Bécquer y Veruela

Avanzaba el poeta por el silencioso claustro, retumbando en su cabeza las historias relatadas por los aldeanos reunidos al calor del hogar en las frías noches de invierno. Inquietantes relatos acerca de aquelarres y brujas como la temida Tía Casca, del imponente castillo de Trasmoz, levantado en una sola noche y tantas otras narraciones estremecedoras acontecidas en aquellas tierras dominadas por el imponente Moncayo. De súbito, sintió una presencia a su espalda. Algo extraño teniendo en cuenta lo intempestiva de la hora pues muy atrás quedaron ya las campanadas de la media noche. Avanzó raudo por la penumbrosa galería hasta alcanzar la puerta de la iglesia y a volver el rostro, creyó adivinar una sombra oculta tras una laude sepulcral. ¿Quién anda ahí? – acertó a decir con un hilo de voz mientras sentía desbocarse su corazón en el pecho. Pero ningún sonido más pudo salir de su boca desencajada cuando contempló con total nitidez como aquella extraña figura, tras clavarle su pétrea mirada, regresaba a su capitel bellamente labrado con una perturbadora sonrisa dibujada en el rostro.

1773 o el último viaje

-¿Nombre?

– Jorge Juan y Santacilia. Natural de Novelda.

– Suba a bordo. Le estábamos esperando.

En cuanto puso un pie en cubierta, se acercó hasta él efusivo un miembro de la tripulación.

-¡Dichosos mis ojos! Ha de saber que somos grandes admiradores de sus trabajos allá en el Virreinato del Perú. Sería un verdadero honor si tuviera a bien acompañarnos – exclamó señalando a un grupo de hombres entre los que destacaba un genovés absorto en mil cálculos ante mapas y cartas de navegación.

– ¡No le atosigue, pardiez! Que antes nos tiene que relatar con todo lujo de detalles como se la jugó a los ingleses en su propio terreno – Bramó un almirante tuerto, marco y cojo con rendida admiración.

– Y no olvide narrarnos su encuentro con el Sultán de Marruecos. No sé si sabe que yo sufrí cautiverio en Argel – espetó otro de los presentes, éste tullido de la mano izquierda a causa de un disparo de arcabuz.

– ¡A fe mía que sois cargante! Dedíquese a las letras que es lo suyo y déjenos a los hombres de mar – respondieron al unisono una pareja de expedicionarios marinos, uno vasco y otro portugués, mientras le tomaban amistosamente del brazo al ilustre científico, ingeniero naval, espía y diplomático alicantino.

Y mientras tenía lugar esta calurosa bienvenida, el navío se alejaba de la costa española para desaparecer finalmente entre la espesa bruma.