Opinión

Bodas de Oro en la Montaña Palentina

Montaña Palentina (4)
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Morir no siempre y necesariamente es cuestión de mala suerte, pero vivir sí es siempre cuestión de suerte y, si cualquier sitio es bueno para celebrar las Bodas de Oro de los padres, la Montaña Palentina está muy lejos de ser una excepción. Con esas premisas, para allá nos marchamos los seis, y no para cualquier lugar de esa Montaña Palentina, sino para su puro corazón, para su centro, su meollo, su cogollo… ¡a Triollo!

Sí, Triollo es ese pueblo situado justo debajo del Curavacas, con tan buena fortuna de que hemos tenido unos días tan sumamente despejados y anticiclónicos que lo que se veía por nuestro inmenso ventanal parecía el salvapantallas de un ordenador: verde, vacas, algún caballo, árboles y esa gran mole del Curavacas con sus motas blancas, nada que ver con lo que había hace dos semanas, cuando todo estaba nevado desde el mismo pueblo hasta los 2.525 metros de la cima.

Despegue y aterrizaje

Salimos para allá el viernes 22 nada más comer, después de haber despedido en Valdeavellano de Tera a nuestro tío y hermano Manolo junto a otros cuantos centenares de personas de todo El Valle. Así de querido era.

Hay algo menos de tres horas y media entre Valdeavellano y Triollo. El coche 1 salió un poco antes para terminar de preparar la casa rural, y el coche 2 se detuvo en Cervera de Pisuerga (ahora ya se puede decir) para hacer un poco de tiempo mientras se completaban esos preparativos.

Las anteriores veces en Triollo fueron en el albergue, también muy recomendable, pero esta vez hemos estado en la casa rural La Corva, un espectáculo. Poco después de las seis ya estábamos todos en ella, aposentándonos y sorprendiéndonos. Una vez hecho todo ello, vuelta a los coches para la primera experiencia gastronómica del viaje, en el Mesón El Molino de Vidrieros, el pueblo que realmente está en la misma falda del Curavacas. Allí posan decenas de vacas retratadas por los ganaderos de los altísimos collados de esta zona limítrofe entre Palencia y Cantabria. Casa y a dormir.

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Feria de Ramos y Parador

El primer día completo fue el sábado 23. El viernes nos dijeron en la oficina de turismo de Cervera que ese fin de semana se celebraba la llamada Feria de Ramos, coincidiendo con el Domingo de Ramos y, como tantas ferias en España, un recuerdo gastronómico y artesano de lo que en su día fue sobre todo un evento ganadero.

Por tanto, y aunque en realidad ya estaba previsto, el sábado marchamos para Cervera por esas curvas coronadas en el puerto de La Varga. Antes, bien de mañana, estuvimos de nuevo en Vidrieros para hacer una ruta de una hora por esa falda del Curavacas y para desayunar café, tortilla y el internacional Torrezno de Soria de nuevo en El Molino.

En Cervera, por supuesto, nos dejamos parte de nuestros ahorros en esa feria, muy animada, con bastantes puestos y con mucha gente, igual que casi todos los establecimientos hosteleros. Había tiempo hasta la comida, así que los jóvenes se marcharon a conocer la Casa del Parque, situada en el mismo pueblo y con un gran protagonista: el Oso Pardo que habita estas montañas.

El ágape de este sábado fue en el Parador de Cervera de Pisuerga, que disfruta de unas preciosas vistas en días como este: justo al lado el embalse de Ruesga y, un poco al fondo pero no tanto, el Curavacas y el Espigüete. Gran trato y gran comida en el Parador, desde el cual unos regresaron a Triollo para ir descansando y otros volvimos a Cervera para visitar su curiosísimo eremitorio rupestre de San Vicente.

Ya en la casa, y después de tomar algo como todos los días en el Mesón La Montaña, los homenajeados fueron sometidos a un concurso de preguntas y respuestas para poner a prueba los conocimientos sobre su pasado, es decir, su memoria. Algunas preguntas llegaban con trampa. Cenita en casa, tele, lectura, algún otro entretenimiento y a la cama por segunda vez.

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La Ruta del Ratoncito Pérez y la fuente misteriosa

El tercer día, el domingo 24, tuvimos tanta suerte como el anterior. Quizás hiciera algún grado menos, pero había las mismas e inexistentes nubes y el mismo e inexistente viento. Esta vez, antes de desayunar, no cogimos el coche, sino que caminamos desde el mismo Triollo por la zona de las charcas, hacia una de las granjas de vacas.

El desayuno fue en casa, y otra vez salimos en dos tandas, esta vez hacia el otro lado de la llamada Ruta de los Pantanos, la que atraviesa la zona de los Cardaños, donde se encuentran las mayores altitudes de la Montaña Palentina, para ir siguiendo el río Carrión hasta Velilla… del Río Carrión. Los del coche 1 nos alejamos tres minutos más para echar gasolina en Guardo. A la vuelta, entramos a ver la curiosísima Fuente Tamárica de La Reana, conocida desde tiempos romanos. Es un gran manantial que se llena y se vacía a su antojo sin que ningún estudio haya conseguido dilucidar el porqué.

Reagrupados de nuevo los seis en Velilla, nueva bifurcación: unos al Domingo de Ramos (bonita iglesia la de Velilla) y otros a la Ruta del Ratoncito Pérez. Esta ruta ha sido un invento creado desde la nada para conocer en una caminata de poco menos de cuatro kilómetros lo más destacado del pueblo de Velilla del Río Carrión: su pasado minero, la central hidroeléctrica, el centro, La Reana, el campo de fútbol, los puentes y pasarelas sobre el río… todo ello según una ruta de diez puntos que hay que completar para que los niños reciban al final un regalo.

La hicimos completa, lo que tuvo su mérito, y la acabamos justo para la hora de comer en Los Faroles, de raciones, muy bien y a un gran precio. Deshicimos la Ruta de los Pantanos para mantener la costumbre de tomar el café en Triollo. Por la tarde, hubo una escapada a Cervera para ver de nuevo su Feria de Ramos mientras el resto se quedaba por la casa o por sus alrededores buscando tréboles de cuatro hojas. Cena en la terraza acristalada y tercera y última noche a nuestros aposentos, después de algunas lecturas y juegos de mesa.

Un inmenso columpio y galletas

Este lunes ha sido el del regreso, con tres paradas. Hemos recogido toda la casa, hemos devuelto las llaves, y a los coches. La primera parada ha sido en Salinas de Pisuerga, poco después de Cervera, donde esta misma Semana Santa han estrenado un inmenso columpio de nueve metros, que no es el más alto de España porque he descubierto uno de más de diez en Castrocontrigo (León). Se siguen viendo el Espigüete y el Curavacas.

En el mismo Salinas hemos tomado un café y, gracias a que estaba cerrado el supermercado, nos han recomendado que parásemos en la tienda que tiene Gullón en Aguilar de Campoo, justo al lado de la gasolinera, no en la fábrica. Allí hemos gozado con la gran cantidad de galletas que había antes de volver a los coches para el trayecto más largo del regreso. Otro día disfrutaremos del románico de Aguilar.

La tercera y última parada ha sido un clásico, el restaurante El Maño de Navaleno, ya en nuestra provincia de Soria aunque alguno de los componentes del grupo insistiera en que aún no estábamos en tierras sorianas sino en palentinas. Pero sí, ya es Soria, nuestra tierra, la que más nos gusta seguramente solo por eso, lo que no nos impide admirarnos del resto de maravillas del mundo, especialmente si el motivo es el que ha sido, celebrar las Bodas de Oro de nuestros padres y abuelos, algo de lo que nos sentimos igual de afortunados que de felices.

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