Libertad de… 4ª parte: ELECCIÓN

No acostumbro a escribir sobre el “tema del día”, o “el tema de moda”, pero a tenor de lo que nos viene el domingo (y que mañana es jornada de reflexión y no se debe), pienso que tampoco viene mal aportar otra perspectiva acerca del hecho en sí mismo.

 

¿Existe la libertad de elección? Por supuesto que existe. Ya sea para elegir una marca de guisantes en el supermercado o a los representantes políticos en X comicio electoral, a día de hoy, afortunadamente, la tenemos. Eso sí, limitada SIEMPRE por una ley universal: la de la oferta y la demanda. Y para no variar, las cosas funcionan de un modo bastante distinto según a qué nivel o escala nos estemos moviendo.

 

Si usted vive en una localidad pequeña, la tiendecita ofertará una o dos marcas de leche; si no le convencen gran cosa, tendrá la opción de conformarse con una de ellas, y dejar el dinero en el negocio de su vecino, y la de no comprar allí (adquiriendo la marca de su elección en otra parte); cabe, incluso, la posibilidad de que usted abra su propio comercio. A la hora de designar alcalde, sucede más o menos lo mismo: se presentarán entre uno y unos pocos vecinos, y usted puede abstenerse o votar en blanco si ninguno de ellos es de su agrado (o postularse usted mismo para el cargo). En cualquier caso, los alcaldables a menudo estarán bajo las siglas de un partido grande, ya sea por convicción o porque éste pone la infraestructura a su disposición, pero tampoco es extraño que ni siquiera estén afiliados ni simpaticen especialmente, y el modo en el que tienen que responder ante la organización es más bien anecdótico. Aunque sea una afirmación trillada hasta la saciedad, en municipios de escaso tamaño se vota pensando más en quién es el sujeto concreto que en la ideología teórica. Dicho esto, saltémonos el nivel intermedio autonómico (que da para otro artículo por sí solo) y vamos al mapa nacional, donde la cosa cambia bastante.

 

cabina

 

Gran parte del electorado se lleva quejando muchos años de que sólo hay dos botones para votar, el rojo y el azul, y de que eso no es libertad. Nuevamente desde el aspecto teórico de la cuestión, debo discrepar enérgicamente: partidos a concurso siempre se han presentado un buen puñado, e incluso, dependiendo de lo informados que estuviésemos al respecto o de la propaganda que hubieran hecho, hemos conocido de la existencia de varios de ellos al ver las papeletas el día señalado. Otra cosa es a dónde vaya a parar o para qué sirva ese voto que se otorga a una formación no-mayoritaria. El bipartidismo, queridos lectores, no es culpa de la falta de opciones. Para empezar, puntuales pucherazos e irregularidades aparte, si dos partidos se lo llevan gordo es porque la gente les vota, y punto. Y luego está nuestra legislación electoral, que deja muchísimo que desear; evidentemente, si en el trono está siempre uno de los favorecidos por ella, no se van a tiran piedras a su propio tejado reformándola.

 

Y a colación de este último párrafo, debo profundizar en otros detalles, menos visibles a simple vista pero que se hace necesario tratar. ¿Por qué elegimos lo que elegimos? Se supone que porque la opción seleccionada representa mejor que otras nuestras ideas e intereses, pero hace ya bastante rato que la guerra electoral alumbró nuevos motivos. “Voto de castigo” consiste en no volver a votar a quien te ha defraudado, y “voto útil”, a quien tiene más posibilidades que tu primera opción. Aunque sensiblemente distintos, ambos consisten, básicamente, en una misma práctica: votar NO a quien más te agrada, sino al principal oponente de quien más te desagrada. Estas dos prácticas están sumamente extendidas y eso ha hecho cambiar muchísimo el discurso de los partidos en liza. Tradicionalmente, te contaban lo maravillosos que eran ellos y todas las cosas buenas que iban a hacer por ti si les votabas y salían vencedores; ahora casi todos consagran su campaña al noble arte de pintar al contrario con cuernos y rabo, y a profetizar el apocalipsis que devendrá en caso de que dicha abominación política sea legitimada por las urnas. Se puede hacer oídos sordos de dicho intercambio de proyectiles, pero hay gente a la que sí le cala, y ya sea un bando o el otro, les consigue meter el miedo en el cuerpo. Por no hablar ya del “adoctrinamiento del vecino”, porque en este país tenemos mucha costumbre de decirle a nuestros seres cercanos lo que tienen que votar y lo imbéciles que son por no opinar lo mismo que nosotros, condicionando incluso nuestra amistad, respeto o cariño a que nos hagan caso; hasta se dan lamentables casos de criaturas repugnantes que obligan a otros a ir al colegio electoral con la papeleta que ellos les dan.

 

Toda decisión tomada bajo la nube del temor no puede ser una elección libre, por pura lógica. Valga como ejemplo la aseveración de los padres o los profesores en la infancia, o de tu pareja o tu jefe ya de mayores, tipo “haz lo que te dé la gana, pero…”. Del mismo modo, durante muchas décadas, millones de varones españoles han tenido que jurar lealtad a la bandera y al jefe de estado, fuese cual fuese su opinión real al respecto: pobres de ellos si se negaban. Por tanto, el concepto “libertad bajo coacción” tiene la misma coherencia que “agua seca” o “balada rápida”.

 

tu-voto-es-libre-y-secreto1

 

Expuesto ya todo este espectro, vayan ustedes a votar (quienes quieran ir, claro está) por filia, por tirria, por miedo o por X motivo, PERO sepan ustedes a lo que están votando. Dejémonos ya de izquierdas, derechas, centro o el sursum corda: la mayoría de las formaciones grandes son NEOLIBERALISTAS. Señoras y señores, un partido político mayoritario, salvo escasas y honrosas excepciones, no es otra cosa que una empresa licitando por la contrata del poder, y las empresas están para ganar dinero, y suelen tener inversores detrás. Quienes tienen la última palabra sobre usted y su vida son las eléctricas, las constructoras, las petroleras, los bancos y elementos por el estilo. Y no solo autóctonos del país: grandes corporaciones internacionales de la talla de Goldman Sachs, JP Morgan, Royal Bank of Scotland y un largo etcétera están metiendo la cuchara también y manejando los hilos desde las sombras. Ellos son los auténticos propietarios y jefes de casi todos los partidos políticos gordos, los que aflojan el parné y, por tanto, los que deciden qué, quién, cuándo y cómo. Casi todos los políticos que usted pueda elegir no responden ante su electorado, sino ante sus propietarios. Y esto no es “paranoia” ni “teoría de la conspiración”: esto es “llamar a las cosas por su nombre”. Les recomiendo nuevamente leer “La Caverna de Platón”, de la que a su vez surgió el nombre de este blog, que nos enseña que una cosa es lo que nos ponen delante de los ojos y otra bien distinta lo que se cuece a nuestras espaldas.

 

Elijan lo que elijan, feliz 20 D. No va a llover a gusto de todos, pero ojalá nos traiga una época de paz y prosperidad. Por lo menos, a quienes más la necesitan.

Libertad de… 3ª parte: ACTUACIÓN

Llegamos a la eclosión del peliagudo tema de las libertades, a la verdadera aplicación práctica. Se suele decir que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás, y no seré yo quien discuta tal postulado, al menos desde el punto de vista teórico. Ejemplo: al amparo de la ley, fumar está permitido en la calle, o en un parque, pero tampoco es necesario que el humo le llegue a la cara a otra persona no fumadora que está dos metros más allá leyendo el periódico; se puede fumar en la otra dirección del viento, o moverse medio metro. Cada uno hace lo que quiere, nadie se fastidia, y todos contentos y libres.

 

fumador pasivo

 

A priori, todos estamos sujetos por igual a los códigos de leyes y normativas vigentes en el momento (salvo que sea usted rico y poderoso; en tal caso, podrá hacer prácticamente lo que le venga en gana). Pero, como ya hemos visto, incluso la legislación más claramente expresada tiene diferentes interpretaciones y grados de laxitud y permisividad. Para muestra un botón. A casi todos los músicos “cañeros” nos han cortado ensayos y actuaciones, aún teniendo todos los permisos en regla, con los decibelios dentro de la medición legal e incluso a horas no-intempestivas, por reiteradas quejas de tal o cual vecino o adyacente al que le molestábamos durante la siesta o su teleserie predilecta; sin embargo, me topo constantemente con charangas y grupos gaiteriles espontáneos que se arrancan donde, cuando y al volumen que les da la gana, e ignoro el número de protestas y llamadas al 091, pero sean cuantas sean, a la vista de los resultados, me temo que surten entre poco y ningún efecto. ¿Diferencia? Que ellos tocan sanjuaneras y yo rock ‘n roll.

 

  • INCISO: Me dijo una vez cierta persona, entonces concejala, en un plató de televisión y en directo, que yo practicaba “un tipo de arte marginal”; como todo el mundo sabe, se han vendido millones de discos de Don Paco y Don Jesús, y los conciertos de la Banda Municipal llenan estadios olímpicos, mientras que a los tales Guns ‘n Roses, Extremoduro o Foo Fighters no los conoce ni el tato… Sólo estamos globalizados para lo que nos da la gana, pero ese es otro tema…

 

El caso es que, aun con la ley en la mano, la vara de medir es mucho más amable con todo aquello que está oficializado o que les cae más simpático a los de la poltrona. Sirva nuevamente como paradigma la tolerancia del actual gobierno (y de los anteriores) con ciertos actos de la iglesia católica, de los equipos de fútbol o de los simpatizantes del antiguo régimen, a quienes no se les atribuye falta alguna por organizar unos pitotes de proporciones faraónicas; luego se clausura una mezquita de pueblo porque los rezos molestan a los vecinos, al grupo de teatro no le dejan improvisar en la calle y la asociación de turno que ha convocado la concentración silenciosa puede acabar con toda la cúpula durmiendo en la comisaría como se pongan farrucos… Y así, mogollón de casos.

 

Procesiones-de-Semana-Santa-de-Cartagena

 

A la luz de los hechos palpables, aquí aparece el incómodo pero necesario interrogante de ¿quién tiene más derecho que quién?. Porque a algunos les molesta que los jóvenes beban y griten los sábados noche en las proximidades de su domicilio, y razón no les falta: tienen todo el derecho a dormir y descansar. Pero a otros les pueden despertar y molestar los claxon que celebran, también a altas horas, que ha ganado tal equipo, la diana floreada de las fiestas de San Juan o el Rosario de la Aurora del Carmen con megáfono a las 7 de la mañana. Y a estos últimos no va a socorrerles autoridad alguna, porque se trata de actos oficiales, o cuando menos tolerados por temas de simpatía. Nuevamente, la VERSIÓN OFICIAL es la frontera.

 

Y la madre, o la abuela, de la versión oficial no es otra que la tradición, que unas veces se adecúa bien a los tiempos que corren y otras… bastante peor. Si yo fuese un músico tradicional, de los que entran en ese mundo por la vida ortodoxa con todos sus sacramentos, y practicase la música en sus vertientes más clásicas, no me buscaría ningún problema por soltar un par de cohetes celebrativos el día de Santa Cecilia y a todo el mundo le parecería normal; lo hacen cada año por la fecha nuestros estudiantes y profesionales locales del sector, así sean agnósticos perdidos, no vayan a misa ni a empujones o les importe un rábano quién fuese la santa ni qué hizo. Pero como he nacido y me he criado respondón, cazallero y un montón de cosas feas más, y a mi santoral particular lo tengo bien identificado y por hechos concretos… por mi bien que no se me ocurra juntarme con el resto de rockeros locales (y puede que ganásemos en número) y tirar esos petardos, por ejemplo, el día del cumpleaños de Elvis Presley o en el aniversario del jubileo de los Sex Pistols, porque seguramente vendrán unos señores de azul a preguntarnos qué narices hacemos…

 

¿Libertad de actuación? Mientras actúes conforme a las versiones oficiales, toda la que quieras; de lo contrario, ni te molestes. Y cuando la libertad no es democrática ni igualitaria… ¿es acaso eso libertad?

Libertad de… 2ª parte: EXPRESIÓN

Nos habíamos quedado en lo que sucede cuando exteriorizamos esos pensamientos íntimos que son nuestra opinión. Y en un mundo ideal las personas expresaríamos lo que opinamos de forma directa e indefectible, y nadie debería callarse lo que piensa ni manifestar lo que no; creo que a estas alturas ya nos hemos dado cuenta casi todos de que no vivimos en tal utopía. Aquí es cuando viene el peliagudo meollo de la cuestión: ¿cuándo es expresión y cuando pasa a ser actuación? ¿Dónde termina una y empieza la otra? Podríamos conjeturar largo y tendido al respecto, pero la respuesta, a un servidor, le parece muy simple: cuando la expresión le toca los caireles a quien la escucha. En ese caso ya no será simplemente una expresión, sino incluso un hecho lesivo que hiere las sensibilidades, etc. Lo hemos visto millones de veces.

 

FreeSpeechForTheDumb

 

Ejemplo práctico y no excesivamente arcaico: hará cosa de año, un futbolista manifestó ante cámaras y micrófonos que en Brasil, país terriblemente azotado por la miseria y la injusticia, deberían dar palmas de alegría por el mundial. Ese señor tenía todo el derecho a opinar eso e incluso cosas peores; el analfabetismo cultural, la ignorancia y el egoísmo extremo son condicionantes personales de la opinión privada como tantos otros. Dilema: ¿es lícito que ese señor realice una declaración tan polémica? ¿Es meramente una expresión? ¿O acaso ha herido las sensibilidades de tal modo que debería considerarse una acción, incluso punitiva? Ahora imaginemos a un brasileño que ha tenido que huir de su país por la situación extrema y se encuentra, ya en el nuestro, con un ricachón de vida regalada que suelta perlas así, a la ligera; que el ofendido desee en sus adentros la muerte del futbolista entre terribles estertores es bastante comprensible, pero si se le ocurre colgar dicha reflexión en el muro del facebook, ¿qué sucedería? Muy sencillo: que se la cargaría con suma facilidad. Y ni siquiera hace falta que sea alguien de una minoría étnica, puedo ser yo mismo, o mi primo el de Teruel.

 

¿Por qué? Al afamado deportista nadie le va a poner una querella, y si lo hace no va a llegar a ninguna parte; en cambio, al brasileño, al turolense o a mí se nos puede caer el pelo a base de bien. ¿Por qué, si no hemos hecho sino exactamente lo mismo, esto es, expresar lo que pensamos? Porque el uno es un “héroe nacional” (te sientas o no representado por él y los demás millonarios que corren tras una pelota) y el inmigrante, mi primo y yo somos despojos, donnadies que ni siquiera existimos. El sistema funciona así, y siempre estará de parte del poderoso. ¿Quiere usted saber dónde está la línea que lo delimita? En mi adorada VERSIÓN OFICIAL, escrita por los que detentan el mango de la sartén, y que son quienes deciden, por ejemplo, que una procesión que colapsa una ciudad durante horas es un acto de libertad de expresión, pero pasar por según que sitios con una chapita de la bandera tricolor es alterar el orden público…

 

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Todo eso, claro está, a una macro-escala; vayamos al límite más mundano, a pie de calle. El común de los mortales tendemos a concebir “libertad de expresión” como “libertad para que YO exprese lo que YO opino”, que se puede extrapolar y aplicar a “los que opinan lo mismo que YO”. Porque, evidentemente, no hago daño a nadie por decir lo que pienso, ya que raro es que a alguien le parezcan mal sus propias ideas. Ahora bien, si el de enfrente opina lo contrario y me lo hace saber, no está ejerciendo su libertad de expresión, sino que pasa a la categoría de acto de provocación e incluso de agresión a la sensibilidad, pues me molesta y me hiere. Pruebe usted a cantar el Cara al sol en una herriko taberna o a pasearse por un pueblo de esta provincia agitando una estelada. Y es que en esta sociedad hay ciertos verbos que conjugamos muy poco y muy mal, como son “hacer caso omiso”, “pasar olímpicamente” y “no creernos el ombligo del mundo”.

 

La tan cacareada libertad de expresión, al menos en este país, no existe. Estará siempre condicionada por lo que el receptor de ese mensaje (bien sea otro Juan Lanas, bien el Ministerio de Cuida-Que-Cobras) considere que le está hinchando las narices.