Visita guiada

En cuanto atravesamos el quejumbroso portón, dejando atrás el atrio de entrada, no dudaron mis compañeros de grupo en fusilar sin contemplaciones con sus cámaras y teléfonos móviles aquellas pinturas de Goya que decoraban los muros de la iglesia, haciendo caso omiso a los requerimientos de la guía. Yo esperaba paciente a que terminaran de capturar aquellas escenas de la vida de la Virgen sentado en uno de los vetustos asientos de madera cuando lo vi. En un principio me pareció un trampantojo, una de esa obras pictóricas que buscan engañar a la vista pero no tardé en comprobar que se trataba realmente de un monje cartujo que con un leve ademán me invitaba a seguirlo tras aquella puerta. Pese a mi celeridad, en seguida le perdí la pista en aquel interminable y silencioso claustro. Y aquí sigo, deambulando por sus eternas galerías, ahogada ya toda esperanza de encontrar una salida pues sin posibilidad de articular palabra, tan solo me sirvo de tímidos gestos que de poco sirven cuando al otro lado de la pared los pocos turistas que reparan en mi presencia me toman por una peculiar pintura mural.

Ilustración de Miquel Zueras

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