Teonanácatl

  58TEONANACATLDe pronto, me vi tendido sobre el altar que coronaba la pirámide escalonada, completamente paralizado por el miedo. A mis pies, una multitud observaba expectante. El silencio era absoluto. En un momento dado, el sacerdote azteca levantó solemne el cuchillo de obsidiana sobre mi pecho desnudo. Y de repente, sin saber por qué, me sobrevino un incontrolable ataque de risa.

Entonces comprendí que no es conveniente mezclar hongos alucinógenos.

Ilustración: Lola Gómez Redondo

 

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