Pupa

Imagen tomada de la página hidden-nature.com

El hijo de la portera es un bicho – escucha decirle mamá a papá durante la comida. Y no puede evitar imaginarlo con repulsivas antenas y enormes ojos. Es tal el pavor que siente ante la posibilidad de cruzarse con él en las escaleras que finge estar enfermo para no tener que salir de casa. Así, pasa los días metido en la cama, arrebujado entre las sábanas, sin probar bocado. La madre, preocupada, se asoma a la puerta preguntándose cuando saldrá de la habitación.

Pronto – le tranquiliza el padre – Ya se le adivinan las alas.

Supervivencia

Imagen tomada de madrimasd.org

¿Y si antes de marcharnos probamos algo distinto? Pareció decir esbozando una mueca similar a una torpe sonrisa. Sus ojos desprendían un brillo inusual. Y de pronto, saltó del árbol. Su compañero, asido a la rama, pudo ver desconcertado cómo, una vez en el suelo, ésta se erguía decidida y valiéndose únicamente de las extremidades traseras caminaba por la sabana. Luego, con las manos ya liberadas, tomó una piedra y la lanzó con fuerza al follaje. Un quejido que le era familiar, un ruido seco y a sus pies la comida que ya no tendría que compartir.

¡Vivan las novias!

Imagen tomada de la página www.impulsivos.es

Lo tenían todo preparado: el restaurante, los vestidos, las invitaciones, el fotógrafo… solo faltaban los simpáticos muñequitos que colocar en lo alto de la tarta. Y es que por más que buscaran no daban  con una pareja de novias. Todas eran las consabidas de él y ella tomados del brazo.

– Si quieren puedo separar dos figuras femeninas – propuso el vendedor. Pero la idea de romper aquellas parejas les provocaba un enorme rechazo. ¡Se veían tan felices! Hasta que repararon en la triste mirada de una de aquellas novias silentes.

– ¿Tiene otra como ésta? – inquirieron las dos mujeres – Si es así, hágalo.

Y tal vez fuera por la felicidad del momento que lo impregnaba todo o por alguna copa de más pero el día de la boda, las recién casadas creyeron percibir en los ojos de aquellas novias de plástico que coronaban la torre de nata y chocolate, un brillo cómplice.

Inocencia

Fotografía de Adrián Ortega

No acertaba a entender el niño cuando escuchaba que la luz estaba por las nubes, el enfado de los adultos. ¿Dónde iba a estar si no? – se preguntaba contemplando, en lo alto, el sol. Pero lo que le empujaba a elevar la mirada era oír aquello de que, además de la luz, también lo estaba la gasolina, pues esperaba ilusionado encontrar coches voladores como en las películas que tanto le gustaban. Todavía no había visto ninguno, pero no perdía la esperanza. Tenía todo el verano por delante para escrutar el cielo desde la ventana de su habitación ya que este año, le informó papá, por primera vez no podrían irse de vacaciones.

Proverbio

No puede evitar acordarse del padre, gran aficionado a los refranes, cuando dada la actual crisis vocacional, el hermano cartujo tiene que estar en misa y repicando.

Pequeñas grandes victorias

La vigilante instaba a los periodistas agolpados en la sala 76 del Museo del Prado a no rebasar la línea establecida. En vano. Y es que la expectación era máxima. Las principales personalidades del país habían sido citadas para inaugurar la exposición sobre el conocido pintor holandés del Diecisiete, Rembrandt. 

El estruendo de flashes, las insistentes llamadas a los protagonistas, por no mencionar la coreografía de pisotones y empellones, marcaron el inicio de la ceremonia. Se sucedieron las declaraciones grandilocuentes de unos y otros y para cuando llegó el turno de la comisaria de la muestra, ya apenas nadie mostraba interés. Una vez conseguidas las instantáneas y un par de titulares poco más quedaba por hacer. Aun así, la mujer, con evidente satisfacción, dio a conocer el nuevo hallazgo. Y es que, tras un estudio pormenorizado de la obra conocida hasta ese momento como Artemisa, la reina de Caria empujada a ingerir las cenizas de su difunto marido, habían descubierto que se trataba en realidad de Judit, la heroína bíblica que decapitó al temible Holofernes, poniendo fin al asedio enemigo. Alguien en el pasado había decidido rebautizar el cuadro considerando esta figura poco ejemplar para las mujeres. Pero aquel agravio acababa de ser subsanado.

La comisaria despidió el acto entre protocolarios aplausos, algún murmullo y la mirada cómplice de la mujer de seguridad y la de la elegante dama que desde el lienzo parecía celebrar una nueva victoria.

Competición

Fotografía de Javier de Julián

Cuando de niño les insistí a mis padres con aprender artes marciales, enloquecido con las películas de Kárate Kid, éstos me apuntaron a judo que era junto con la jota, las dos únicas actividades extraescolares en el barrio. Ahora, algo más talludo, al pedirles para mí recién estrenado piso un hermoso bonsái como el que cuidaba con enorme celo el maestro Miyagi, me han regalado un geranio. Pero así como no desistí en mis clases de judo (hasta que me echaron por lanzar patadas voladoras) no he cejado en el cuidado de mi maceta. Y puedo asegurar con orgullo que soy la envidia del vecindario. Una escalera difícil con gran competencia, especialmente doña Emilia y doña Asunción. Pero mi técnica de tender la ropa sin aclararla o la de jugar a la pelota en la terraza no conoce rival.

Necesidad

Los días de viento, éste se filtra inclemente por las enormes grietas que atraviesan el atrio, arremolinándole las canas. Las mañanas de lluvia, insolentes gotas de agua se precipitan desde el techo buscando acertar en la lata de las limosnas. Así que el mendigo resuelve donar todas sus monedas para impulsar de una vez la ansiada reforma de la antigua parroquia.

Consumismo navideño

Fotografía de Marián Carrera

No le faltaba ni un solo detalle al Belén, las lavanderas en su río de papel de plata, el castillo de Herodes… hasta tenía el gracioso caganer en un rincón.Pero entonces oyó que existía un cuarto Rey Mago, de nombre Artabán y claro, había que hacerse con él. Luego escuchó que en realidad eran doce Sus Majestades y tuvo que comprar ocho figuritas más. Cuando supo que pudieron ser hasta sesenta los sabios llegados de Oriente se pasó al árbol de Navidad.

Con el agua al cuello

La puerta no pudo contener por más tiempo y cedió al fin al ímpetu del agua. La sala se convirtió así en una suerte de pequeño océano donde estanterías y libros de todo tipo flotaban aquí y allá.

– No deja de ser paradójico – pensó el bibliotecario – que el Centro de Documentación del Agua y el Medio Ambiente se vea inundado por la crecida del Ebro.

Y mientras ésto meditaba subido a la mesa, reparó en una botella que se balanceaba a escasos metros. La alcanzó sirviéndose del flexo como remo, con la idea de enviar un mensaje de auxilio. Pero por mucho que buscara, no encontró un trozo de papel que no estuviera mojado. Hasta que reparó en el valioso pergamino medieval que se exponía bajo vitrina en el antiguo refectorio. Ése que rompió en pedazos un furioso Pedro IV pues contenía los Privilegios de la Unión.

– Vista la situación – reflexionó- estamos para pocos privilegios.

Microrrelatos