Buenrollismo cultural. Capítulo 4: a mí me gusta todo, incluso lo que no me gusta

Groucho Marx no era español, pero hay una frase suya que sí lo parece: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Pretendemos estar en misa y a la vez repicando, y quedar bien con todo el mundo, a todas horas y en cualquier situación: no nos gusta que nos puedan echar nada en cara, tenemos que ser lo más en todo. Cuánto más sencilla e indolora sería nuestra existencia si no nos empeñásemos en adaptarnos a la fuerza, y con penosos resultados, a una serie de conceptos que son incompatibles entre sí y me atrevo a decir que hasta imposibles de pura imposibilidad. Al grano: si existe eso que llaman “para todos los públicos”, yo personalmente no lo concibo ni, por tanto, veo ninguna utilidad a los esfuerzos que hacemos por alcanzar dicha etiqueta, activa o pasivamente.

Harto conocido es el ejemplo de la dicotomía Telecinco / La 2. Supuestamente, o se ve uno o se ve el otro, ¿verdad? Pues no: un español, según con quién se haya juntado a hablar, aguarda la hora de “Redes” o se traga “Sálvame” (y de postre, pone a caldo a los del bando contrario). Es curioso: con lo dados que somos, por una parte, a la exaltación y a la violencia en una situación antagónica, en un ambiente pacífico no soportamos la más mínima confrontación y tratamos de pasar por clones de nuestros interlocutores. Por eso, cuando el gobierno lo está haciendo como el culo (¿lo han hecho bien alguna vez?), “a mí no me mires, que yo no les voté”, pero si me topo con cuatro afiliados de renombre y me invitan a una Coca-Cola, resulta que soy simpatizante del partido de toda la vida.

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Esto último me parece bastante esclarecedor. Se dice que todos tenemos un precio y pienso que es cierto. Ahora bien, no he visto un contertulio que tire por el retrete sus convicciones con tanta rapidez y a tan bajo coste como el súbdito promedio de este reino. ¿Será por la picaresca de nuestro carácter nacional? No sé yo: nos arrimamos al ascua que más calienta con tantísimo descaro que dejamos al Lazarillo de Tormes por elegante y señorial. Para colmo luego no nos duele el alma ni un poquitín, y dormimos tan felices porque habremos traicionado a nuestra conciencia, pero hemos sacado gratis un Chupa-Chups. ¡Gratis! Y cuántas veces ese Chupa-Chups no es más que la simple aceptación en un grupo social que no tendría por qué rechazarte por ser lo que eres, o que tendría que adaptarse a ti lo mismo que tú a ellos.

A mí me resulta especialmente “entrañable” ese veraneante que durante el curso en la city lleva una vida muy moderna y progresista llena de militancia y manifestaciones, come macrobiótico y rechaza abiertamente todo viso de carácter castizo-rancio; eso sí, llega en verano a las fiestas del pueblo y mientras corre el alcohol y le dicen que es un tío cojonudo, aquí el colega canta jotas y rancheras, se infla de chacinería, cuenta chistes racistas, machistas y de maricones, y si hay entradas gratis, hasta va a los toros. Lo diremos bajito, no se vayan a enterar sus amigos de la capital…

No tengan miedo, queridos lectores y lectoras, a aseverar lo que piensan: por muy santificada que sea la oblea, si no la pueden tragar, para ustedes será un sapo, y tienen todo el derecho a decirlo sin miedo. No existe el “para todos los públicos”; cada uno tiene unas predilecciones, y no otras, por razones biológicas y vivenciales, y nadie está obligado a a decir que SI a lo que sus entrañas y su alma dicen que NO.

Buenrollismo cultural. Capítulo 3: las Vacas Sagradas no pueden ir al matadero

¿Recuerdan el capítulo anterior? Andábamos con que tal es en este país la obsesión por quedar siempre bien (y si se puede, por encima del vecino) que en cuanto nos enseñan la etiqueta de “indiscutible” ejecutamos el taconazo y la genuflexión, así carezcamos de la menor idea de qué versa el asunto, o sí pero nos dé repelús. Ahora viene cuando la matan, ¿qué pasa cuando alguien se opone abiertamente a esas «sentencias inamovibles»?

Comienzo mi argumentación con un ejemplo: Coca-Cola utilizaba aquel famoso eslogan de “X millones de personas no pueden estar equivocados”. Habrá pocos productos de consumo tan populares. Sin embargo, si alguien afirma que no le gusta se le respeta y se considera perfectamente normal que tome otra cosa. Extiéndase esto a cualquier ejemplo del hit-parade de la alimentación: el jamón serrano, el vino tinto, la pizza, la cerveza o el omnirrecurrente huevo frito… Sí, es estadísticamente probable que te gusten, pero en caso contrario no es ningún crimen.

¿Por qué demonios, entonces, es tildado de analfabeto e ignorante quien no comparte la afición por Mozart, los cuadros de Dalí o la obra de Shakespeare? Porque resulta que en el arte y la cultura, facetas de la vida opinables por antonomasia, hay verdades IRREFUTABLES. Vaya por Dios. No, no me venga con que si sus gustos, que si la época, que si bla, bla, bla… No señor: las obras universales  y los patrimonios culturales le tienen que gustar sí o sí. Y vaya quitándose esa costumbre de decir en voz alta lo contrario porque queda usted como un palurdo.

Si no le encuentras la gracia al Guernika de Picasso o al Grito de Munch te lo callas, porque lo que queda bien en sociedad es analizar sus estructuras caóticas, comentar la simbología desgarrada de sus formas y cualquier otra tontería intelectualoide que se te ocurra mientras te acaricias el mentón con aire de interesante. Luego a lo mejor no querrías verlos colgados ni el retrete de tu garaje porque te parecen horrorosos, pero apúntate al carro de los que dicen olé, pues así podrás mirar por encima del hombro a todos los que disienten.

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¿Te consideras melómano? Pues tienes que derretirte de placer con la música clásica, se te deben saltar lágrimas de emoción al escuchar ópera y tus sentidos han entrar en éxtasis con el jazz. Por cierto, el flamenco ya ha dejado de ser para minorías, puedes usarlo también. Ah, y vete familiarizando con la música electrónica de autor (ejem, ejem…), es lo que está viniendo. ¿Que no los entiendes? Porque serás un inculto. ¿Qué los has escuchado en profundidad y siguen sin producirte placer auditivo? Son géneros universalmente “deliciosos”, si no te entran el problema lo tienes tú.

Ah, vale… Que has salido rebelde, ¿verdad? ¡Lo tuyo es el rock! Pues nada, apunta: Led Zeppelin, Rolling Stones, Bob Dylan, Bruce Springsteen, U2…  Si vas a nombrar algo que tenga menos de 25 años procura que haya salido hasta la saciedad en todas las revistas de gafapastas, para asegurarte de que se trata ya de otro topicazo. ¿Que te parecen sobrevalorados? ¿Cuántas veces tengo que repetirte que tu opinión no tiene necesariamente que ver con lo que opinas? Son geniales porque están comúnmente aceptados como tal. Y ya está, no le des más vueltas. Respondes “amen” y quedas genial.

El cine tipo Terminator 2 o cualquier película de Paco Martínez Soria es con lo que te has entretenido toda la vida; hasta ahí bueno… cada uno en su intimidad hace lo que quiere. Ahora bien, hasta que un “consejo de sabios” no anuncie oficialmente que de tan kitsch o tan retro ya se ha vuelto una obra de arte, hazme el favor de no decirlo en voz alta porque parecerás retrasado. Por ahora puedes ir pinchando al “Me gusta” de títulos como Ciudadano Kane, El Padrino, Psicosis, y alguna otra de tiempos pretéritos, las hayas visto o no, porque es un horrendo crimen declararte contrario al dogma. Y si puede ser, ya que estás, que tus actores y actrices favoritos se hayan muerto ya: Marilyn, Marlon Brando, Audrey Hepburn, Cary Grant… Aunque ni siquiera les pongas la cara, no te preocupes: estas invirtiendo en valores seguros. ¿O es que acaso ibas a decir que te parecen mejores Edward Norton y Catherin Zeta Jones? ¡¡Por favor!!

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Creo que no es necesario seguir saltando de disciplina en disciplina, el “destripe” iba a seguir siendo el mismo. No, no ataco a las vacas sagradas de cada modalidad de arte, pues la mayoría gozan de tal predicamento por razones de peso, sino al talibanismo que defiende a ultranza que hay piedras 100% inamovibles y que todo aquel que opine al contrario es un sacrílego.

Se puede ser muy aficionado a algo, pero comprender que pueda existir una opinión distinta e incluso contraria es cuestión de calidad personal. Por tanto, y sobre todo, no tengan miedo a esos intransigentes: unos sólo encuentran su afirmación personal en la defenestración de los demás; otros, simplemente, pecan de ese analfabetismo que tanto condenan, pero la mejor defensa es un buen ataque, no vaya a ser que les pregunten la lección y resulte que no se la saben…