Gibraltar español

No puedo decir que haya sido un acto reflejo, no puedo mentir diciendo que ha sido improvisado, pero juro que nunca llegue a pensar que tendría las consecuencias que ha acarreado.

Aprovechando mi estancia en Londres, insuflado de cierto patriotismo y alentado por varios amigos que en sus misivas comienzan por ‘¡Gibraltar español! he estado durante unos días urdiendo un plan.

He preparado una pancarta de reducidas dimensiones en la que se lee ‘Gibraltar español’.

He conocido Canary Wharf, un lugar donde, aunque no hay puestos en la calle, se compra y se vende todo, hasta conciencias baratas, un lugar donde se asentaban los Lheman Brothers.

Estos hijos de puta que a pesar de tener nombre de grupo musical, han sido capaces de provocar la tercera guerra mundial.

Voy a desplegar allí la pancarta, solo un momento, y le saco unas fotos demostrativas de mi patriotismo.

Hoy va a ser un gran día, quién sabe si no habrá alguna televisión que se haga eco de mi protesta.

Por la mañana, 8.30 de aquí, llevo de diario a Kiana a la guardería. En el camino, y sin que lo sepan sus padres, damos cuenta a medias de un huevo de chocolate, Kiana se lo come y yo me quedo la sorpresa para armarla después en casa.

Bueno, sigo con mis preparativos. Hoy llevo un globo que inflamos anoche, un Spiderman que le compró su abuela, la pancarta con mi reivindicación y unos pistachos.

Antes de irme miro en el frigorífico.

Veo una botella de licor de hierbas y me tomo un chupito. Está bueno así que me tomo otro y le meto un viaje a morro que la botella se queda tiritando.

‘Gibraltar español’, grita una vocecilla dentro de mi.

Llego a la guardería y está lloviendo.

Dejo a Kiana y me voy con el carrito para Stratford.

Con la prisa se han quedado en el carrito el Spiderman y el globo, y yo tengo un calor de la leche.

Quizá me haya pasado un poco con las hierbas, yo que no bebo habitualmente, y además estoy en ayunas.

Tomo el metro en Stratford y en cuatro estaciones estoy en Canary Wharf.

Salgo a la calle y la lluvia parece haber cesado de momento.

Justo enfrente del edificio de los Lheman saco la pancarta dispuesto a ofrecer mi aportación patriótica. La pancarta se enreda con el muñeco y la sorpresa.

Desenrollo la pancarta y le digo a una señora que me haga una foto con mi móvil. No sé que entendió, o qué le dije, el caso es que me miró raro, vio una pequeña parte del muñeco que se asomaba por la manta, el globo estalló sin previo aviso y la señora se puso a correr y a gritar como una loca.

-¡He’s got a bomb! ¡He’s got a bomb!

Me pongo nervioso, enrollo la pancarta y decido marcharme.

Demasiado tarde.

Veo la sorpresa del huevo agarrada en la mano.

En un momento toda la gente estaba arremolinada en las fachadas de los edificios, empezaban a llegar coches de policía haciendo sonar sus sirenas y yo levanté la mano izquierda en señal de rendición.

No me percato que el contenedor de la sorpresa del huevo queda visible, con las consecuencias que luego se verán.

Incómodo a más no poder abrí la chaqueta con ánimo de recolocarme la faja de ballestas que suelo llevar cuando me duele la espalda. Craso error, la gente soltó un ¡oh! estremecedor pensando que era un cinturón con explosivos.

A todo esto no paraban de llegar coches con policías, camiones blindados de donde bajaban armarios empotrados con escudos y unas armas enormes, varios helicópteros, y por el Támesis llegaban embarcaciones de la marina como si vinieran de regatas.

Tenía el cuerpo que no lo aguantaba y pensé que me meaba, o peor encima. El licor de hierbas se estaba evaporando y con él todas mis ganas de aventura.

¿Dónde estarán mis pinos? Pensé. Con lo a gusto que estoy entre ellos.

De pronto una voz sobresalió entre el ruido y me preguntó en varios idiomas quién era, qué quería, y si podíamos hablar. Yo asentí con la cabeza, siempre el puño izquierdo en alto dejando ver un poco del resto del huevo.

Piensa, piensa, piensa, pensé.

Una persona venía hacia mi con los brazos en alto y a unos treinta metros le dije que se parara.

Soy español, y quiero papel y un boli, grité.

En dos minutos le trajeron al individuo mi pedido, le dije que lo pusiera en el suelo y se alejara.

Sin soltar el resto del huevo agarré el carrito y avancé con mucho cuidado, como si llevara a Kiana dormida dentro. “A ver si se acojonan”, pensé.

Recogí el papel, escribí sin dejar de mirar alrededor, siempre el puño izquierdo en alto y, al acabar, dejé el papel donde estaba.

Retrocedí y mi interlocutor recogió el escrito.

Pasados unos minutos desde una ventana del edificio de los extintos Lheman comenzó a sonar nuestro más internacional himno.

‘La Macarena’.

Al instante todas las tropas del orden y todos los mirones comenzaron a contonearse al compás, yo también me movía sin soltar el detonador, ni el carrito de la supuesta bomba.

Os aconsejo que cuando estéis en esta, o parecida situación no perdáis nunca el poder de intimidación o podéis  daros por muertos.

Cuando acabó el himno hubo unos aplausos generalizados y se hizo el silencio durante unos segundos.

De la misma ventana y otras más, de modo que cubrían toda la plaza, comenzaron a desenrollar pantallas y acto seguido emitieron la segunda de mis peticiones.

Una enorme cara, la de la alcaldesa de Madrid, se dirigía a nosotros repitiendo el glorioso instante de la presentación de la candidatura de Madrid en los JJ. OO.

“Relaxing, cofi en Plaza Mayor de Madrid”.

El descojono era generalizado, las carcajadas debieron oírse hasta en el mismísimo Buckingham Palace, entre las fuerzas del orden los hubo que tuvieron que salir corriendo, y otros que se mearon allí mismo por no perder la compostura.

Bueno hasta ahora estaban cumpliendo mis solicitudes. No obstante, yo me barruntaba que estaba a punto de acabarse todo.

No estaba en condiciones de mantener los restos del huevo en alto durante mucho más tiempo, mi vejiga amenazaba con una verdadera explosión y el valor iba disipándose a la vez que el efecto del licor de hierbas.

Aquí estoy como un gilipollas, yo que si me pongo a enumerar cien cosas que me preocupen no entraría ni de coña el tema de Gibraltar, héteme aquí que por hacerme el chulito voy a pasar a la Historia como el tonto que vino del pueblo y armó la de Dios es Cristo en Londres.

La misma voz se dirigió a mi en perfecto español para decirme que ya habían encargado las doscientas toneladas de torrezno de Soria y que pondrían en todas las agencias de viajes las fiestas de San Juan como destino preferente, además durante los próximos diez años comprarían nuestra resina a dos libras el kilo.

De pronto una figura avanzó hacia mi. Era él sin duda.

Mi última solicitud se estaba cumpliendo. Le permití acercarse a casi cinco metros y me saludó en perfecto español.

-Hola Ricardo.

Joder, sabe mi nombre, a ver si va ser verdad que los servicios de inteligencia, además de llamarse así, que queda chulo, emplean a personas inteligentes.

-Hola míster Cameron.

-Llámame David si no te importa, ya que eres alcalde y entre colegas vamos a tutearnos. Vaya la que has liado.

-Te juro que ha sido sin querer, pero ya puestos. ¿Qué vas hacer con Gibraltar?

-Mira ese no es un problema político, es un tema económico. En cuanto legalicéis ‘la maría’, alquilamos a medias la base a la OTAN y se ha terminado la historia.

-Oye David, yo me estoy meando, podrías llamar a un helicóptero me subo y meo.

Él me respondió dando muestras de su experiencia política.

-Tan pronto no puede ser, tiene que parecer que negocio duramente contigo y depones tu actitud. Eso me dará réditos electorales.

“Joder que tropa”, pensé. Él se abrió amablemente el abrigo y me hizo señas de poder mear a su cobijo.

De pronto sentí unos tirones en el brazo y al levantar la vista un uniformado me decía, “excuse me sir, this is Stanmore, the last stop”.

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