LA PERSONA TRAS EL PERSONAJE (I): Antonio Machado

La historia, a menudo, es una pésima y aburridísima retratista. Cuando nos pinta a un ilustre para la posteridad suele hacerlo, por conveniencia o por dejadez, de un modo monocromático y sin relieves, legando para las crónicas una figura plana, unidimensional, que parece que deba ser recordada únicamente por los trazos sin ningún contexto de dicho cuadro. Después nuestra mitomanía y nuestros prejuicios hacen el resto y más a menudo que no limitamos a la persona a los márgenes del personaje. Las más de las veces se trata de una fotografía pobre en las que nos faltan partes para comprender bien el todo; en más de un caso la culturilla general se columpia bastante respecto de lo que cuentan otras fuentes “menos exitosas”. De ahí esta serie de artículos sobre personajes de relevancia histórica o que simplemente me resultan interesantes a título particular (y como el niño es mío lo visto como quiero).

No pretendo masacrar ninguna imagen pública, eso que quede cristalinamente claro.  Cada sujeto a estudio es renombrado por sus propios méritos y pecados, y por mí que así siga. Mi intención es la de contarles otros capítulos de sus biografías que han sido poco o nada aireados. Eso sí, es más que posible que ahora los vislumbren de otro modo e incluso que comprendan mejor algún aspecto que antes no les cuadraba.

Y como soy soriano y de empezar la comida por un plato fuerte, allá va un tótem de esta tierra y su cultura.

 

ANTONIO MACHADO

Uno de los poetas más reverenciados de la era moderna en este país, y con razón. Cantó a la tierra soriana de formas en las que nadie lo había hecho ni, posiblemente, lo haya conseguido después. Ya se sabe que cuando a uno le nombran su pueblo la reacción más normal es gritar “¡¡Yuuujuuu!! ¡¡Mi pueblo, mi pueblo!!”, pero si se paran a leer su poemario de un modo más comprensivo descubrirán que algunas de esas estampas describen una ciudad lóbrega, una tierra árida e inhóspita y un paisanaje no mucho más acogedor; sin paños calientes, algunas de sus semblanzas no dejaban nada bien parados a Soria ni a los sorianos. El señor Machado no estaba contando más que lo que veía, mal que nos pese.

No obstante lo anterior, haber alabanzas y parabienes los hubo, y delicados a la par que intensos. Con tal motivo, en nuestra vieja capital castellana (y fuera también, qué narices) tendemos a concebir a don Antonio cual querubín sublime e inmaculado, en permanente y etéreo paseo por las lindes del Duero, como flotando en un éxtasis de enamoramiento hacia Soria. Habitual de ciertos establecimientos como los casinos del Collado y algunas tabernas, Machado dijo de sí mismo “he hecho vida desordenada en mi juventud y he sido algo bebedor, sin llegar al alcoholismo”. Parece ser que también fumaba bastante, y la condición de ser un tanto adanes les llevó a él y a su hermano Manuel, también poeta, a recibir el apodo de “los Manchado”. En definitiva, tenía sus luces y sus sombras como cualquier hijo de madre, aunque a los más idólatras les cueste reconocer que los poetas también comen y van al baño.

Mención aparte merece el asunto de su casamiento con una joven a la que doblaba en edad; sus detractores le tachan poco menos que de asaltacunas y sus defensores argumentan que en aquella época era algo habitual. Ni lo uno ni lo otro: no quebrantó ninguna ley y amaba leal y fervientemente a su esposa Leonor, pero también fue objeto de burlas por ello; un sector de la sociedad soriana se le atragantó de por vida gracias a la cencerrada con la que les obsequiaron en su noche de bodas.

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Afortunadamente la expresión escrita era el fuerte de nuestro hombre, así que si pinchan sobre su retrato a plumilla y bajan un poco, descubrirán una auto-semblanza titulada “Medias cuartillas. Biografía” que escribió estando ya en Baeza donde se muestra una cara más humana y realista y se desmonta alguna que otra falsa creencia.

De todos modos, desde que yo tengo uso de razón recuerdo a Antonio Machado patrimonializado por completo por Soria, los sorianos y el sorianismo, con una versión muy sesgada de su persona y de sus filias y fobias, hecha a nuestra conveniencia local. Machado había venido a parar a aquí por trabajo y ya desde el mismo momento en que bajó del tren, al parecer, estaba deseando largarse, algo totalmente comprensible dado el abismo que separaba los ambientes intelectuales en que acostumbraba a moverse de la cerradísima Soria de 1907, dominada por el clero (siendo como era don Antonio anticlerical hasta la médula). Después ésta ciudad se convirtió, por ponerme castizo, en “el pueblo de su mujer”, y más que posiblemente se le desatragantó algo y hasta le llegó a gustar por asociación sentimental. No obstante, aquella “beca de ampliación de estudios” que les llevó a él y a Leonor a París podemos interpretarla perfectamente como “largarse de Soria durante un año”. Fallecida ella no tuvo más motivos para seguir aquí, conviviendo con dolorosos fantasmas y sintiéndose constreñido, y se marchó para no volver, salvo cuando lo trajeron casi a la fuerza, en 1932, para ser nombrado hijo adoptivo (más de palabra que administrativamente), y aún en aquella ocasión se cuenta que se marchó casi quemando rueda. Todo esto figura en los libros de historia, pero no suele corresponder con el personaje que nos venden oficialmente. Por tanto, de vez en cuando no viene mal recordar, dado lo propensos que somos a mirarnos el ombligo, que Antonio Machado Ruiz, el que probablemente sea el personaje predilecto de los últimos siglos en Soria y buque insignia de la cultura local, ni era soriano ni vivió aquí más que cinco años.

Y no confundamos, por favor, la lírica abstracta con el ser humano de carne y hueso: estaba enamorado de Leonor Izquierdo, no de los chopos del río.

Vintage… ¿montaje?

El otro día aproveché una charla con otros músicos para departir largo y tendido sobre instrumentos; los del gremio nos tenemos que dar réplica en estos temas entre nosotros, porque para los ajenos al mundillo es un tostón insufrible. Cuando más catártico se puso el asunto fue cuando llegamos al apartado vintage. “De época” y “clásico” son dos traducciones al español perfectamente válidas para ese concepto, que no es nuevo, y que denomina a todos aquellos objetos del año de Maricastaña que nos traen recuerdos y añoranzas o que resultan piezas de valor incalculable porque ya no se han vuelto a fabricar (o sí, pero con peor calidad). También se le llama así a la tendencia estética que imita los estilos y maneras del pasado, que pueden ser los años 40 o el 2005, porque nos encanta pasar las cosas a ese saco.

 

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Yo le explicaba a mis amigos mi perplejidad y desorientación acerca de qué años eran los buenos en una marca concreta y en cuales la producción fue desastrosa, porque al igual que en la novela de George Orwel 1984, “el pasado es alterable”, y si hace 5 años los “entendidos” decían que la casa en cuestión hizo porquerías indecentes durante los 70’s, ahora resulta que dicha década fue una época estupenda y esos instrumentos son el recopetín… Quizá debería aclarar que dichos “doctores en la materia” suelen ser gente que compra y vende instrumentos, bien profesionales o simples amantes del género, y claro… la oferta y la demanda marcarán qué es bueno y qué es malo, a quién amo y a quién odio.

 

Creo que es bastante evidente que a la sociedad de consumo se nos ha ido la flapa muchísimo con el asunto vintage y hay tal pajillerismo que en el mercado de segunda mano se están forrando con las antiguallas que les estorbaban en el trastero. En la empresa privada, que no son tontos y a fin de cuentas están para vender, están sabiendo exprimir muy bien la naranja: las reediciones de objetos de culto valen casi tanto como si fuesen originales, y en muchos casos lo único que tienen igual es el color o una pegatina.

 

STAGG+ETUI+TWEED+RECT

 

No voy a rebatir que, hablando de productos concretos y de marcas determinadas, hubo épocas en las que hilaron más fino que en otras. Ahora bien, que alguien pague 3000 o 6000€ por una guitarra (por seguir con el ejemplo), por muy de la “Edad de Oro” que sea, cuando su equivalente a día de hoy no llega ni a la mitad, me parece que deja en entredicho, con todos los respetos, la escala de valores e incluso la inteligencia del comprador. Puede que suene algo mejor que una actual (no necesariamente), pero esa calidad difícilmente será 5 ni 10 veces la de una de 600 u 800€ como para justificar esa cifra, y SE TOCA IGUAL y SIRVE PARA LO MISMO. Sumado a todo lo anterior, es más que probable que con tantos años a las espaldas haya piezas oxidadas, deformadas, rotas o directamente caducadas, y teóricamente al músico le debería importar el valor del instrumento como herramienta para hacer música y no como objeto de coleccionismo onanista, que sirve para poco más que especular.

 

¿O es que acaso meterías ese prohibitivo tesoro en una furgo trotona donde va a ir dándose coscorrones durante 700 kilómetros para luego tocarlo en un escenario cutre lleno de mierda donde el cantante igual te lo tira al suelo al pasar? NO, claro que no, y por una sencilla razón: los 17 borrachos que te están viendo no tienen ni idea de qué marca es tu guitarra, cuantísimo vale ni lo afortunados que sois los poquitos que la tenéis, y les da lo mismo que toques esa que una taiwanesa de 60 euros… Tan ignorante audiencia no merece estar en presencia de esa reliquia tuya que cuesta más que todas sus almas juntas, así que prueba con esa baratija que acabo de mencionar, ya que igual un día te haces famoso y te sucede lo que a aquel paupérrimo y aún desconocido Paul McCartney, que se compró un modestísimo bajo Höfner con forma de violín, y con los años dicho trasto ha terminado siendo el no-va-más y vale un Potosí.

 

Eddie Miller Leo Fenderlo

 

El motivo principal, por encima de la nostalgia y del coleccionismo, para gastarte esas burradas (proporcionalmente hablando en cada campo) en un objeto vintage es la EXCLUSIVIDAD: ya apenas existen porque no los fabrican desde hace siglos y el desgaste ha mermado la población. ¡Toma ya! De repente aquello que escasea se torna automáticamente en codiciado, ergo la calidad estará determinada por la cantidad: cualquier cachivache de hace 40 años, así fuese una bazofia recién salido de fábrica, es canela fina hoy día. Si un día se extinguen las vacas pagaremos millonadas por sus boñigas, y si no al tiempo…

 

A su vez, razones para buscar la exclusividad hay dos, a saber: la envidia y las ganas de ser envidiado, y los objetos vintage son ideales para esto. Como con todo, si mi vecino tiene tal chisme y yo no se me puede chulear, por lo tanto mejor me compro uno igual y montamos un club de guays afortunados. El día que todo el barrio lo tenga dejará de importarnos un carajo la marca, las manos que lo hicieron, el año, la serie y el cura que los bautizó a todos, porque ya no supondrá ninguna diferencia y posiblemente vuelva a ser visto como un trasto mundano y viejo.

 

Por otra parte, a cada era su tecnología punta. En décadas pasadas tal inventor o ingeniero y sus trabajadores serían perfectamente hábiles, y posiblemente los materiales y los acabados en ciertos productos fueran más selectos (también el resultado era bastante más caro en proporción; acuérdense de cuántos sueldos valían las primeras teles), pero en algo habrán beneficiado al producto final de la industria los avances de los últimos 30, 45, 60 años… Basta con preguntarle a un agricultor o a una lavandera, a ver si te cambian sus actuales herramientas de trabajo por unas de época o te mandan directamente a ese sitio… Retomando una vez más las dichosas guitarras, me troncho de risa cuando me encuentro al que se compra una réplica del modelo Tal que la marca Cual sacó en 1959 y la quiere también con la tara de serie en el clavijero que las hacía desafinarse constantemente y con el acabado en nitrocelulosa que fue retirado del mercado por tóxico. ¡Claro que sí, hombre! Oye, ya que estamos ¿por qué no reconstruimos la central de Chernobyl con los mismos tejados de uralita y la volvemos a volar por los aires, que es lo auténtico?

 

antigua-fabrica-macosa

 

A eso hay que añadirle nuestra tendencia a idealizar las cosas con el devenir de los años y a amueblar nuestros recuerdos como nos conviene… En tu juventud maldices a la radiofórmula porque sólo pincha las porquerías de moda y celebras cada avance en la tecnología digital que te va abaratando la música y ahorrando espacio; al cabo de unos años te gastas un dineral en un álbum de aquellos “porque ya no hacen música como la de entonces” y además en vinilo “porque tenía otro sabor”…

 

En resumen, que si llevamos más de medio siglo haciendo las cosas mal y yendo hacia atrás, invirtamos en I+D+i para inventar de una vez por todas una máquina del tiempo y larguémonos a vivir al pasado, que parece ser que siempre fue mejor y todo lo del pasado molaba más.

 

Yo, sin ir más lejos, si un día tengo la desgracia de padecer cáncer me someteré a un tratamiento vintage, probablemente inyecciones de quimio del ‘64 o ‘65′, ya que aquella fue la época dorada de la empresa farmacéutica, y me ingresaré en una clínica donde el médico entre fumando en las habitaciones y las enfermeras lleven liguero y cofia, que queda muy auténtico, y que me trasladen en una ambulancia tamaño ranchera con una genuina amortiguación del año que reinó Carolo y una velocidad punta de 90 por hora por si acaso hay una urgencia. Para solazarme durante la convalecencia me compraré una radio de transistores que funcione a 125 voltios (que ya se sabe que estos aparatos se mean en el hi-fi de hoy día), una tele en blanco y negro de 14’’ de las que abrasan los ojos (cómo me van a envidiar las visitas) y hasta un ordenador de esos que ocupaban como una habitación entera porque aquello sí que eran ordenadores buenos de verdad, hechos en USA, y no las mierdas orientales que fabrican ahora…

 

ENFERMERAROBERTO RUIZ

 

Disculpen ustedes todo este patetismo exagerado y toda esta demagogia; son intencionados y su pretensión no es la de sonar convincentes, sino ridículos. Es la misma sensación que yo experimento cuando veo un amplificador de 50 años que cuesta más que un coche nuevo o me topo con un reality de subastas o casas de empeño, tan habituales ahora, y compruebo los disparates que paga la gente por un juguete roñoso con cero valor sentimental porque no fue suyo o por unos pantalones usados de antes de que ellos naciesen.

 

Pero recuerden no tiene tanto delito el caradura que pide esa cifra como quien entra al trapo y la paga.