Realismo mágico II

Ellos se lo pierden – pensé. Y tras ahuyentar en la medida de lo posible los nervios lógicos del momento, avancé decidido hasta él. Hubiera alcanzado su mesa de no ser porque caí en que debía llevar algún libro suyo. Algo nada complicado estando donde estaba. Así pues, guiándome por la primera letra de su apellido, me adentré en un laberinto de estanterías repletas de volúmenes.

¿Cómo es posible? De la F pasan a la H. ¿Y la G? ¿Dónde diablos la han puesto? Tranquilidad. Veamos, tal vez han ordenado sus obras por el segundo apellido – me dije. Pero nada. Ni rastro de sus libros. Ya me disponía a preguntar a uno de los dependientes cuando reparé en la posible explicación. ¡Claro! Están todos colocados en la mesa junto al autor. ¡Qué estúpido he sido! Y con la satisfacción del enigma resuelto, me dirigí hasta donde se encontraba mi admirado escritor. Éste mantenía la mirada perdida en un punto fijo de la librería y sujetaba una elegante pluma todavía sin abrir.

Realismo mágico I

Era pleno Agosto. Y el calor pegajoso de la ciudad había empujado a la gente a la playa o la montaña. Yo buscaba refugio en algún local con aire acondicionado. Y en las librerías además de disfrutar del fresco puedes ojear el género sin prisa pues dar con la lectura adecuada no es algo, como es bien sabido, que se decida a la ligera, sino que requiere su tiempo. Y eso era algo de lo que yo andaba sobrado en aquel estío. No bien hube superado el umbral de la tienda cuando para mi sorpresa descubrí tras una mesa y dispuesto a firmar ejemplares de sus obras, a mi escritor favorito. No lo podía creer. Cómo tampoco podía entender que el resto de clientes no repararan en su presencia, ocupados como estaban en adquirir el último best-seller o en reservar los libros de texto para sus hijos aún cuando faltaba más de un mes para el comienzo del nuevo curso escolar.