Cultura

La chimenea pinariega o nuestro particular monumento de culto al fuego y al hogar

Empieza una nueva sección, 'Inventario de lo no importante', de David Ortega
Chimenea pinariega en Zayuelas (Soria)
photo_camera Chimenea pinariega en Zayuelas (Soria)

Textos e imágenes: David Ortega

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El soriano no ha sido nunca un pueblo dado y versado en las artes. Motivos de sobra ha tenido para no serlo. Nuestra propia arquitectura popular es pobre y elemental como una peseta. Primitiva, auténtica y bella -para mí la que más-, pero pobre, despojada, desnuda y esencial como haya invernal en lo más profundo del pinar. ¡Como nosotros mismos y nuestra propia tierra! En todas las manifestaciones populares de nuestro pobre espíritu, mera chispa o conato de algo que alcanzó muchas más altas cotas de perfección, genialidad y monumentalidad en otro lugar, sólo hay un genial y simbólico elemento que incumple la regla de la no monumentalidad: la chimenea pinariega. Su exceso y monumentalidad nos turba y confunde. Nos desconcierta. Algo no cuadra. ¿Una monumental cocina monacal en una pobre casa de pastores y labriegos? Tal sobredimensionamiento sobre la casa popular, como una suerte de tumor anómalo e hipertrofiado sobre un enebro mocho y rastrero, casa mal con nuestro recogido, aterido y encogido espíritu resfriado.

 

Las chimeneas pinariegas son nuestra particular escultura o monumento de culto al fuego y al hogar, una suerte de tótem ibérico de protección frente al frío, el viento y la nieve que desde tiempo inmemorial asolan esta alta meseta castellana. Todo en ellas es pura belleza y monumentalidad popular: las esbeltas y casi viriles y eróticas formas redondeadas y piramidales que rasgan el cielo (de ahí lo de su forma troncocónica); las texturas y acabados plásticos de barro y encestados (por aquí también llamados setos, cestos o bardas); su santo, oscuro y cavernario recogimiento interno con el humo y el negro hollín del incienso (verdadera bóveda celestial); los chorizos y pancetas que cuelgan como brazos ahumados de un inmenso candelabro; los trasnochos, consejas e historias de las viejas y los nobles escaños de madera que, rodeando el fuego, forman una suerte de pequeño templo, altar o claustro doméstico, como ya dijo Unamuno hace mucho tiempo.

Toda vivienda popular tiene su origen en el hogar y todo hogar condensa las claves del encanto, la belleza y la gracia única y esencial de la arquitectura popular, que no se entiende sin el humo y el fuego. Estructural o arquitectónicamente, la chimenea no es más que la prolongación vertical del hogar, una suerte de artefacto o conducto interno para alimentar de aire el fuego y canalizar hacia el exterior el humo del sempiterno fuego bajo. La arquitectura culta, civil y religiosa, conocedora de todo este trasfondo primitivo y sagrado de las chimeneas, pronto hizo de ellas, por dentro y por fuera, en los refinados salones palaciegos y en las grandes cocinas monacales, un emblema simbólico y estético de su poder, grandeza y riqueza, con un sinfín de escudos y filigranas labrados a conciencia. Al soriano serrano, hecho al frío y al fuego, no le bastó con adornar la chimenea con esta gran obra de artesanía y cestería, sino que directamente la hizo tan grande y monumental como para meterse dentro y encerrarse en ella, como un leño más, convirtiendo la chimenea en su propio hogar, o el hogar en su propia chimenea.

El mérito no es nuestro o, al menos, no es sólo nuestro. Es un mérito compartido. La gran chimenea pinariega (redonda o de campana, si preguntan a los viejos del lugar), parece nacer aletargada en los primitivos, relícticos y atávicos valles, sierras y pinares del sistema ibérico soriano y burgalés, para luego descender lentamente hacia el sur y el llano. En Burgos, donde la chimenea se cuela hasta las puertas de la misma ciudad por las tierras de Lara y Juarros, se conserva un simbólico y revelador cogollo aislado y satelital aún más al norte, por los páramos de Masa y Lora. En Soria, recién nacidas en los altos, saltan una y otra vez el joven Duero, llegando hasta El Royo y la zona de San Andrés de Soria, Almarza y Gallinero, donde confluyen con otro tipo de chimeneas serranas trapezoidales y donde se encontraban, sin el característico remate superior del copete, algunas de las chimeneas más espectaculares. Don Leopoldo Torres Balbás llegó a fotografiarlas. La Casa Fuerte de San Gregorio, obra magna de la vieja nobleza popular castellana y cuna de la primera mujer catedrática de España, en el posterior añadido monacal y junto a otras chimeneas más cultas de piedra, conserva en la cocina de los monjes la que quizás sea la chimenea pinariega más antigua, grande y monumental. Tiene más de 500 años. He tenido la suerte de verla.

 

Por esta vía o lengua de sierra, como una fresca avenida de nieves en la primavera, la chimenea pinariega llega y rodea la propia capital. Tenemos -o hemos tenido- chimeneas pinariegas en Oteruelos, Pedrajas, Las Casas, Garray, Renieblas, Golmayo, Carbonera, Fuentetoba, Villaciervos, Villaciervitos, Navalcaballo, Camparañón y hasta la propia capital (echen un vistazo a las fotografías del último calendario del Ayuntamiento). Aquí, en esta encrucijada fronteriza de vientos más cálidos, tiene su vértice más oriental. Luego se frena. Intempestivamente. Las chimeneas repelen al Duero por el sur y este de la ciudad y tornan, río abajo y páramo arriba, por donde habían venido, por esa gran y pétrea espina dorsal que es la Sierra de Cabrejas. Desde sus orígenes, su tendencia natural es bajar rectas, derechas y bien erguidas por la tierra nuclear y esencial de Castilla, cruzando los pinares y sabinares hacia la meseta y atajando la gran curva de ballesta que hace el Duero entre Soria y Almazán. Ya residuales, encontramos chimeneas pinariegas en la tierra de Gormaz y San Esteban (en el pueblo de Cenegro se hundió hace poco la chimenea más meridional de la provincia que conocía), en el segoviano pueblo de Maderuelo y hasta en la venta vieja de Medinaceli en la carretera a Lomeda, también hundida. Su instinto capilar es avanzar por la génesis de Castilla, como avanzó también la propia Reconquista.

He nacido tarde para estos menesteres históricos y etnológicos que me ocupan y entretienen, pero aún puedo decir con suerte que he visto, en ruinas y en pie, vivas y muertas, en una esquina y en otra de la provincia, un buen puñado de chimeneas pinariegas. ¡Hasta con los chorizos colgando y el viejo murmurando en el escaño! Su carácter capital, elemental y gravitacional, junto con su gran tamaño y su fortaleza estructural, han hecho que aguanten estoicamente hasta nuestros días. Los nuevos materiales industriales sólo las han maquillado. La distribución de las chimeneas no es arbitraria y marca una clara y reveladora frontera implícita. No sabemos de qué o por qué, pero la marca. Chimeneas redondas y troncocónicas hay en otros muchos lugares (las más famosas quizás sean las chamineras con espantabrujas del Alto Aragón), pero su estructura interna y su envoltorio, es bien distinto.

Según el tipo o subtipo constructivo, la chimenea pinariega se levanta en el primer o segundo piso de la vivienda, sobre una estancia cuadrada, precedida de un pasillo lateral que la protege de las corrientes. Sobre estos muros de piedra o paredes medianeras, se forja una estructura de madera con tirantes que convierten el cuadrado en un octógono (la famosa cuadratura del círculo) y, desde éste, se levantan palos verticales en forma piramidal, de tanta altura como altura tenga la chimenea. La estructura se cierra con encestados o trenzados de bardas, ramas o setos de enebro, sabina o roble y se revoca por dentro y por fuera con un mortero de barro o cal, de manera que la cara interna, con el fuego, el calor y el hollín, se cuece y endurece protegiendo la estructura de posibles chispas e incendios (hay un subtipo muy raro, que he encontrado por las tierras de transición de San Esteban de Gormaz, donde la campana troncocónica se cierra enteramente con hileras sucesivas de adobes). La parte externa y visible que sobresale del tejado, se recubre con fragmentos de tejas o tejos superpuestos a modo de escamas, para impermeabilizarla. Finalmente, el gran remate superior por donde sale el humo, se protege con una estructura de madera y tabla en punta llamada 'copete'. En el interior, el sobrio mobiliario está compuesto básicamente por el escañil o los escaños, una mesa movible con tentemozo (la famosa perezosa), la llar, el trasfuego, los morillos, sartenes, trébedes y demás elementos para cocinar y atizar el fuego, un mueble, alacena o vasar, la mayoría de las veces empotrado en la misma pared, una gamella para amasar el pan y, a veces, una cocción de cerámica en una esquina. Sobre el fuego, es común que se abra la boca del horno interior o exterior anexo, sin más salida para el humo que la propia campana de la chimenea. Las hay que tienen una mirilla en la pared que da al portal, para ver quién entra y sale sin necesidad de salir de la cueva.

Yo, joven humilde y curioso, hijo, nieto y bisnieto de la tierra germinal y nuclear de estas chimeneas (¿cuántos ratos habrán pasado ahumados en la lumbre de estas chimeneas los Ortega, Navazo, Abad, de Pedro, Arche, Llorente y demás parientes?), tengo dos grandes e imperfectas teorías: que como la mayoría de las manifestaciones cultas y populares que hoy consideramos propias y vernáculas, también en la propia arquitectura, las chimeneas vinieron de fuera, quizás en la grupa de alguno de los monjes y caballeros rubios y norteños que ayudaron a repoblar estas altas y recónditas sierras; o, simple y llanamente, que eran un elemento propio del serrano más indígena, una primitiva vivienda o chozo circular como el de los celtíberos y pastores, cronificado, fosilizado y luego trasplantado y sobrepuesto a la casa medieval y a sus diferentes tipos extraños (la casa pinariega más tradicional no es más que una tenada con chimenea). Esto último casaría muy bien con el cierto nomadismo de los hombres de estas sierras trashumantes y carreteras, que se llevaron su hogar a cuestas, y podría explicar su movilidad, generalidad y existencia en casas, tipos y zonas totalmente extrañas y dispares. Todo está por desarrollar.

Bajo la gran bóveda celestial de una de estas chimeneas redondas o de campana, renegrida y brillante por el hollín, sin más iluminación que la vela del candil, las ascuas moribundas y las estrellas que se asoman tintineantes por el cielo, con el ulular amenazante del viento y el crepitar del fuego, uno siente toda la honda y sagrada trascendencia histórica del hogar y del fuego. Como golondrinos bajo el barro quemado, aquí hemos pasado y consumido la vida los sorianos. La arquitectura popular tradicional se hirió de muerte cuando el fuego, el hogar y las chimeneas dejaron de tener un papel capital y trascendental en la construcción de la vivienda. La arquitectura popular soriana ha crecido y evolucionado junto al fuego y una parte muy importante de ella y de todos nosotros muere cada vez que dejamos caer una de estas chimeneas pinariegas. Y ya van unas cuantas. Pueden pasar a ver el esqueleto de la última víctima en Villaciervos, junto a la carretera.

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