Los Ingredientes Secretos de la Cocina

Como ya tratamos en un artículo anterior, en los últimos años está haciendo furor una serie de teleprogramas cuya naturaleza, al menos en apariencia, puede costar entender. ¿Qué tiene de gracioso o de emocionante ver a seres humanos desempeñando un oficio, o al menos una actividad totalmente cotidiana? Sí, parece que ya no nos interesan las hazañas épicas ni glamourosas; atrás quedaron El Coche Fantástico, Al Filo de lo Imposible, Fama, Star Trek… Una nueva generación de programas ha tomado el relevo. Ahora nuestro interés no se despierta siendo testigos de cómo otras personas y personajes, reales o ficticios, alcanzan sueños de gloria o fantasía, sino contemplando a gente trabajar, cantar, ir a la piscina… Uno no siempre es tan malpensado y, a bote pronto, concluí que, dada la sobresaturación de prácticamente todo en las últimas décadas, la única manera de tocarnos la fibra es sencilla y llanamente apelar a nuestro lado más mundano y menestral. Ingenuo de mí… Más que posiblemente yo no vea la programación televisiva lo suficiente como para tener derecho “científico” a opinar de ella. Mi escasa experiencia, sin embargo, me ha dejado un sabor de boca mucho más amargo de lo que esperaba y una conclusiones aún más espeluznantes.

 

Lo lamento, y posiblemente alguien se ofenda, pero tengo que tomar como epítome (que no cabeza de turco, ojo) al que me parece a todas luces el actual rey de la televisión en este país, auténtico fenómeno sociológico y popular: el cocinero Alberto Chicote. En cuanto uno lleva apenas un ratito “deleitándose” con este señor, en cualquiera de los programas en los que figura, se hace obligada una pregunta: ¿qué tiene de carismático este tío? ¿Por qué gusta tanto a la gente? ¡Si es más desagradable que una patada en los morros! Las cosas como son: será un crack en los fogones, pero como persona (al menos, delante de una cámara) es hosco, antipático y, aún en calidad de enseñante y tutor, bastante soberbio. ¡Helo aquí! Señoras y señores mías y míos, lo que menos nos importa es la cocina en sí: una vez más somos un atajo de buitres carroñeros y lo que nos encandila en estos programas son LAS MISERIAS.

 

buitres

 

Uno de nuestros momentos predilectos del señor en cuestión es cuando se pone como un energúmeno contra un hostelero poco hábil (o viceversa), mostrando la mayor cantidad posible de carnaza: cocina insalubre, broncas e insultos, debacles económicas, dramas familiares, lloros, vómitos, desesperación… Viene a ser lo mismo que pegar la oreja a la pared cuando los vecinos tienen una bronca doméstica, intentando no perder detalle escabroso. Quizá no lo sepamos, y probablemente nunca lo admitiremos, pero nos encanta ver cómo el conductor del programa reprende a todo el mundo como a irresponsables críos de colegio; lo hace de fábula, eso sí, y mucho me temo que es dicho “carisma televisivo” el que le hace merecedor del Prime Time y no tanto sus triunfos culinarios. Al final, eso sí, queda un espacio para la épica cuando el flamante caballero de la chaquetilla de Ágatha Ruiz de la Prada acude a salvar el día y es vitoreado cual Cid Campeador.

 

Eso es en uno de sus formatos. El otro me parece, si cabe, aún más revelador: el señor Chicote y otro par de “eminencias infalibles” se dedican a ningunear, estresar y putear a compañeros de profesión, algunos con más años en el carnet y en los fogones que ellos mismos. Les hacen guisar en unas condiciones extremas de tiempo y de presión y rara vez tienen un comentario medianamente amable: caña, caña y más caña. Nuevamente no puedo sino llegar a la conclusión de que no nos gusta ver a buenos profesionales cocinando magistralmente; para eso ya hemos tenido a la Santonja, a Arguiñano y tantos otros, y además en este programa no muestran un carajo de cómo se elaboran los platos. Lo que nos la pone dura es contemplar a personas que habitualmente son los punteros en lo suyo siendo denigrados hasta la categoría de mindundis; supongo que ver como destronan y decapitan reyes hace que nosotros nos sintamos un poco menos cagarrutas…

 

chef estresado

 

Sumado a todo esto, los criterios en dicho concurso son como para reírse por no llorar. Por ejemplo, un plato de ejecución impecable va para atrás porque a la jueza en cuestión “no le gusta la casquería”, que era el ingrediente obligatorio; consecuente, ¿verdad? Luego, los programadores de televisión, que estudiaron en escuelas caras y no son tontos, introducen los elementos necesarios para vender más y más el formato: hay concursos de popularidad encubiertos, se promueven las tiranteces y las capillitas entre participantes, momentos lacrimógenos estratégicos… Sin ir más lejos, en la inauguración de la segunda temporada asistimos a un certamen de belleza en toda regla: los que pasaron la prueba para poder quedarse en el concurso eran todos caucásicos, jóvenes y dentro de lo razonable, bien parecidos; los eliminados, dos gemelos calvos (uno de ellos, con gafas), una sudamericana y un señor añoso y con canas; como dice la canción de Siniestro Total, “¿Casualidad? Hmmm… ¡No lo creo!”

 

Que aquí hay más teatro que en La Latina y que los concursantes en ambos formatos se prestan a ello con fines promocionales creo que no hace falta ni plantearlo y estimo lo suficiente a cualquiera que esté leyendo La Caverna del Plató como para darlo por evidente. No es ahí donde quería llegar. Me intrigaba cuál es el ingrediente secreto que nos hace encontrar sabrosos estos programas, y mi conclusión definitiva, certera o errónea, es que se trata de una mezcla de especias, a saber: bilis, cicuta y gazunga verde.

Retratarse en el vídeo… y en el cepillo

Un cubo de agua helada. Por la cabeza. Por la causa. Documentado. Y retando a otros a hacer lo propio. La verdad es que la idea se me antoja tan absurda que no puedo evitar pensar que es UNA GENIALIDAD.

 

Ya he oído a unas cuantas personas (la mayoría, ya de cierta edad) preguntar medio-indignadas qué demonios tenía que ver la colecta de fondos para investigar una enfermedad atroz con el hacer el indio de esos modos delante de una cámara. ¡Nada! ¡Pero si es precisamente eso lo que la ha hecho exitosa! De acuerdo en que todos somos libres de contribuir o no, con más o con menos, y que cruzadas como ésta hay tantas como dolencias médicas severas… pero rindámonos de una vez a la evidencia: de no haber mediado el juego del remojón y la nominación, el éxito de la campaña no habría sido ni la sombra del que está siendo. No sé de quién fue la idea, pero chapó y me quito el sombrero.

 

reto_cubeta

 

Esto no deja de ser, queridos lectores, lo mismo que cantar para aprenderse la tabla de multiplicar: cuando tratamos de hacer divertido lo que viene siendo meramente necesario y hasta obligatorio, la tarea se ve con otros ojos. De hecho, igual que con aquellas canciones de la escuela, te vas distrayendo del objetivo primordial, centrándote en lo puramente lúdico, y cuando te quieres percatar el conocimiento ya se ha posado ahí. Del mismo modo, tanto da que haya sido duchándose heladoramente o que les hubiese dado, por ejemplo, por comer tostadas untadas de mayonesa con la cara pintada de azul y tumbados sobre una tapia. El quid de la cuestión era propagar la reacción en cadena, por el motivo que fuese (diversión, moda, envidia, conciencia…), para que al final todo el mundo pasase por el cepillo…

 

Y ahí es donde me tengo que poner vinagroso (¡cómo no!). Volvamos a la escuela y rememoremos a aquellos niños bobos que se aprendían los cánticos y los declamaban con vehemencia, incluso los coreografiaban exageradamente, pero lo mismo les daba el contenido de esa letra que recitaban sin pensar: no habían asentado conocimiento alguno. También estaba el colegial “jeta parda”, que aparentaba saberse la canción, pero en realidad sólo estaba haciendo el paripé para quedar bien con la seño… Y luego el tímido, que no quería cantar, pero ya multiplicaba porque se lo había aprendido por su propio método.

 

Pues ya los tenemos aquí a los tres, bien creciditos: cuantísimo modorro está calándose y pasándoles la pelota a sus amigos sin tener ni pajolera idea de qué va el asunto; se divierten un montón, aunque ahí acaba todo. No hacen daño a nadie, pero que luego no vengan con que ellos han contribuido.

 

Quienes me parecen lamentables y carentes de sentido son aquellos que, sabiendo perfectamente que es una colecta de fondos y que sin claudicar en la hucha no se va a ninguna parte, se pegan la ducha helada pero no se rascan el bolsillo. ¿Acaso crees que con el gesto ya vale, que al desarrollo de la investigación le habrá servido de algo que tú te cales la cocorota? Ah, de acuerdo… que lo haces para que te sigan, ¿no?… Si eres tan famoso, tan influyente como para que se propague la llama por vértelo hacer a ti, ¿tanto te cuesta echar unas monedas? A ver si encima lo estás utilizando como herramienta de promoción pública… En tal caso, creo de corazón que deberías ducharte con esputos verdes.

 

limosna

 

Por último, hay gente que no se ha grabado haciendo lo del cubo frío, pero luego ha donado lo que ha podido o considerado. Eso, una vez separado el folklore de la acción propiamente dicha, cuenta igual. Está muy bien continuar y expandir la cadena, pero dentro de un tiempo, cuando el asunto haya pasado, lo que les quedará a los investigadores será el sobre con el dinero, y en eso habrán colaborado lo mismo uno que otro. Los que no habrán dejado nada son el niño tonto y el niño caradura…

 

Si hay que hacer el cafre, se hace. Si hay que operar discretamente, amén. Lo importante es aflojar la guita. Y lo demás, señoras y señores, es puramente trivial.