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12-1-2021. Querido Rucu Pichincha

Nuevo relato desde Sudamérica de Óscar Reyes:

«Chantal-Maudit: “Persigo la felicidad y la montaña sale en mi búsqueda”.

Escribo este relato desde mi hotel en Quito, donde sigo varado por el temporal Filomena. La tripulación de la que formo parte ha tenido que posponer el regreso a Madrid por la histórica nevada que ha paralizado todas las infraestructuras, incluido el aeropuerto de Barajas y aprovecho la circunstancia para revisitar un lugar importante para mí, el volcán Rucu Pichincha.

El Rucu, viejo en quechua, Pichincha es un volcán extinto que alcanza los 4.696 metros sobre el nivel del mar. En 1859 tuvo lugar su última gran erupción dejando a la ciudad de Quito casi completamente destruida. Por su cercanía a la urbe es un pico perfecto en el que iniciarse y practicar la aclimatación en altitudes superiores.

Como en tantas otras historias marcadas por una anécdota, la primera vez que lo coroné (2 de diciembre de 2018) lo hice en vaqueros y zapatillas. En realidad, subir a la cima nunca fue el propósito. En aquel viaje, también de trabajo, me acompañaba mi pareja y la idea era dedicar nuestra segunda mañana en Ecuador a dar un paseo y disfrutar de las impresionantes vistas desde lo alto del teleférico. Nunca habíamos subido a 4.000 metros y, aunque iniciamos juntos la cumbre, pronto ella paró al sentir que le faltaba oxígeno en los pulmones. Convinimos entonces que, mientras ella esperaba abajo en la cafetería yo seguiría un poco más. Un poco, otro poco más y así sucesivamente hasta hacer cumbre con relativa facilidad.

Fotos de 2018:

Esa ascensión me dio la confianza necesaria para acometer la hazaña o temeridad, según se mire, que vino tres meses después: subir el Cotopaxi (5.897 metros) con tan solo 72 horas en Ecuador y habiendo visitado Mindo (1.250 m.) el día antes.

En cualquier caso, una locura que recordaré siempre como uno de los días más felices de mi vida. El Rucu Pichincha representa, por lo tanto, la primera zancada en mi relación con la escalada en montaña. Un romance que, aunque no pueda regar con frecuencia , ahora sé que va a durar hasta que la muerte nos separe.

Volviendo al presente, la estancia prevista en Ecuador iba a ser de dos días (del 7 al 9 de enero) pero al prolongarse como consecuencia de la meteorología en Madrid replanteo un imprevisto que se presentó a la llegada. El teleférico permanece cerrado hasta el 15 de enero por la dichosa pandemia. Últimamente parece que el mundo se ha vuelto loco pero no voy a permitir que se desbarate mi ansiado plan. Lo solucionaré organizando la subida desde más abajo.

Descubro, tras documentarme en internet y preguntando al personal del hotel y taxistas, que existe un sendero que asciende zigzagueando desde los 3.117 metros de la plataforma motriz del funicular, aunque se recomienda no ir solo, sobre todo si eres extranjero, porque se han producido robos en la zona.

Además, tampoco está nada claro el inicio del camino ya que se encuentra en mitad de un área privada de pastos. Por supuesto, ni rastro de la ruta en Wikiloc. Lejos de tirar la toalla,  decido personarme allí en taxi con la esperanza de toparme con algún montañero que tenga las mismas intenciones que yo. Al fin y al cabo es domingo y, según he leído, los fines de semana el sendero suele estar concurrido.

Mientras preparo la mochila para el madrugón del día siguiente asoman las dudas y ese familiar nerviosismo ante lo desconocido. Todo va a salir bien, me digo antes de dejar el móvil cargando desde la cama.

Como de costumbre, me despierto antes que suene la alarma a las 5:50 am, me tomo un café y el Uber viene a recogerme muy rápido. Le pregunto al conductor acerca de la existencia del sendero y me dice que ni idea pero se presta a ayudarme a buscarlo. Al final, todo se soluciona cuando al llegar veo a lo lejos a un chaval con una mochila a la espalda que encara raudo un camino que sube tras una valla. Salgo corriendo del coche y le grito desde la distancia:

-“¿Subes al Rucu Pichincha?”

– “Sí”

–“¿Te importa que subamos juntos?”

– “No”.

Asunto resuelto. Todas las dudas y miedos se despejan y, desde ese instante, se abre ante mí un inolvidable día de montaña con el añadido de compartir la experiencia con un local. Siempre he pensado que soy un tipo con suerte.

Gracias a Paul

Paul tiene 33 años, es de Quito y, por la velocidad y la agilidad con la que sube los primeros metros, me pregunto si podré seguir su ritmo. El primer tramo es de mucha inclinación ya que acortamos el sendero marcado ascendiendo campo a través entre vacas y algún caballo, pero estamos bien de fuerzas y subimos con rapidez, haciendo frecuentes paradas cortas para recuperar. En una de ellas aprovecho para echar rápido un plátano al estómago ante el temor de desfallecer por el ritmo frenético de subida.  Tras el escueto desayuno continuamos la marcha dejando la línea del funicular a nuestra derecha.

En 1 hora y 40 minutos, tras salvar los primeros 830 metros de desnivel, ponemos fin a la dura primera etapa con llegada a la Cruz Loma, (3.947 m.) estación de llegada del teleférico. Parada para comer un sándwich, foto rápida en el conocido columpio con maravillosas vistas a Quito y pronto reanudamos rumbo a la cima.

El siguiente tramo es mucho más liviano, casi un paseo, que invita a la charla. Para entonces, la buena sintonía con mi compañero de viaje se ha hecho patente y confirmo que, tanto el nivel físico como la pasión de ambos por la montaña, son muy parejos.

A unos 4.300 metros de altitud, del lado izquierdo, nos encontramos con una gran hendidura de piedra conocida como la Cueva del Oso, donde hacemos otra parada para comer y descansar unos minutos antes de acometer el último esfuerzo. A partir de ahí llegan las dificultades. En primer lugar, un paso en el que hay que sortear unos dos metros con pies-manos sobre una pared húmeda y con caída y, acto seguido, da comienzo el arenal, la etapa más difícil antes de llegar la cima.

Procedemos a abrigarnos y empezamos a ascender impulsándonos con pasos cortos y explosivos seguidos de breves paradas para recuperar el aliento. A unos 30 metros antes de alcanzar la cumbre da comienzo el último tramo de roca que hay que escalar utilizando, de nuevo, todas las extremidades. Paul y yo admitimos que nos gusta trepar, aunque conviene extremar las precauciones ante el desgaste físico acumulado. Finalmente, tras superar 1.579 metros de desnivel en casi cuatro horas de escalada intensa, alcanzamos la cima tan  emocionados que, transgrediendo conscientemente las distancias, nos tomamos un selfie sin mascarilla para el recuerdo.

Permanecemos los dos unos minutos en la cima del Rucu Pichincha comiendo algo, compartiendo los números de teléfono y departiendo con el grupo reducido de montañeros que llegan poco después. La niebla, concediendo una tregua, se abre por momentos y a través de las ventanas naturales contemplamos el majestuoso paisaje. Los rostros no pueden disimular la alegría y satisfacción generalizada.

Durante la bajada decidimos que seguiremos en contacto para nuevas visitas juntos a la montaña. Paul confiesa que le llama la atención mi rápida aclimatación a las alturas y me asegura que contará conmigo para incluirme en su grupo de escaladores. Estaré encantado de que así sea.

Seguramente regresaré al Rucu Pichincha en un futuro pero, aunque las circunstancias lo impidan, mi gratitud a esta montaña por todo lo que me ha dado será imperecedera».

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