Gracia divina

GRACIA DIVINAReina el nerviosismo entre los muchos aspirantes a cubrir las escasas plazas ofertadas. Salvo en uno de ellos quien, a pesar de haber estudiado tan solo un tema del extenso temario exigido en aquella oposición, se halla muy tranquilo pues le ha puesto una vela a la Virgen. Pero no una corriente. No señor. Una vela enorme. ¡Qué digo una vela! Un cirio.

Una vez ocupados sus asientos en el aula, toda la atención se centra en el señor con aire cansado que da vueltas a un rudimentario bombo para, a continuación, extraer una de las bolas numeradas.

– El seis – exclama con desgana. Y una amplia sonrisa de satisfacción se dibuja en el rostro del confiado opositor.

En ese mismo instante, en la Basílica, una anciana, mojando sus dedos en saliva, apaga el cirio con la intención de retirarlo y colocar así su vela a la Virgen.

– Disculpen. Ha habido un error. No se trata del número seis sino del nueve. Pueden comenzar el ejercicio.

Ilustración: Lola Gómez Redondo

2 pensamientos sobre “Gracia divina”

  1. Este relato me recuerda a cuando de crio acompañaba a mi madre a ponerle una vela a la Pilarica. Estaban todas las velas encendidas en un rincón y sí, a veces habia que quitar alguna para poner la de uno. Solia ser la que llevaba más tiempo, no la más grande. Je je je.

  2. En cambio ahora las han sustituido por velas eléctricas de las de echar monedas. Gracias Juan. Siempre tienes un comentario acertado a mano. Incluso el día de tu santo, felicidades amigo.

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