Bocazas

Había preparado la entrevista con todo detalle, me había afeitado a fondo, la ducha había sido más larga de lo habitual, crema para la cara, para los pies, desodorante, lima de uñas, bras bras a fondo.

Aquí estoy examinándome para el trabajo.

Una plaza de camarero en la Zarzuela.

He enviado anteriormente un currículo, certificado negativo de penales, acta de bautismo y otra serie de requisitos, todos ellos imprescindibles para optar al puesto.

Allí me proporcionan un traje a mi medida, pajarita, guantes protocolarios, paño en el brazo izquierdo.

Me ordenan servir el vino, poner el pan, después emplato una ‘vichisuá’ y a continuación una lubina que preparo con destreza.

Finalizo con un cóctel de limón y me retiro.

El mayordomo me dice al oído, “enhorabuena, el puesto es suyo”, solo una cuestión: ¿No será político?

No, que va en mi familia somos anarquistas de toda la vida.

Y lo dije muy ufano.

Duria

Para mis amigos de Numancia-Garray-Soria.

Mi nombre es Duria y soy hija de Durius, más conocido por vosotros como río Duero.

Soy la gota de agua más antigua que produjo mi padre.

Me decido a contar mi historia por si en algo puedo ayudaros, puesto que somos paisanos.

Yo soy tan soriana que jamás he pasado del punto donde confluyen mi padre con el Izana, cuando este lleva agua.

Sabed lo que mi padre pactó con su madre Naturaleza.

Ella permitiría al Dios Sol llevarse a millones de nosotras a cambio de devolver una buena parte nuevamente al Urbión, nacimiento de mi padre.

Unas en forma de agua, otras de nieve.

Unas vuelven apenas salir de casa, otras desde diversos puntos de su trayecto, con lo cual siempre sabemos todo lo que acontece en su curso.

A mí particularmente me encanta pasar una y otra vez por los lugares donde se nos unen el río Tera, y después el Merdancho.

Me traen recuerdos de cuando muchos habitantes de una ciudad en lo alto de la colina bajaban a vernos.

Las mujeres a lavar sus ropas y hablar entre ellas, los hombres a introducir sus espadas y otras armas en las aguas de mi padre para tener una fortaleza casi invencible.

Allí se abastecían de comida fresca y jugosa, se bañaban sin nada encima, y nosotras curiosas casi deteníamos nuestro curso para sumarnos a su disfrute.

Por nuestras aguas bajaban sus amigos a traer trigo y otros alimentos para aquellos sorianos, podéis creerme que jamás les volcamos una barca, siempre procurábamos acunarlos hasta su destino.

Después vino una época muy negra.

Los habitantes de la ciudad fueron atacados por otros venidos de muy lejos, con muchas armas, muchos caballos y otros animales que nadie conocíamos, yo siempre atenta, escuché que se llamaban elefantes.

Los invasores clavaron unos enormes postes en nuestro cauce y no dejaban pasar a los amigos que venían a traer alimentos, nosotras nos pusimos bravas pero no pudimos tirar ningunos de los postes.

Todavía recuerdo con congoja los alaridos de los últimos días, la enorme humareda que tapaba el sol y después…. el silencio.

Ahora habéis permitido unas horrendas edificaciones cerca de nosotros, nunca será igual, pero mi padre, mis hermanas y yo nunca dejaremos de ser sorianos.

Por cierto, no recuerdo como se llamaba aquélla ciudad, ¿lo sabéis vosotros?

Gibraltar español

No puedo decir que haya sido un acto reflejo, no puedo mentir diciendo que ha sido improvisado, pero juro que nunca llegue a pensar que tendría las consecuencias que ha acarreado.

Aprovechando mi estancia en Londres, insuflado de cierto patriotismo y alentado por varios amigos que en sus misivas comienzan por ‘¡Gibraltar español! he estado durante unos días urdiendo un plan.

He preparado una pancarta de reducidas dimensiones en la que se lee ‘Gibraltar español’.

He conocido Canary Wharf, un lugar donde, aunque no hay puestos en la calle, se compra y se vende todo, hasta conciencias baratas, un lugar donde se asentaban los Lheman Brothers.

Estos hijos de puta que a pesar de tener nombre de grupo musical, han sido capaces de provocar la tercera guerra mundial.

Voy a desplegar allí la pancarta, solo un momento, y le saco unas fotos demostrativas de mi patriotismo.

Hoy va a ser un gran día, quién sabe si no habrá alguna televisión que se haga eco de mi protesta.

Por la mañana, 8.30 de aquí, llevo de diario a Kiana a la guardería. En el camino, y sin que lo sepan sus padres, damos cuenta a medias de un huevo de chocolate, Kiana se lo come y yo me quedo la sorpresa para armarla después en casa.

Bueno, sigo con mis preparativos. Hoy llevo un globo que inflamos anoche, un Spiderman que le compró su abuela, la pancarta con mi reivindicación y unos pistachos.

Antes de irme miro en el frigorífico.

Veo una botella de licor de hierbas y me tomo un chupito. Está bueno así que me tomo otro y le meto un viaje a morro que la botella se queda tiritando.

‘Gibraltar español’, grita una vocecilla dentro de mi.

Llego a la guardería y está lloviendo.

Dejo a Kiana y me voy con el carrito para Stratford.

Con la prisa se han quedado en el carrito el Spiderman y el globo, y yo tengo un calor de la leche.

Quizá me haya pasado un poco con las hierbas, yo que no bebo habitualmente, y además estoy en ayunas.

Tomo el metro en Stratford y en cuatro estaciones estoy en Canary Wharf.

Salgo a la calle y la lluvia parece haber cesado de momento.

Justo enfrente del edificio de los Lheman saco la pancarta dispuesto a ofrecer mi aportación patriótica. La pancarta se enreda con el muñeco y la sorpresa.

Desenrollo la pancarta y le digo a una señora que me haga una foto con mi móvil. No sé que entendió, o qué le dije, el caso es que me miró raro, vio una pequeña parte del muñeco que se asomaba por la manta, el globo estalló sin previo aviso y la señora se puso a correr y a gritar como una loca.

-¡He’s got a bomb! ¡He’s got a bomb!

Me pongo nervioso, enrollo la pancarta y decido marcharme.

Demasiado tarde.

Veo la sorpresa del huevo agarrada en la mano.

En un momento toda la gente estaba arremolinada en las fachadas de los edificios, empezaban a llegar coches de policía haciendo sonar sus sirenas y yo levanté la mano izquierda en señal de rendición.

No me percato que el contenedor de la sorpresa del huevo queda visible, con las consecuencias que luego se verán.

Incómodo a más no poder abrí la chaqueta con ánimo de recolocarme la faja de ballestas que suelo llevar cuando me duele la espalda. Craso error, la gente soltó un ¡oh! estremecedor pensando que era un cinturón con explosivos.

A todo esto no paraban de llegar coches con policías, camiones blindados de donde bajaban armarios empotrados con escudos y unas armas enormes, varios helicópteros, y por el Támesis llegaban embarcaciones de la marina como si vinieran de regatas.

Tenía el cuerpo que no lo aguantaba y pensé que me meaba, o peor encima. El licor de hierbas se estaba evaporando y con él todas mis ganas de aventura.

¿Dónde estarán mis pinos? Pensé. Con lo a gusto que estoy entre ellos.

De pronto una voz sobresalió entre el ruido y me preguntó en varios idiomas quién era, qué quería, y si podíamos hablar. Yo asentí con la cabeza, siempre el puño izquierdo en alto dejando ver un poco del resto del huevo.

Piensa, piensa, piensa, pensé.

Una persona venía hacia mi con los brazos en alto y a unos treinta metros le dije que se parara.

Soy español, y quiero papel y un boli, grité.

En dos minutos le trajeron al individuo mi pedido, le dije que lo pusiera en el suelo y se alejara.

Sin soltar el resto del huevo agarré el carrito y avancé con mucho cuidado, como si llevara a Kiana dormida dentro. “A ver si se acojonan”, pensé.

Recogí el papel, escribí sin dejar de mirar alrededor, siempre el puño izquierdo en alto y, al acabar, dejé el papel donde estaba.

Retrocedí y mi interlocutor recogió el escrito.

Pasados unos minutos desde una ventana del edificio de los extintos Lheman comenzó a sonar nuestro más internacional himno.

‘La Macarena’.

Al instante todas las tropas del orden y todos los mirones comenzaron a contonearse al compás, yo también me movía sin soltar el detonador, ni el carrito de la supuesta bomba.

Os aconsejo que cuando estéis en esta, o parecida situación no perdáis nunca el poder de intimidación o podéis  daros por muertos.

Cuando acabó el himno hubo unos aplausos generalizados y se hizo el silencio durante unos segundos.

De la misma ventana y otras más, de modo que cubrían toda la plaza, comenzaron a desenrollar pantallas y acto seguido emitieron la segunda de mis peticiones.

Una enorme cara, la de la alcaldesa de Madrid, se dirigía a nosotros repitiendo el glorioso instante de la presentación de la candidatura de Madrid en los JJ. OO.

“Relaxing, cofi en Plaza Mayor de Madrid”.

El descojono era generalizado, las carcajadas debieron oírse hasta en el mismísimo Buckingham Palace, entre las fuerzas del orden los hubo que tuvieron que salir corriendo, y otros que se mearon allí mismo por no perder la compostura.

Bueno hasta ahora estaban cumpliendo mis solicitudes. No obstante, yo me barruntaba que estaba a punto de acabarse todo.

No estaba en condiciones de mantener los restos del huevo en alto durante mucho más tiempo, mi vejiga amenazaba con una verdadera explosión y el valor iba disipándose a la vez que el efecto del licor de hierbas.

Aquí estoy como un gilipollas, yo que si me pongo a enumerar cien cosas que me preocupen no entraría ni de coña el tema de Gibraltar, héteme aquí que por hacerme el chulito voy a pasar a la Historia como el tonto que vino del pueblo y armó la de Dios es Cristo en Londres.

La misma voz se dirigió a mi en perfecto español para decirme que ya habían encargado las doscientas toneladas de torrezno de Soria y que pondrían en todas las agencias de viajes las fiestas de San Juan como destino preferente, además durante los próximos diez años comprarían nuestra resina a dos libras el kilo.

De pronto una figura avanzó hacia mi. Era él sin duda.

Mi última solicitud se estaba cumpliendo. Le permití acercarse a casi cinco metros y me saludó en perfecto español.

-Hola Ricardo.

Joder, sabe mi nombre, a ver si va ser verdad que los servicios de inteligencia, además de llamarse así, que queda chulo, emplean a personas inteligentes.

-Hola míster Cameron.

-Llámame David si no te importa, ya que eres alcalde y entre colegas vamos a tutearnos. Vaya la que has liado.

-Te juro que ha sido sin querer, pero ya puestos. ¿Qué vas hacer con Gibraltar?

-Mira ese no es un problema político, es un tema económico. En cuanto legalicéis ‘la maría’, alquilamos a medias la base a la OTAN y se ha terminado la historia.

-Oye David, yo me estoy meando, podrías llamar a un helicóptero me subo y meo.

Él me respondió dando muestras de su experiencia política.

-Tan pronto no puede ser, tiene que parecer que negocio duramente contigo y depones tu actitud. Eso me dará réditos electorales.

“Joder que tropa”, pensé. Él se abrió amablemente el abrigo y me hizo señas de poder mear a su cobijo.

De pronto sentí unos tirones en el brazo y al levantar la vista un uniformado me decía, “excuse me sir, this is Stanmore, the last stop”.

Somos más que tontos

Nos anuncian recientemente que la Ciudad del Medio Ambiente (CMA) ha dejado de existir como tal. Un poco difícil dejar de existir algo que nunca existió, pero bueno. Ya puede disputar codo con codo el primer puesto a la estupidez al Aeropuerto de Castellón.

Se han gastado 45 millones de euros. Somos muy tontos, pero ¿tanto? Tocamos a 500 euros por habitante en la provincia. Es como si nos hubiese tocado la lotería de ‘La Niña’, pero al revés. Con mucho menos acabamos el Hospital,  reflotamos Puertas Norma, salvamos puestos de trabajo en empresas viables.

Con 5 millones de inversión generamos 500 puestos de trabajo fijo en nuestros montes. Rurales, sostenibles y renovables.

¿Saben lo que puede mover este tejido industrial? 7,5 millones de euros anuales directos, no menos de 1,5 indirectos más impuestos, más seguridad social.

Me gustaría tener la oportunidad de explicarlo.

Los montes de nuestra provincia tienen un valor “dormido” de unas impresionantes proporciones.

Apuesten de una puñetera vez por los recursos endógenos, ayúdennos a los que queremos hacerlo, y después pídannos la justificación hasta el último céntimo.