Persecución religiosa

Fotografía de Adrián Ortega

Los corredores lucían los atuendos mas extravagantes respondiendo al carácter festivo de la prueba. Así, podía verse a un misterioso astronauta pugnando con una graciosa rana. O a una vieja alcahueta dejando atrás a un adusto Unamuno. Pero quien acaparaba todas las miradas era Silvestre I que haciendo honor a su nombre, llegó el primero a la meta, sirviéndose de su báculo papal para apartar contrincantes de su camino. Al finalizar la carrera confesó que cuando sentía flaquear las fuerzas, echaba la vista atrás y descubría a un legionario romano con cara de pocos amigos.

El árbol del sueño

Fotografía de Javier de Julián

África es rica en muchas cosas, también en leyendas. A ella, que apenas lleva allí unas semanas, le apasionan sobre todo esas que hablan de árboles, como la del soberbio baobab o la del árbol del tiempo. Y con esos ojos llenos de agradecimiento tras la operación de tracoma, la anciana le explica que existe uno cuyas frondosas ramas invitan a un sopor profundo a quienes hasta allí se acercan. Una vez dormidos, sienten como todos sus temores y miedos les acechan cual feroces hienas pero es entonces cuando el árbol de robusto tronco aparece para espantarlos como un elefante proteguiendo a sus crías. Y al despertar, les invade una agradable sensación de tranquilidad.

-¡Que historia tan bonita! – exclama la oftalmóloga – ¿Y dónde se encuentra?

Entonces, la anciana toma de la mano a la voluntaria y sin decir nada, la lleva al exterior del hospital donde más pacientes con afecciones oculares descansan bajo un árbol esperando ser salvados.

Caza mayor

Fotografía de Marián Carrera

Éramos uno más en la escuela. Lo que ocurre es que el maestro se empeñó en que debía aparecer también la iglesia y, al mover la cámara, sacó al pobre Mateo de la foto. A Braulio, que estaba a su lado, no le cortó la cabeza de milagro. Y es que don Esteban decía que nuestra parroquia de San Pedro era una joya del Románico. A nosotros, por aquel entonces, solo nos interesaba subir a la torre para coger pichones. Todos los niños regresábamos triunfantes salvo Mateo que bajaba siempre con las manos vacías. Para frenar las burlas de las que era objeto, cierto día nos espetó:

     – Las palomas son poco para mí. Yo conseguiré algo mucho mejor.

 ​Y a la mañana siguiente apareció con una criatura monstruosa. Su cuerpo era el de un ave pero tenía pezuñas y cola de serpiente. Y lo más asombroso, su rostro era el de un humano. Todos salimos corriendo al verla, hasta el propio Mateo. Pero él por otros motivos, le perseguía don Nicolás, el cura, al descubrir el enorme desaguisado que le había hecho a uno de los capiteles del templo.