o el monte, pero aun así se pasaba mucho frío. Se iba de cuclillas, bien embozado y buscando abrigos por las tapias o paredes. Se hacían los días muy largos. Eternos. En primavera era ya otro cuento.

Con el buen tiempo, la manta se usaba para sentarse o tumbarse y por si te caía alguna tormenta inesperada. Los que tenían burro, también la llevaban en el burro. Cuando venían días de lluvia, se llevaba también un paraguas, que se colgaba atrás cruzado con una soga o con una tira de cuero. La manta tardaba bastante en calarse, pero cuando lo hacía pesaba un quintal y era mejor evitarlo. Se aprovechaban los momentos rasos o que no llovía para tenderla en una pared o en un chaparro y la verdad es que si había sol y algo de aire, se secaba bastante rápido. Si no daba tiempo a que se secase, no quedaba otra que ponérsela otra vez mojada con la parte menos húmeda hacia dentro y a proseguir la marcha. ¡Cuántas mojaduras y pesares hemos pasado!

En mi zona, los más viejos decían que había habido muchos batanes y telares cerca de la laguna de Somolinos y que la tierra greda de esas sierras rojas era muy buena para darles el punto justo de batán (porque las buenas mantas de pastor siempre se abatanan). Las mantas viejas se reconocían por el acabado más basto y porque estaban cosidas por medio mitad, porque el ancho del telar manual no daba para más. Eran mantas muy largas, larguísimas, tan largas como para dar casi dos vueltas al pastor para abrigar más. ¡Imagina cómo me quedaba de zagal! Cuando te querías tumbar, la desplegabas entera y desde los hombros te llegaban los extremos casi hasta los pies, tanto por la derecha como por la izquierda, pudiendo tumbar sobre un lado y taparte a la vez con el otro evitando el frío del suelo. Embozarte con ellas era todo un arte. No he conocido jamás pastores que la llevaran mejor y con más clase y lustre que nosotros. ¡Ni siquiera los trashumantes! Juro yo que nosotros sí que éramos unos maestros.

Todas las mantas viejas tenían codujón o cogujón, que de las dos formas lo he oído llamar, y que no era otra cosa más que un extremo cosido en punta de una manta, que servía para darle forma y ergonomía al vestirla y para cargar alguna cosa del campo: una liebre modorra que matabas con el garrote o cazaban los perros, setas que cogías en los eriales, algún cordero recién parido, el avío del pastor o los muchos fósiles que te encontrabas en el campo. Había muchos fósiles en mi pueblo. Y los seguirá habiendo. Yo los guardaba todos, aunque mi padre dijera que no eran más que piedras. Había de esos que parecen caracoles muy grandes, otros que son como conchas, hojas de plantas y hasta crucecitas de cuatro puntas que llamaban de la Virgen y que decían que daban mucha suerte. En mi pueblo, uno que fue alcalde y que luego se fue del pueblo acabó forrando su casa entera con todos ellos. ¡Qué pena que no la viera mi padre! Todavía está allí en pie para que vayan a verla.

Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque
Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque
Al final de la primavera, los días eran infinitos. Todo era distinto. La tierra despertaba, los pajarillos cantaban con más fuerza, las ovejas comían a boca llena y los pastores disfrutábamos (porque no hay mayor placer para un pastor que ver a su ganado bien alimentado). Sólo estaba el inconveniente de guardar bien los sembrados, que por aquellas fechas ya despuntaban. A veces, para llevar menos peso, algún día dejábamos la manta en la taina. Sin ella, el pastor íbamos como vacíos. En nuestra zona, en esa época del año con días tan largos, había costumbre de llevarle la comida al pastor a medio día, para no tener que llevar el zurrón lleno todo el día y poder quedarse con más agua para por la tarde. Se comía un poco antes en casa y después de comer, salían las mujeres mayores o pequeñas de casa con una cesta, o los chavales con una mochila y una bicicleta para llevarle la comida al pastor. Más tarde, nosotros ya fuimos con la furgoneta, una vieja citröen dyane 6 azul clarito que compró mi padre y que aún tenemos en la cochera.
Memorias de una manta de un pastor de Alpanseque
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