El sueño roto

-Abuelo, cuéntanos un cuento.

-Vale. ¿Como lo queréis?

-Muchos dragones, princesas, príncipes, países lejanos, de hace mucho tiempo, de ahora. Cuéntanos uno moderno y que nos de un poco de miedo.

-Vosotros lo habéis querido.

Érase una vez un país en el que hasta hace unos años sus ciudadanos vivían aletargados.

Los niños gozaban en su inocencia, los padres de los niños tenían trabajo en su mayoría y los abuelos llegaban a la playa paradisíaca de jubilación.

Esta playa era una especie de ‘Jardín del Edén’ para quien la alcanzaba.

Salario asegurado, trato preferente y medicinas gratis, exceptuando unas pastillitas azules.

Llegaban también al país multitud de seres humanos de diferentes lugares del planeta y todos eran bien recibidos.

El salario mínimo no preocupaba, todo el mundo tenía salarios mucho mayores.

Cualquiera podía adquirir una vivienda.

Siempre había alguna entidad bancaria o de otro tipo que te tasaba la casa de tus sueños y te prestaba generosamente el dinero necesario.

Qué buenos que eran.

Los logros deportivos eran impresionantes y en el deporte de moda el país tenía a los mejores del Planeta Tierra.

Sus habitantes casi deseaban ponerse enfermos por gozar de las últimas instalaciones y adelantos en materia de Sanidad.

Prácticamente sus ciudadanos no tenían que preocuparse de nada.

Todo estaba a su gusto.

De pronto alguien gritó la palabra crisis. Crisis mundial.

La mayoría de los ciudadanos no sabía el alcance de la palabra.

Todos pensaban que las crisis eran de nervios o de pareja. Y siempre era cosa de otros.

Siguieron durante un tiempo adormecidos.

No pasa nada, un ligero bajón de las defensas, decían los mandamases.

Un mal día, el mandamás de turno anunció a todos que antes de veinticuatro horas deberían despertar, que los ciudadanos habían sido unos insensatos por hacerles caso y que debían pagar por sus errores y haber vivido por encima de sus posibilidades.

El mandamás vivía en un lugar donde tenía un enorme tablero lleno de botones.

A continuación presionó los dos botones más cercanos en el tablero.

Uno decía: Funcionarios.

El otro: Pensionistas.

Los ciudadanos se miraban unos a otros y se preguntaban: ¿Has sido tú el que ha vivido por encima de sus posibilidades? No sé, respondían. He vivido como me han dejado.

En el puente de mando hubo relevo precipitado y todo el mundo pensó que el tema estaba zanjado.

Un peor día el mandamás nuevo, siguiendo el libro de instrucciones editado en Alemania, agarró el tablero de mandos y se dedicó a aporrear los botones indicados. No necesitó buscar mucho.

En primera línea brillaban unos botones que decían Sanidad, Educación, Dependencia, Vivienda, Trabajo.

De pronto, vio que algunos tenían marcadas la calavera y las tibias y el ‘NO TOCAR’ muy visible.

Estos decían, Banca, Ibex, Concordato, Monarquía. Clase política, gama alta.

Una vez que hubo cumplido con las indicaciones del manual esperó a ver los resultados.

De repente los niños dejaron de serlo.

Sus padres ya no tenían trabajo en su mayoría.

La playa de los abuelos se llenó de guijarros y todos tuvieron que aprender para qué sirven los contadores de luz, de agua, de gas.

Para marcar las vidas, decidir quién pasa frío, quién no puede utilizar la luz eléctrica, o cuándo es mejor morirte.

La multitud llegada de otros lugares empezó a volver a sus orígenes.

Muchos de los ciudadanos del país comenzaron a ver mundo, y no precisamente por vacaciones.

El salario mínimo se tornó muy mínimo.

El banco amigo sacó sus garras y, además de quedarse con la casa que habían tasado ellos antes, con un juego de manos digno del mejor prestidigitador volvió a tasar la casa en bastante menos que antaño.

Resulta que los ciudadanos además de haber pagado parte de la casa y devolverla después, debían cantidades que tendrían que devolver hasta sus nietos.

El banco amigo no lo era tanto.

Con tretas consentidas por los mandamases se habían apropiado del dinero de muchos ciudadanos.

Ya no apetecía ponerse enfermo, resulta que había que pagar nuevamente por lo que ya habías pagado durante toda la vida.

Si la enfermedad era larga, o costosa, o simplemente rara, los mandamases recomendaban pagar de tu dinero. Y si no lo tienes, morirte.

Para ya abuelo, los pequeños ya se han dormido.

Dinos solo cómo acaba el cuento.

El cuento, mis niños, igual lo tenéis que acabar vosotros.