Realismo mágico II

Ellos se lo pierden – pensé. Y tras ahuyentar en la medida de lo posible los nervios lógicos del momento, avancé decidido hasta él. Hubiera alcanzado su mesa de no ser porque caí en que debía llevar algún libro suyo. Algo nada complicado estando donde estaba. Así pues, guiándome por la primera letra de su apellido, me adentré en un laberinto de estanterías repletas de volúmenes.

¿Cómo es posible? De la F pasan a la H. ¿Y la G? ¿Dónde diablos la han puesto? Tranquilidad. Veamos, tal vez han ordenado sus obras por el segundo apellido – me dije. Pero nada. Ni rastro de sus libros. Ya me disponía a preguntar a uno de los dependientes cuando reparé en la posible explicación. ¡Claro! Están todos colocados en la mesa junto al autor. ¡Qué estúpido he sido! Y con la satisfacción del enigma resuelto, me dirigí hasta donde se encontraba mi admirado escritor. Éste mantenía la mirada perdida en un punto fijo de la librería y sujetaba una elegante pluma todavía sin abrir.

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