Mártir III y último

Pero en aquel momento era tan solo una niña. Una niña atemorizada por una salvaje jauría de críos empeñados en convertir su día a día en un auténtico infierno, no dejándole otro camino para escapar de aquellas feroces dentelladas de odio que el que acabó con su vida.

Tras este trágico episodio, los ladridos cesaron. Con la marcha de Quiteria, toda esa ira que habitaba en aquellos niños y que los llevaba a transformarse en canes enloquecidos desapareció de pronto. Y como si de un milagro se tratara, se convirtieron en dóciles perros, fieles al recuerdo de aquella pobre niña.

Por algo Quiteria es la santa sanadora del mal de la rabia.

Mártir II

Era la mayor de nueve hermanos. Todos ellos con nombres poco habituales. Aunque ésto, como todo, va por modas. Y si algo tienen las modas es que siempre regresan (como las hombreras, los pantalones de campana o las pobladas barbas) En aquella época no se llevaban los de origen bíblico. En cambio ahora, vuelven a estar de plena vigencia. A Quiteria le hubiera divertido conocer chicos llamados Joel (como el profeta) o Aser (el octavo hijo de Jacob) y chicas de nombre Betsabé (mujer del rey David) o Nazaret. Y aquel físico enclenque suyo pronto se hubiera tornado hermoso como el de su tocaya, la bella Quiteria, aquella novia de las fastuosas bodas de Camacho que tan fabulosamente describiera Miguel de Cervantes en su Quijote.

Mártir I

Fotografía de Marián Carrera

Quiteria era una santa. Y la chica de mi colegio con la mirada más triste que haya visto nunca. Motivos no le faltaban, esa es la verdad. A veces, los niños pueden resultar muy crueles. Y con ese nombre pronto se convirtió en el objeto de las burlas de sus compañeros de clase. Ya saben: ¡Quita Quiteria! acompañado de un empujón. Y cosas por el estilo, que en esto de las mofas no es necesario ser ingenioso, basta con tener la intención de hacer daño. Si a eso le añadimos que era espigada, pecosa, de cabello bermejo y que un amasijo de hierros se ocultaba en su diminuta boca (por aquel entonces los aparatos de dientes no eran tan discretos como los de ahora) no era pues de extrañar que le sobraran los motes y le faltaran los amigos.

Anemoi


Aconteció que aquel imponente aerogenerador, suscitó enseguida el amor de los cuatro dioses del viento. Y con el deseo de poseerlo, Boreas desde el norte, Noto desde el sur, Euro desde el este y Céfiro desde el oeste se abalanzaron sobre aquel elevado ingenio. La violenta pugna obligó a intervenir al propio Zeus estableciendo que sería el invierno el tiempo de Boreas, la primavera para Céfiro y el Otoño para Noto. Olvidó a Euro quién agraviado recurrió al antiguo titán Cronos. A partir de entonces, sus tres aspas dejarían de obedecer dirección alguna para convertirse en manecillas, horario, minutero y segundero, de un implacable reloj.