Sueño Mapuche

Margarita de Austria por Juan Van Der Hamen

En el mismo momento en que Alonso de Ribera bautizaba con el nombre de Santa Margarita de Austria el fuerte levantado a orillas del río Lebu, al otro lado del océano, la reina despertaba sobresaltada envuelta en sudor. En el perturbador sueño, su nívea piel tornose cobriza y una cabellera morena descendía en liberadora cascada por su espalda desnuda de elegantes brocados. Sentía una serenidad hasta entonces desconocida. Una agradable paz rota de súbito por feroces ladridos de perros alanos, disparos de arcabuz y mandobles de refulgente acero. Sonidos ensordecedores a los que siguieron gritos de horror que se incrustaron en su cabeza resonando con fuerza hasta el día en que el abandono cubrió de olvido aquel lejano baluarte.

Cuarentena

Durante cuarenta días y cuarenta noches estuvo el Diablo tentándole para que saliera de casa.

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Los que rondaban la cuarentena contemplaban con envidia desde sus balcones como treintañeros y veinteañeros disfrutaban de la calle.

Heroínas

¿Que valor! Francisco de Goya

Mientras estudia la figura de Agustina de Aragón, de Manuela Sancho y de tantas otras heroínas de los Sitios, su madre pone la lavadora, lava los platos, hace la compra y deja preparada la cena antes de comenzar el turno de noche.

Faro

Fotografía Javier de Julián

Se le iluminaba el rostro cada vez que contemplaba el paisaje desde lo alto del viejo faro abandonado. Algo que agradecían los barcos que salpicaban el horizonte.

Hambre

Fotografía Javier de Julián

Al escuchar su nombre, avanzó unos pasos con elegancia hacia el micrófono.

Mi deseo es que se acabe el hambre en el mundo – contestó sin perder su amplia sonrisa con la mirada fija en la cámara.

Los sonoros aplausos del público asistente al certamen de belleza disimularon el incómodo rugir de su estómago en ayunas.

Sourire

Una sonrisa, la más bonita que creía poder existir, me llevó a estudiar Óptica y optometría, yo que siempre fui de Letras Puras. La misma que me empujó a aprender francés, cuando lo mío eran las declinaciones latinas, ya saben, rosa – ae. Y hasta a viajar como voluntario a la República de Chad, siendo que lo más lejos de casa donde había estado era de veraneo en Cambrils. Pero en cuanto pisé suelo africano, se me cayó la venda de los ojos. Descubrí unas gentes tan humildes como agradecidas. Y que quieren que les diga, la sonrisa que te regala un niño al estrenar sus gafas recicladas sí que es realmente hermosa. Y esa no se olvida jamás.

Bécquer y Veruela

Avanzaba el poeta por el silencioso claustro, retumbando en su cabeza las historias relatadas por los aldeanos reunidos al calor del hogar en las frías noches de invierno. Inquietantes relatos acerca de aquelarres y brujas como la temida Tía Casca, del imponente castillo de Trasmoz, levantado en una sola noche y tantas otras narraciones estremecedoras acontecidas en aquellas tierras dominadas por el imponente Moncayo. De súbito, sintió una presencia a su espalda. Algo extraño teniendo en cuenta lo intempestiva de la hora pues muy atrás quedaron ya las campanadas de la media noche. Avanzó raudo por la penumbrosa galería hasta alcanzar la puerta de la iglesia y a volver el rostro, creyó adivinar una sombra oculta tras una laude sepulcral. ¿Quién anda ahí? – acertó a decir con un hilo de voz mientras sentía desbocarse su corazón en el pecho. Pero ningún sonido más pudo salir de su boca desencajada cuando contempló con total nitidez como aquella extraña figura, tras clavarle su pétrea mirada, regresaba a su capitel bellamente labrado con una perturbadora sonrisa dibujada en el rostro.

1773 o el último viaje

-¿Nombre?

– Jorge Juan y Santacilia. Natural de Novelda.

– Suba a bordo. Le estábamos esperando.

En cuanto puso un pie en cubierta, se acercó hasta él efusivo un miembro de la tripulación.

-¡Dichosos mis ojos! Ha de saber que somos grandes admiradores de sus trabajos allá en el Virreinato del Perú. Sería un verdadero honor si tuviera a bien acompañarnos – exclamó señalando a un grupo de hombres entre los que destacaba un genovés absorto en mil cálculos ante mapas y cartas de navegación.

– ¡No le atosigue, pardiez! Que antes nos tiene que relatar con todo lujo de detalles como se la jugó a los ingleses en su propio terreno – Bramó un almirante tuerto, marco y cojo con rendida admiración.

– Y no olvide narrarnos su encuentro con el Sultán de Marruecos. No sé si sabe que yo sufrí cautiverio en Argel – espetó otro de los presentes, éste tullido de la mano izquierda a causa de un disparo de arcabuz.

– ¡A fe mía que sois cargante! Dedíquese a las letras que es lo suyo y déjenos a los hombres de mar – respondieron al unisono una pareja de expedicionarios marinos, uno vasco y otro portugués, mientras le tomaban amistosamente del brazo al ilustre científico, ingeniero naval, espía y diplomático alicantino.

Y mientras tenía lugar esta calurosa bienvenida, el navío se alejaba de la costa española para desaparecer finalmente entre la espesa bruma.

Holywins

Sonó el timbre y al abrir la puerta, el matrimonio encontró un grupito de niños plantados en el umbral.

– Vaya ¿Que tenemos aquí? – exclamó la mujer con una amplia sonrisa.

Los pequeños permanecían en silencio.

– ¿No se os habrá comido la lengua el gato negro? – añadió ocurrente.

– Ahora vosotros debéis preguntarnos ¿Truco o trato? Y os daremos un puñado de caramelos – intervino el marido mostrando la cesta repleta en forma de calabaza

Pero los críos seguían sin hablar.

La situación se antojaba cada vez más incómoda así que ella tomó de nuevo la palabra.

Son unos disfraces muy aterradores. Mira cariño, la niñita lleva los ojos en la mano.

Entonces ésta, con un hilo de voz, afirmó contrariada:

¡Soy Santa Lucia!

Y de pronto, entre el San Sebastián asaeteado y el San Pedro de Verón con la espada incrustada en la cabeza, un párvulo con hábito dominico vació un bidón de gasolina sobre la pareja horrorizada al ver como la titilante llama de la cerilla iluminaba sus aviesas sonrisas.