Entre reyes anda el juego V

En esta ocasión para desbaratar los malévolos planes de este acérrimo antizaragocista debía desplazarme a una época algo más lejana. Ni mas ni menos que al año del Señor de 1134. ¿Y ustedes se preguntarán qué se había perdido en pleno Medievo cuando el deporte rey nació siglos más tarde? Pues porque en esa fecha aconteció un hecho de gran relevancia. Veréis, Alfonso I el Batallador (el mismo que arrebató la ciudad a los moros y que hoy nos contempla con pétrea mirada desde lo alto del cerro del Parque Grande) decidió en su testamento que a su muerte sus posesiones pasara a manos de las Órdenes Militares (ya sabéis, Templarios, Hospitalarios y del Santo Sepulcro) Algo que no aceptaron los nobles aragoneses, (tampoco los de Pamplona) resolviendo nombrar un nuevo monarca. En el caso de Aragón, eligieron a su hermano Ramiro II el monje. Pues bien, aprovechando la debilidad del Reino, Alfonso VII de León ocupó Zaragoza. Y aunque fue de manera breve, sirvió para que la ciudad adoptara como emblema el león que tiempo después también utilizaría nuestro equipo de fútbol. Hay quienes tratan de explicar la presencia de este fiero animal, al que consideran el rey de la selva, en ambos escudos aludiendo a la existencia de un león en la desaparecida Iglesia de San Andrés. No seré quien lo niegue. De hecho yo mismo he podido verlo y sufrirlo pues en una ocasión me acerque tanto a él que por poco me deja como el insigne Blas de Lezo, aquel militar tuerto, manco y cojo de infausto recuerdo para los habitantes de la ciudad Condal (como Rubén Sosa en la Final del 86 con aquel tiro de falta)

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