LA PERSONA TRAS EL PERSONAJE (II): Ian Curtis

Cantante y letrista del grupo británico de culto Joy Division, trovador de la decadencia urbana y estandarte malogrado de una generación. Sus letras te enfrentaban cara a cara con el lado más atormentado del alma, retratando sentimientos tremebundos como la angustia y la alienación de un modo tan intenso que sus seguidores lo colocaban, aún en vida, a la altura de un mesías. Cuando su salud mental, física y emocional no dieron más de sí, se quitó de en medio a los 23 años dejando un ídolo para la eternidad.

 

Me confieso seguidor de la banda y de la obra de Curtis. Esa sincera y descarnada lírica nos ha llevado a muchos a sentir en algún momento de la vida que el cantante nos comprendía mejor que nosotros mismos, y sensible era un rato, sin duda, pero el retrato “ursulino” que de él se ha hecho en muchas ocasiones, cual ser absolutamente puro e indefenso ante un mundo caníbal y maltratador, es una de las leyendas más partidistas y tergiversadas que con las que me he topado. De ello da fe Touching from a distance, la biografía que su viuda Deborah publicó en 1995, y que también acoge testimonios de otras personas cercanas e incluso del propio Ian.

 

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Para empezar, ni era tan solitario ni tan tímido. Si escribía sus densos versos a solas, encerrado en su habitación… pues como tantos y tantos, oigan; algunos lo hacen en un café, que queda muy vistoso y bohemio, pero la mayoría preferimos un poco de intimidad para crear. A Curtis, en realidad, le gustaba ser líder y centro de atención en sus círculos sociales, y sus amigos más allegados le han descrito en más de una crónica como interesado y manipulador. Los demás integrantes de Joy Division tampoco le recuerdan ni depresivo ni excesivamente introspectivo: al menos cuando estaba con ellos le gustaba emborracharse, gozar del escenario y reírse igual que a los demás, y además era futbolero y forofo del Manchester United (me estoy imaginando la cara de úlcera de algunos al leer esto). De hecho, sus compañeros de grupo han admitido que nunca prestaron demasiada atención a sus letras porque no creían que el chico que ellos conocían pudiese ir en serio con aquello.

 

Prácticamente cualquier músico que sobre las tablas haga algo más que pestañear ya cae bajo la sospecha de ir drogado hasta los topes; Ian no se libró, máxime con su frenéticos bailes escénicos, pero en la mayor parte de las ocasiones no llevaba en sangre más que la medicación que le prescribían los médicos para su epilepsia. Efectivamente, pasó por dos sobredosis: una con dichas pastillas y la primera, siendo aún colegial, ingiriendo medicamentos a lo tonto con un amigo.

 

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Impulsivo y caprichoso, decisiones suyas tan trascendentes como casarse a una tempranísima edad o ir a buscar descendencia respondieron al alegrón del momento cuando Deborah accedía a sus pretensiones económicas (invertir en el grupo mayormente). No obstante, la señora Curtis asegura que no la permitía usar maquillaje y que ardía de celos cuando la veía hablar con otros hombres. Cuando ella estaba embarazada, en pleno ascenso del grupo y de la figura de Ian como cantante, él la apartó casi literalmente de su lado, en palabras de varias personas del entorno, y la hizo ponerse a trabajar de camarera en una especie de discoteca, al poco de dar a luz, para que entrase un sueldo en casa mientras él intentaba dedicarse exclusivamente a la música, renunciando a su trabajo de funcionario. Vamos, que para ser tan sensible y comprender tan bien el dolor humano, con su esposa venía a ser lo que en mi pueblo se llama vulgarmente “bastante moro”.

 

Siempre se le ha retratado como un alma sufridora atrapada entre dos amores; es una forma de verlo. Otra diferente es que un Ian de poco más de 20 años, ya casado y padre de una hija pero al mismo tiempo estrella pop en ciernes (lo cual nos da una idea del cacao mental que debía de tener el chaval), se lió con una joven guapa y libre y le terminó estallando todo en la cara. Que sí, que se sentiría solo en las giras y buscaría otro espíritu “artístico” que le comprendiera (si fue más platónico o más sucio eso sólo lo sabrían ellos dos), pero nuevamente, por mucho que lo quieran justificar, a mí no me parece que se portase de un modo muy ecuánime ni muy comprensivo con su mujer… No sé si me explico…

 

Por otra parte, también se le etiqueta con facilidad como “poeta maldito”, y tal apelativo, en realidad, se aplica a aquellos cuyo arte no ha sido comprendido en su época y las han pasado canutas por el ostracismo y la penuria económica que suele conllevar. El que nos ocupa no estaba para despilfarrar, pero ya hemos visto que tampoco le faltaba de nada (y en tabaco gastaba bastante) porque tenía quien le mantuviese. Sus canciones eran reverenciadas por cada vez más seguidores y ya era una figura reconocida, camino del estatus de líder generacional. En el momento de su muerte Joy Division se encontraba a punto de saltar el charco para girar por Estados Unidos y tenían una suculenta oferta de discográfica multinacional encima de la mesa. Profesional y artísticamente no le iba mal, desde luego…

 

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Que un chico tan joven se suicide siempre es trágico y no parece que nuestro protagonista lo hiciera, como algún otro tontaina del mundillo musical, buscando el acto definitivo de propaganda. La epilepsia le amargaba la vida y las medicinas le dejaban bastante zombi; luego estaba su situación familiar y sentimental, indeciso él entre el divorcio o la vuelta al redil. Quizá la presión por las inminentes responsabilidades de la banda fuese la guinda del pastel. Sea como fuere, podemos verle como un pobre incomprendido por la vida al que le caían palos por todas partes, o como a un jovencito metido en unos zapatos que más adelante, con años y madurez a la espalda, hubiese llenado de otra manera.

 

Nos perdimos un fantástico compositor y letrista y una voz estupenda, en eso yo estoy de acuerdo. Ahora bien, comprendo el cabreo de Deborah Curtis cuando aparece alguna enciclopedia de la música, de las que llevan pantalones y van al supermercado, y pretende explicarle A ELLA con quién estaba casada. Hace falta ser cretino.

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