Una sociedad en la maceta

En aquellos veranos felices en Asturias, en los campamentos adolescentes del FAPAS a los que vuelvo todo el rato, había tardes de talleres y/o actividades a elegir. Algunas veces los monitores colgaban un cartel en las paredes de tabla de la cocina-comedor, para que cada uno se apuntara en la casilla que quisiera. ‘Excursión río arriba’, ‘Recogida de frutos silvestres’, ‘Anillamiento de aves’… Pero una vez hubo una posibilidad que causó impacto, y a la larga hasta furor: ‘Ecosistema de una boñiga’.

Excrementos de vaca había mil por la aldea de San Esteban de Cuñaba, porque sus autoras proveían de leche a la quesería que tenían los autóctonos. Pero claro, a ninguno de los otros se le había ocurrido mirar dentro. Fue interesante hasta para los que al principio pusieron cara de asco: la caca de días atrás era como un bosque pero en pequeñito. Varias especies de invertebrados como los escarabajos o larvas de mosca hacían vida allí, era su casa.

Algo más que un cardo
Algo más que un cardo

Nunca me han gustado mucho los insectos, e incluso hubo un tiempo en que algunos me daban bastante repelús. Pero eso lo superé, y objetivamente son de lo más fascinante que existe. No hay recoveco sin su presencia. Hace poco me vino a la cabeza de pronto aquel taller de los Picos de Europa, no sé por qué. Fue en un campo de cereal perdido de la mano de dios, por el que caminaba en busca de pajarracos esteparios. Justo en un lugar al borde del camino, donde crecían varios cardos que rompían la monotonía, con su corona rosada, incluso malva. Y por una vez, dejé los prismáticos y miré a lo que tenía a centímetros. Efectivamente, no estaba solo. Todos los cardos ¡tenían sus gorgojos!, buscando por allí qué sé yo qué. Y alrededor zumbaban las moscas, y algún abejorro, y a los pies un saltamontes demostraba sus dotes olímpicas. Parece otro plano de la realidad, pero es el nuestro: un mundo incontenible, vital, prolifera al alcance de la mano. Fijarse en él engancha.

Y a mí, hoy, los insectos me llenan de preguntas trascendentes: ¿qué, quién habrá programado a las hormigas, tan insignificantes como individuos, para llegar a ser en el superorganismo perfectamente organizado que son, imposible de erradicar? ¿Qué o quién enseñó a las abejas a danzar frente a sus semejantes, trasladándoles las coordenadas con respecto al sol de un nuevo alijo de polen? ¿Qué demonios hizo al insecto palo idéntico a la rama? Las curiosidades en torno a estos seres minúsculos pueden llenar enciclopedias enteras con la misma intriga que la mejor novela de misterio. Y al final, la misma pregunta sin respuesta: todo esto, ¿cómo es posible?

Miniguerreros aéreos.

Mi padre le tiene pavor a las avispas, y con razón. Mi madre siempre me ha contado que, siendo yo un enano, él se fue a ver un partido de fútbol en el pueblo, y una de estas criaturas aladas tuvo a mal colársele por la pata del pantalón y picarle en la pierna. Ahí descubrió la familia que mi padre es parte de ese 3% de la población con alergia a las picaduras de abejas y avispas, porque volvió a casa hecho un monstruo, hinchado, y tuvieron que salir a la carrera hacia el centro médico. En los casos más graves esta simple picadura puede ser mortal.

Casa de papel, ambiente de plástico
Casa de papel, ambiente de plástico

Y por suerte para mí, eso no lo he heredado. Me han picado varias veces, pero la molestia no pasa de ese dolor agudo y mínima inflamación. Además las avispas no te dejan aguijón, a diferencia de las abejas, que pagan con su vida esa única ‘estocada’ que pueden dar. Les perdono sus ataques, porque siempre han sido merecidos: nunca se lanzan a por ti sin ton ni son, se tienen que sentir muy amenazadas o ver su panal en peligro. En realidad, si una avispa te revolotea y le ofreces hospitalidad –un dedo índice extendido, por ejemplo-, no es raro que se pose ahí, mansamente. Como una rapaz de cetrería en el puño de cuero del halconero.

Ya desde niño, a diferencia de otros ‘bichos’, las avispas me apasionan. Entregado como estaba yo a las películas de guerreros medievales y espadachines, estos insectos voladores tenían algo de eso, cierto aspecto de caballero flaco y acorazado de no más de 2 centímetros. Y disponían de su particular puñal, el aguijón retráctil, bien visible en el ‘culo’, o sea en la parte trasera del abdomen. Además, esos vivos colores negro y amarillo evocan instantáneamente al tigre, y me daba la impresión de que los otros invertebrados voladores las temían, como el gran félido llena de miedo la jungla cuando campea. Normal, porque comen otros insectos, contribuyendo a su control.

Pero todas esas características, entre auténticas y figuradas, se quedan cortas en la realidad. En los últimos días lo he visto perfectamente: mi novia tiene una terracita adornada con una maceta de lavandas de plástico, harta de que las vivas se le quemaran por lo mucho que pega el solazo allí. Y es el lugar donde, sin permiso, se ha instalado una pequeña colonia de avispas papeleras (Polistes gallicus), una de las variedades españolas más comunes. Muy, muy tranquilas: aun colocándonos a pocos centímetros, la avispa adulta que siempre vigila el nido -una como mínimo- se limita a ponerse en guardia. Nada de ‘guerra preventiva’, como otros: si no hay ataque, no hay respuesta.

Geometría de papel.

El panal es una auténtica maravilla: un manojo de celdas hexagonales unidas unas con otras, formando un conjunto que parece de papel o cartón fino, de ahí el nombre. Es que el cemento y el ladrillo que usan para construir es una mezcla de pasta de madera masticada y mezclada con su propia saliva… No tiene la complejidad de un panal de abejas, por supuesto, pero alegra los ojos por su belleza y sencillez. Una vez más, ¿qué o quién habrá enseñado arquitectura a los tigres aéreos? Y dentro de cada celda, o esa es la aspiración, una larva a la que alimentar y cuidar: es una gran guardería. Los adultos cazan otros insectos para dar de comer a los ‘peques’ rica proteína, mientras que ellos –además- se nutren de néctar y miel. De ahí viene la costumbre tan molesta que tienen de rondar los vasos de refrescos en las terrazas…

Otro secreto de las avispas papeleras: es una sociedad terriblemente feminista. Todos los individuos que vemos en torno al nido son hembras, y en esta especie en concreto, la avispa reina no se distingue de las otras salvo por la actitud: muestra sus dotes de mando, y las larvas son hijas suyas. Son todas féminas porque el ciclo vital de la avispa papelera es resumidamente así: cuando esos gusanitos de los hexágonos crezcan y metamorfoseen, emergerán de sus geométricas guaridas adultos de dos sexos. Pero después de fecundar a las hembras, los machos –que no blanden ni aguijón- morirán rápidamente, y ellas pasarán el invierno a buen recaudo para reactivarse con la primavera. Y construirán el nuevo panal, y aunque se junten varias solo una será reina, y pondrá las huevas… Pero si ésta muere, rápidamente otra asumirá el trono, se comerá a la descendencia de la anterior y la sustituirá por la suya.

La indeseada prima oriental

Están de moda, las sorprendentes avispas. No por las de toda la vida, sino por una variedad el doble de grande y oscura: la avispa asiática (Vespa velutina nigritorax), que ha puesto en alerta roja a los apicultores.

La prima asiática, contra la abeja (FOTO: ceambientalblog.blogspot.com.es)
La prima asiática, contra la abeja (FOTO: ceambientalblog.blogspot.com.es)

En 2004 ó 2005 desembarcó en Burdeos, al sur de Francia, y el verbo no es una opción literaria: al parecer llegó vía mercante, en un cargamento de madera sin tratar o de cajas que transportaban alfarería. Y desde allí ha ido extendiéndose hacia el sur: en 2010 ya se la detectó en Irún (Gipuzkoa) y ahora su distribución paulatina abarca toda la Cornisa Cantábrica hasta Portugal, y Cataluña por el este. Va avanzando, y tímidamente se introduce por el norte de Castilla y León. Se calcula que en una década residirá ya más o menos en toda España, o al menos en sus zonas más húmedas, por tratarse de una especie originalmente subtropical.

El problema de la velutina, que directamente no es peligrosa para los humanos, es que se alimenta fundamentalmente de abejas. Las avispas autóctonas lo hacen también en parte, pero se cobran una cantidad de piezas ínfima y equilibrada, en comparación con esta conocida como ‘avispa asesina’. Capaz de mantenerse quieta en el aire como un cernícalo, lo que hace la asiática es buscar los panales de abejas y lanzarse en picado a por sus habitantes, cuando entran o salen. De hecho, aparte de las muchísimas bajas directas que causa, uno de los problemas es que las amedrenta de tal manera que las presas no se atreven a salir de su hogar y terminan muriendo masivamente… de inanición.

Invasión irremediable.

Nido-balón de avispa asiática (FOTO: www.mieldeibias.com)
Nido-balón de avispa asiática (FOTO: www.mieldeibias.com)

Es un desastre para los productores de miel, pero también para el medio ambiente en general. Porque las abejas, ya muy tocadas previamente por ataques menos espectaculares de parásitos minúsculos también importados, son esenciales en la polinización de las plantas cultivadas o silvestres. De largo, los insectos más importantes en este aspecto. Y un gran inconveniente extra es que la avispa asiática, como buena importación descontextualizada, carece de enemigos a este lado del mundo. Su nido, parecido en tamaño a un balón de fútbol, suele estar colgado a más de 10 metros de altura en árboles frondosos, así que para cuando se descubre y puede ser eliminado, normalmente su ciclo biológico está completo y las reinas están ya hibernando…

¿Qué hacer? Incluso el Congreso de los Diputados sacó el año pasado una iniciativa para combatir a la avispa asiática a escala nacional. Uno de los métodos puede ser el uso de alguna feromona que atraiga a esta especie y se pueda capturar en masa. Pero claro, en época de recortes, ¿quién pone dinero para buscar eso? ¿Cuánto tardaría en encontrarse? De momento, habrá que seguir con la retirada de nidos, que como mucho ralentizará algo el problema. Todo apunta a que tendremos que acostumbrarnos a la invasora, y/o proteger a las abejas de otra manera. Por mucho que por una vez éste sea involuntario, el listado de estropicios humanos nunca estará en crisis.

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