Un duro en apuros

Cabeza rapada, fibroso, mirada dura, gestos secos, perenne semisonrisa.

Si usted le encasqueta un sombrero tejano, le coloca un cinturón con dos colt del 45, un chaleco de cuero, unos pantalones estrechos con zahones y unas botas de cuero con espuelas podría hacer frente al mismísimo Eastwood o a Lee Van Cliff.

Parece un personaje sacado de las novelas de M.L. Estefanía, o de las películas de Sergio Leone, pero desprende un halo de D. Quijote que le hace entrañable para muchos sureños.

Su coronel le ha encomendado una misión peor que imposible.

Su Ministerio tiene la misión de recuperar los antiguos oficios de “componedor” y “zurcidora”.

Tiene que recomponer los restos de un pueblo que, curiosamente, han destrozado aquéllos a los que debe enfrentarse.

Tiene que coser primorosamente en carne viva los restos de una sociedad milenaria.

En su primera misión ya se ha cargado a la Troika, cúpula visible del mal que aqueja a su patria y a todos los sureños.

Guarda en la manga de su chupa de cuero un as de doble filo.

Los millones de sureños oprimidos por los mismos amos, expectantes por ver sus hazañas culminadas para unirse a su cruzada en la primera ocasión.

Del resultado de sus batallas dependen muchos futuros.

Por un lado, le ayudamos en su pelea.

Por el otro lado, somos un lastre por el temido “contagio”.

Sus armas son millones de ciudadanos detrás, una preparación académica que nadie podrá poner en duda y un convencimiento ciego en sus acciones.

No parece demasiado bagaje comparado con el potencial de sus enemigos. Además, según los estúpidos tiene sus defectos.

Parece ser que vive en una buena casa, come bien y bebe bien.  La estupidez no puede comprender que una persona que tenga lo que llamamos “la vida resuelta” pueda involucrarse en la defensa de los más débiles.

Yo también soy Yanis Varoufakis.

Mis máximos respetos y mi deseo de que obtenga un triunfo razonable, pues total es imposible.

Santa Bárbara

Es sabido que solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. O cuando las goteras de nuestro físico lo requieren.

Me refiero a nuestro Hospital Provincial Santa Bárbara.

En los últimos años he necesitado de sus servicios de estancia, reparación y puesta a punto en un par de ocasiones. La última del 10 al 13 inclusive de este mes, marzo de 2015. Planta tercera, habitación 345.

Quiero agradecer a todos los que me han atendido, desde el operario de mantenimiento que cortó mi anillo que llevaba 48 años sin moverse del dedo, (hay que ver como encogen los dichosos anillos y la ropa también), hasta el doctor Fernández, que no solo es magnífico en lo suyo, además lo hace con una perenne sonrisa, lo que es más de agradecer cuando uno está en inferioridad de condiciones.

Entre ambos quedan auxiliares, enfermer@s, limpieza y todo el personal que hace de este hospital un referente de buena atención.

A todos gracias por hacer sentir que uno está seguro en sus manos.

Como toda historia tiene algún punto negro en este caso es la zona llamada ‘Hospital Viejo’.

Es inconcebible que los mandamases anden racaneando el presupuesto necesario para adecuarlo a los tiempos actuales y, sobre todo, el que a los sorianos nos consideren ciudadanos de más baja prioridad.

Somos seres humanos y es nuestra salud, señor consejero de la cosa.

Mientras dotan de 15 millones de euros al infumable proyecto del ahora llamado PEMA, antes vergonzosamente llamado Ciudad del Medio Ambiente, paralizan las obras de este hospital demostrando lo que los ciudadanos ya sabemos.

Nuestros profesionales de sanidad pública, y de cualquier otro sector, están muy por encima de sus responsables políticos.

Reitero las gracias a todos los profesionales del referido hospital y mi más profunda reprobación a sus responsable políticos.

Mi particular 8 de marzo

Tuve una madre, como todos, tres abuelas, como pocos, tengo dos nueras, a las que quiero como hijas, tres nietas, camino de cuatro, y un sinfín de tías, primas y extensa parentela femenina. Y por supuesto Carmen. Mi compañera desde hace cincuenta años.

Tantas amigas como amigos.

Recuerdo nítidamente a las mujeres de mi niñez, a las que quiero significar. Todas eran mujeres trabajadoras, sin excepción. En mi opinión sobra la coletilla ‘trabajadora’. ¿Alguna mujer no lo es?

Para no ir muy lejos mi madre tuvo ocho hijos y dos ‘movenciones’, como entonces se llamaba a los abortos. También la recuerdo con su media lata remasando. Por supuesto, llevaba la comida a mi padre al monte, hasta que pude tomar el relevo.

Alguien tendría que explicarnos de donde sacaban aquellas mujeres el tiempo y las fuerzas. Si alguien les ayudaba era su propia madre, que ya había superado el ciclo primero, o alguna tía cercana.

Las mujeres españolas, desde 1930 han venido cimentando sus conquistas con sangre sudor y muchas, muchas lágrimas.

Si hoy hacemos balance es evidente que han mejorado, pero oímos sonrojantes datos actuales comparativos con los hombres.

No es lógico, ni debería ser legal, que dos personas que hacen el mismo trabajo tengan diferentes ingresos en función de su sexo.

No debe ser fácil, pero igual es cuestión de proponérselo.

Aquí sí me gustarían pactos entre todos los partidos. Pactos inamovibles, gobierne quien gobierne.

Todavía una minoría de salvajes las ve como una propiedad sobre la cual tienen todos los derechos, hasta el de decidir su vida. Esto, como todo en la vida, es cuestión de educación.

Jamás vi a mi padre levantar la mano a mi madre, ni a ninguno de nosotros. Mis hijos podrán decir lo mismo a mi respecto.

Todavía una gran cantidad de personas se encuentra en el derecho de decidir por ellas, que deben hacer ellas con su cuerpo.

Curiosamente una importante y relevante parte de estos no han conocido mujer y, por tanto, nunca tendrán hijas. Es como si los ciudadanos españoles pretendiésemos establecer una Constitución para Laponia. Mejor que la hagan quienes verdaderamente conocen sus problemas.

Para todas las mujeres del mundo. Mi mayor respeto, cariño y admiración