Toda una santa

No hay día en que no le rece a Santa Apolonia. Soy devota desde bien moza. Ya de recién casada, me encomendé a ella para quedarme encinta. El crio se hizo de rogar. Y no fue porque mi Manolo no le pusiera empeño. Pero cuando las cosas están de que no, no hay nada que hacer más que esperar.  Tras un sinfín de Padrenuestros y Avemarías, por fin sentí en mi vientre el latido de una nueva vida. Rogué a la Santa para que viniera sano. Cumplió. Dos ojitos, dos orejitas, dos manitas con todos sus deditos y dos piernitas. ¡Y que piernas! Como corría el condenado cada vez que hacía alguna gamberrada. No me salió muy formal, esa es la verdad. Yo pedía para que se hiciera dentista que ganan buenos dineros. Además, Santa Apolonia es la patrona de los odontólogos. A la pobre la martirizaron arrancándole los dientes. Pero ahora que he asumido que no veré a mi zagal con la bata blanca, ruego para que al menos le salgan las muelas del juicio y se centre de una puñetera vez.

Epifanía

Siguiendo la Estrella, el mago Melchor partió desde Persia, Baltasar de la Península Arábiga tocándole a Gaspar realizar el viaje más largo, desde el otro lado del Indo. Así, debía atravesar enormes montañas heladas. La muerte dulce, se dijo cuando la nieve le impedía avanzar. Y en efecto, dulce era aquella densa capa blanca que ya le cubría por completo. Sus músculos comenzaron a entumecerse cuando como si de un milagro se tratara, se vio liberado de pronto por una mano que lo elevó al grito de: ¡Me ha tocado el rey del roscón!

El elegido

Ilustración tomada de AliExpress

Tardó varios kilómetros en darse cuenta de que le seguía. Nada extraño a priori teniendo en cuenta que se trataba de la San Silvestre. Pero había constatado que, si aceleraba el paso, aquel también y si lo reducida, el otro hacía lo propio. No importaba el ritmo que imprimiese pues se mantenía pegado a sus talones. En un momento dado de la carrera, le pareció que su perseguidor se inclinaba hacia delante, como si estuviera a punto de trastabillar y darse de bruces contra el suelo. Pero para su sorpresa, no cayó, sino que, apoyado también en sus manos, continuó corriendo como si tal cosa. El miedo le sobrevino cuando poco antes de la llegada, pudo escuchar con total nitidez unos ladridos. Ya no quedaba duda alguna, había sido elegido como liebre.

Leyenda africana

Hace mucho tiempo una joven pantera se jactaba de lo alto que podía trepar.  Los demás animales, cansados de su soberbia, la animaron a demostrarlo. Así, subió de rama en rama hasta alcanzar la copa del árbol más alto. No se detuvo ahí. Valiéndose de sus poderosas patas traseras, su arrogancia la llevó a elevarse al cielo de un salto hasta perderse de vista. Aunque hay ocasiones en las que se la puede ver, encaramada en las estrellas, tiñendo de negro el firmamento. A ese momento se le conoce como noche.

La rebelión de las máquinas

Ilustración tomada de la página emojiterra.com

– Todos los aparatos se volvieron locos. La tostadora golpeó a mamá. A papá se la tragó la lavadora. Y el aspirador se comió a mi hámster – relató en un hilo de voz el pequeño.

– ¿Y cómo es que a ti no te hicieron nada? – inquirió el oficial de policía.

– No lo sé – respondió el chico todavía ataviado con la caja de cartón forrada de papel de aluminio de la fiesta de disfraces.

Victoria

Centro medido desde la banda y remate de cabeza, colándose el balón por toda la escuadra. Gritos de júbilo en la grada y, como no, en las jugadoras que corren a sumarse al abrazo entre las dos artífices del gol. Da gusto verlas tan felices – se dicen sus padres Y entonces la memoria les traslada a los días de colegio cuando con sus enormes carteras a la espalda y la ilusión en el rostro, marchaban ambas cogidas de la mano. O años después, practicando en el parque debajo de casa las coreografías imposibles de su cantante favorita. Por no mencionar las interminables conversaciones por teléfono al volver del instituto. Eran inseparables. Cuando la árbitro, tras los tres pitidos reglamentarios, indica el camino a los vestuarios, las dos chicas se buscan con la mirada. Sus ojos reflejan un brillo especial que va más allá de la victoria conseguida. Y se besan. Un pico, apenas, ante la mirada atónita de sus familiares que, una vez superada la sorpresa inicial, coinciden: Da gusto verlas tan felices.

Mundial 82

Marta trata de convencerme de que en una mudanza siempre algo se extravía. Pero me niego a aceptar que no vaya a ver más mis guantes firmados por Arconada. Su aparente resignación me hace desconfiar. Quizá sea porque su hermano pequeño es portero de fútbol. Buscando confirmar mis sospechas, acudo a todos sus partidos, incluso a los entrenamientos, pero para mi sorpresa, el chico juega sin guantes. Tampoco es que los necesite pues no logra atajar un solo balón. Tanto ir a verle nos ha unido hasta el punto de proponerle que me acompañe en la búsqueda. Pero ya no hace falta. Por fin aparecen los guantes entre los bañadores viejos y las gafas de nadar que ya no me caben, recordándome que la infancia es un verano lejano.

Me escribe el hermano de Marta para decirme que jugarán la final del trofeo. Si se tratara de una de esas películas de sobremesa, se los prestaría para que parara el penalti definitivo consiguiendo la victoria para su equipo. Pero no lo es, así que me quedo sentado en el sofá con los guantes puestos y las gafas que me aprietan la cabeza tratando de no llorar.

Desesperación

Ilustración tomada de Amazon.es

Ni el abanico, recuerdo de sus últimas vacaciones, ni el polvoriento ventilador de aspas, ni siquiera el escandaloso aparato de aire acondicionado lograban aplacar el insoportable calor de la oficina. El hombre con la camisa empapada bajo las axilas y espalda se pasaba, una y otra vez, el pañuelo por el cuello y la frente, desesperado. Esa misma desesperación le llevó a tomar un folio, a falta de otra cosa, y trazar en él todas las letras del abecedario. A continuación, vació de lápices la taza y la colocó boca abajo. Posó su dedo índice sobre ésta y con los ojos cerrados, invocó a cualquier presencia que anduviese por el viejo edificio. Todo ello con el deseo de que la temperatura descendiera abruptamente y el sudor se tornara frío por el miedo.

Turistas

Entre los chorros de colores, emerge del agua una mujer desnuda. Es hermosa.  Luce una larga melena de fuego. Los allí congregados no salen de su asombro. Las madres se apresuran a tapar los ojos de sus niños reunidos alrededor de la fuente para disfrutar del espectáculo de iluminación. Y espectáculo sin duda no falta. Una agente de policía se acerca a la mujer para cubrirla con una toalla de playa que le ha prestado una vecina. El estampado floreado del paño embellece más si cabe a la joven desconocida.

– Es la mismísima Venus de Botticelli – comentan los presentes.

De pronto, surge de la fuente un hombre también en cueros sujetando en su mano un vaso de lo que parece sangría. Se le ve exultante:

– ¡I love Spain! – acierta a balbucear antes de caer al suelo.

Parece que Venus ha venido acompañada de Baco.

Sorprendente ¿O no?

El día de su jubilación, junto con la protocolaria placa de reconocimiento a toda una vida de servicio a la empresa, recibió como regalo una baraja de cartas. El obsequio que pretendía ser una broma en referencia a su recién estrenada nueva etapa, acompañaba a todas horas al jubilado. Acostumbrado a los retos, no tardó en cambiar el solitario o el cinquillo por los juegos de magia. Elige una carta – asaltaba al primero con el que se cruzaba poniéndole delante el abanico de naipes. Fue tal su obsesión que cuando no estaba practicando nuevos trucos, se entregaba a la lectura de libros acerca de los más importantes magos. Por lo tanto, no debería haber sorprendido que acordado por parte de los hijos su ingreso en una residencia, desapareciera sin dejar rastro. Y con él todos sus ahorros además de enseres personales. Salvo la placa con el logo de la empresa abandonada en la mesilla junto a la foto familiar.

Microrrelatos