Con el agua al cuello

La puerta no pudo contener por más tiempo y cedió al fin al ímpetu del agua. La sala se convirtió así en una suerte de pequeño océano donde estanterías y libros de todo tipo flotaban aquí y allá.

– No deja de ser paradójico – pensó el bibliotecario – que el Centro de Documentación del Agua y el Medio Ambiente se vea inundado por la crecida del Ebro.

Y mientras ésto meditaba subido a la mesa, reparó en una botella que se balanceaba a escasos metros. La alcanzó sirviéndose del flexo como remo, con la idea de enviar un mensaje de auxilio. Pero por mucho que buscara, no encontró un trozo de papel que no estuviera mojado. Hasta que reparó en el valioso pergamino medieval que se exponía bajo vitrina en el antiguo refectorio. Ése que rompió en pedazos un furioso Pedro IV pues contenía los Privilegios de la Unión.

– Vista la situación – reflexionó- estamos para pocos privilegios.

Un clásico

Su gesto de suficiencia contrastaba con los rostros de concentración del resto de participantes que aguardaban expectantes en la salida a que diera comienzo la carrera. Una seguridad en sí mismo que llamaba, más si cabe, la atención teniendo en cuenta que no destacaba, ni de lejos, por su estado de forma. Una prominente barriga asomaba por debajo de la camiseta del mismo tono fosforito que el ceñido pantalón cuyas costuras a punto estaban de reventar. Pero él se mostraba confiado pues estrenaba las nuevas zapatillas Aquiles, “el de los pies ligeros”. Y como aseguraba el anuncio, sentiría que volaba en lugar de correr. Lo que voló y mas pronto que tarde, fue su ilusión pues al poco de salir se vio obligado a abandonar al sentir un fuerte pinchazo en el talón.