Libertad de… 2ª parte: EXPRESIÓN

Nos habíamos quedado en lo que sucede cuando exteriorizamos esos pensamientos íntimos que son nuestra opinión. Y en un mundo ideal las personas expresaríamos lo que opinamos de forma directa e indefectible, y nadie debería callarse lo que piensa ni manifestar lo que no; creo que a estas alturas ya nos hemos dado cuenta casi todos de que no vivimos en tal utopía. Aquí es cuando viene el peliagudo meollo de la cuestión: ¿cuándo es expresión y cuando pasa a ser actuación? ¿Dónde termina una y empieza la otra? Podríamos conjeturar largo y tendido al respecto, pero la respuesta, a un servidor, le parece muy simple: cuando la expresión le toca los caireles a quien la escucha. En ese caso ya no será simplemente una expresión, sino incluso un hecho lesivo que hiere las sensibilidades, etc. Lo hemos visto millones de veces.

 

FreeSpeechForTheDumb

 

Ejemplo práctico y no excesivamente arcaico: hará cosa de año, un futbolista manifestó ante cámaras y micrófonos que en Brasil, país terriblemente azotado por la miseria y la injusticia, deberían dar palmas de alegría por el mundial. Ese señor tenía todo el derecho a opinar eso e incluso cosas peores; el analfabetismo cultural, la ignorancia y el egoísmo extremo son condicionantes personales de la opinión privada como tantos otros. Dilema: ¿es lícito que ese señor realice una declaración tan polémica? ¿Es meramente una expresión? ¿O acaso ha herido las sensibilidades de tal modo que debería considerarse una acción, incluso punitiva? Ahora imaginemos a un brasileño que ha tenido que huir de su país por la situación extrema y se encuentra, ya en el nuestro, con un ricachón de vida regalada que suelta perlas así, a la ligera; que el ofendido desee en sus adentros la muerte del futbolista entre terribles estertores es bastante comprensible, pero si se le ocurre colgar dicha reflexión en el muro del facebook, ¿qué sucedería? Muy sencillo: que se la cargaría con suma facilidad. Y ni siquiera hace falta que sea alguien de una minoría étnica, puedo ser yo mismo, o mi primo el de Teruel.

 

¿Por qué? Al afamado deportista nadie le va a poner una querella, y si lo hace no va a llegar a ninguna parte; en cambio, al brasileño, al turolense o a mí se nos puede caer el pelo a base de bien. ¿Por qué, si no hemos hecho sino exactamente lo mismo, esto es, expresar lo que pensamos? Porque el uno es un “héroe nacional” (te sientas o no representado por él y los demás millonarios que corren tras una pelota) y el inmigrante, mi primo y yo somos despojos, donnadies que ni siquiera existimos. El sistema funciona así, y siempre estará de parte del poderoso. ¿Quiere usted saber dónde está la línea que lo delimita? En mi adorada VERSIÓN OFICIAL, escrita por los que detentan el mango de la sartén, y que son quienes deciden, por ejemplo, que una procesión que colapsa una ciudad durante horas es un acto de libertad de expresión, pero pasar por según que sitios con una chapita de la bandera tricolor es alterar el orden público…

 

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Todo eso, claro está, a una macro-escala; vayamos al límite más mundano, a pie de calle. El común de los mortales tendemos a concebir “libertad de expresión” como “libertad para que YO exprese lo que YO opino”, que se puede extrapolar y aplicar a “los que opinan lo mismo que YO”. Porque, evidentemente, no hago daño a nadie por decir lo que pienso, ya que raro es que a alguien le parezcan mal sus propias ideas. Ahora bien, si el de enfrente opina lo contrario y me lo hace saber, no está ejerciendo su libertad de expresión, sino que pasa a la categoría de acto de provocación e incluso de agresión a la sensibilidad, pues me molesta y me hiere. Pruebe usted a cantar el Cara al sol en una herriko taberna o a pasearse por un pueblo de esta provincia agitando una estelada. Y es que en esta sociedad hay ciertos verbos que conjugamos muy poco y muy mal, como son “hacer caso omiso”, “pasar olímpicamente” y “no creernos el ombligo del mundo”.

 

La tan cacareada libertad de expresión, al menos en este país, no existe. Estará siempre condicionada por lo que el receptor de ese mensaje (bien sea otro Juan Lanas, bien el Ministerio de Cuida-Que-Cobras) considere que le está hinchando las narices.

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