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Pepín Bello, inventor del selfi

Imagen tomada de www.caracteristicas.co

Lo recuerdo como si fuera ayer y, como usted bien dice, han pasado ochenta años. Sí, yo hice la famosa fotografía de la Generación del 27. Parece que los estoy viendo ahora, posando tan serios sobre la tarima de aquel salón de actos: Rafael, Federico, Dámaso, Gerardo…

– ¡Quietos! – les grité. Y el pobre Jorge tratando a duras penas de contener la llorera afectado por el humo del cigarro del señor Presidente del Ateneo de Sevilla que tenía a su lado.

Tuve que repetirla porque en el último momento se me ocurrió a modo de chanza, girar el objetivo hacia mí antes de disparar, con la consiguiente reprobación de mis compañeros. Unos siesos, vaya.

Edicto de Nicomedia

Tras estampar su firma en aquel histórico Edicto, el emperador Galerio exhaló su ultimo aliento. Sus súbditos le lloraron. Eso sí, como todavía no estaban seguros de que hubiera tolerancia religiosa, oraron en silencio para no revelar a que dios se dirigían.

Isla de Santa Elena

Murió de nostalgia – dictaminó rotundo el doctor desechando así la idea de un cáncer de estómago o la posibilidad de envenenamiento por arsénico.

¿Está seguro?

No me cabe la menor duda – sentenció el galeno deteniéndose en el plato de estofado del finado donde las hojas de laurel dibujaban una suerte de corona.

Nacimiento

Fotografía de Javier Vázquez

En casa tenemos por costumbre no poner al niño Jesús hasta el mismo día de Navidad. Pero este año llegó el 25 de diciembre y la figurita no aparecía por ningún lado. Buscamos en su caja, en el armario, debajo de la mesa y nada. Al no haber recién nacido al que adorar, los reyes magos decidieron volver a Oriente y tanto los pastores como las aguadoras o los pescadores terminaron regresando a sus quehaceres cotidianos. Solo acabadas las navidades y recuperado el rincón para el cenicero de cristal y el tapete de ganchillo, apareció el niño dios con la inocente serenidad de saberse por fin a salvo del malvado Herodes.

Persecución religiosa

Fotografía de Adrián Ortega

Los corredores lucían los atuendos mas extravagantes respondiendo al carácter festivo de la prueba. Así, podía verse a un misterioso astronauta pugnando con una graciosa rana. O a una vieja alcahueta dejando atrás a un adusto Unamuno. Pero quien acaparaba todas las miradas era Silvestre I que haciendo honor a su nombre, llegó el primero a la meta, sirviéndose de su báculo papal para apartar contrincantes de su camino. Al finalizar la carrera confesó que cuando sentía flaquear las fuerzas, echaba la vista atrás y descubría a un legionario romano con cara de pocos amigos.

El árbol del sueño

Fotografía de Javier de Julián

África es rica en muchas cosas, también en leyendas. A ella, que apenas lleva allí unas semanas, le apasionan sobre todo esas que hablan de árboles, como la del soberbio baobab o la del árbol del tiempo. Y con esos ojos llenos de agradecimiento tras la operación de tracoma, la anciana le explica que existe uno cuyas frondosas ramas invitan a un sopor profundo a quienes hasta allí se acercan. Una vez dormidos, sienten como todos sus temores y miedos les acechan cual feroces hienas pero es entonces cuando el árbol de robusto tronco aparece para espantarlos como un elefante proteguiendo a sus crías. Y al despertar, les invade una agradable sensación de tranquilidad.

-¡Que historia tan bonita! – exclama la oftalmóloga – ¿Y dónde se encuentra?

Entonces, la anciana toma de la mano a la voluntaria y sin decir nada, la lleva al exterior del hospital donde más pacientes con afecciones oculares descansan bajo un árbol esperando ser salvados.

Caza mayor

Fotografía de Marián Carrera

Éramos uno más en la escuela. Lo que ocurre es que el maestro se empeñó en que debía aparecer también la iglesia y, al mover la cámara, sacó al pobre Mateo de la foto. A Braulio, que estaba a su lado, no le cortó la cabeza de milagro. Y es que don Esteban decía que nuestra parroquia de San Pedro era una joya del Románico. A nosotros, por aquel entonces, solo nos interesaba subir a la torre para coger pichones. Todos los niños regresábamos triunfantes salvo Mateo que bajaba siempre con las manos vacías. Para frenar las burlas de las que era objeto, cierto día nos espetó:

     – Las palomas son poco para mí. Yo conseguiré algo mucho mejor.

 ​Y a la mañana siguiente apareció con una criatura monstruosa. Su cuerpo era el de un ave pero tenía pezuñas y cola de serpiente. Y lo más asombroso, su rostro era el de un humano. Todos salimos corriendo al verla, hasta el propio Mateo. Pero él por otros motivos, le perseguía don Nicolás, el cura, al descubrir el enorme desaguisado que le había hecho a uno de los capiteles del templo.

Dies irae

Cuando el ángel hizo sonar la última trompeta, él decidió permanecer en la tumba, no por miedo al Juicio Final, que por otra parte ya lo sabía perdido, sino por que ésta era de fino mármol de Carrara.

Factura

En el recibo de la luz, la simpática mascota de la compañía presentaba en un gráfico el gasto mensual. Así, si éste había subido ponía cara triste señalando la curva ascendente. Para no verlo afligido, el titular de la cuenta resolvió ahorrar. A partir de entonces, sustituyó su moderna vitrocerámica por un hornillo de gas, la lavadora por una piedra estriada, el televisor por un transistor a pilas. Tanto descendió el consumo que la empresa eléctrica prescindió de su gracioso logo en sus siguientes cartas.

Ojalá

La expectación era máxima. El gran Silvio Rodríguez iba a ofrecer un nuevo concierto avivando así la polémica acerca de si en su conocida canción, decía “un disparo de nieve” o “de Nievi”. Aquella noche, el cantante caribeño fue desgranando uno a uno los temas de su repertorio hasta que por fin, sonaron en el auditorio esos conocidos acordes de guitarra. Cada una de las hermosas metáforas de “Ojalá” eran cantadas al unísono por un público entregado pero cuando llegó la controvertida estrofa, se hizo de golpe el silencio. Por un momento se llegó a temer que Silvio también dejara de cantar, dirigiendo el micrófono a la concurrencia para que fueran ellos los que continuaran la canción. Pero para alivio de todos no fue así. Y ante los oídos bien abiertos de los presentes, cantó: “Un disparo de nieve”.

¡Nieve! ¡Es nieve! – murmuraba inquieto el graderío. Mientras, apostado en el tejado, el famoso francotirador ruso, Vasili Grigórievich Záitsev, alias Nievi, sacaba de su mira telescópica al cantante cubano.