¿Un plan invernal?, Fuerteventura

El mejor trabajo que me han insinuado en mi vida me iba a haber llevado a Lanzarote y Fuerteventura. Un amigo bien relacionado me llamó para escribir una guía de rutas de senderismo ornitológico por las dos islas Canarias más orientales, lo que evidentemente implicaba irme a vivir allí. Iban a ser unos meses de botas y prismáticos a tope, mandé el proyecto y todo mientras me frotaba las manos. Pero, como al final de Cien años de soledad, vino un viento y se lo llevó todo. La crisis.

Lo que no se llevó fueron mis ganas de pasarme por allí. Lanzarote (la más al este de las siete) ya la conocía, Fuerteventura no. Y sabía que iba a impactarme, porque no hay una solo isla canaria que no lo haga. Me la habían descrito como un desierto rodeado de mar, lo que se traducía en inmensas y solitarias playas. En parte es así, pero hay mucho más.

Cima de la Caldera de Lobos; al fondo Fuerteventura, con las dunas de Corralejo
Cima de la Caldera de Lobos; al fondo Fuerteventura, con las dunas de Corralejo

Ahora que las nieves y hielos están por todas partes, me apetece recomendar Fuerteventura, porque una escapada allí nunca defrauda, aunque solo sea por el solecito, la temperatura agradable y el baño garantizado. Fui un enero, como siempre gélido en la Península. Y demasiado placentero allí, a menos de 100 kilómetros de las costas africanas.  Efectivamente hizo falta lo que siempre es necesario en esas latitudes: buena provisión de agua y crema solar, además de gorro. La sombra solo la produciremos nosotros mismos.

Solo fueron dos días y medio, como viajamos los mileuristas con demasiados planes y que a la vez seguimos dependiendo de nuestro trabajo. Como de costumbre intenté abarcar más de lo que se estira el tiempo, pero fue un gustazo. Y lo primero que hice tras aterrizar en Puerto del Rosario es alquilar coche y tirar derecho al noreste, a Corralejo. Ahí confluyen dos parajes insólitos, separados por poco más de un par de kilómetros de azul en el mapa: las mayores dunas del archipiélago y el islote de Lobos, casi perfectamente virgen. Formaban el mismo parque natural, entre 1982 y 1994, y ahora siguen protegidos pero por separado. Como marca el mar.

Corralejo, paraíso dunar... ¿o lunar...?
Corralejo, paraíso dunar… ¿o lunar…?

La Luna en Tierra

En aquel viaje tenía las horas contadas. Y también la intención de acercarme al extremo majorero opuesto, a península Jandía, de la que ya contaré algo alguna otra vez. Así que poco me pude detener en ese inmenso arenal de las Dunas de Corralejo, situado técnicamente en el municipio de La Oliva. Son 8 kilómetros en línea de desierto paralelo al Atlántico, casi 2.700 hectáreas. Sus playas, ideales para el windsurf y sus variantes. Y hacia el interior, colinas eternas formadas por restos de moluscos literalmente hechos polvo.

La experiencia de patear por este material milenario en movimiento no tiene precio. Solo que no se puede uno salir mucho de los caminos ahora en invierno-primavera, cuando muchas aves están criando. Y se ha de tener siempre mucho cuidado con la exclusivísima vegetación adaptada a la arena y la sal. Si se penetra en este paraje al anochecer, o plenamente iluminados por los rayos de la Luna, la impresión es de no estar en nuestro planeta, sino precisamente en el blanco satélite. O en cualquier película de caravanas de dromedarios.

‘Delicatessen’ insular

Sí que dediqué más tiempo a Isla de Lobos, casi un día entero, y estuve lejos de arrepentirme: el que pueda, que vaya ya. Es un resalte en el estrecho de la Bocaina, brazo de Atlántico de 15 kilómetros que separa Fuerteventura de Lanzarote. El islote lobuno apenas dista unos 3 kilómetros de la espigada Fuerteventura, y unen ambas ínsulas varios ferris diarios de ida y vuelta, menos frecuentes en invierno y entre semana. Hay algunos fenómenos humanos que lo alcanzan nadando desde Corralejo. Si no somos Tarzán, escojamos el barco. Así llegaron hasta allí los romanos, como ha sido demostrado recientemente: abrieron un asentamiento para fabricar tinte púrpura a base de moluscos, cotizadísimo.

El Puertito: mirarlo es bañarse
El Puertito: mirarlo es bañarse

No se puede pernoctar en Lobos, salvo permiso previo del Cabildo insular y en un área delimitada para acampar. Al llegar nos toparemos con un pequeño muelle, donde nos saludará el busto verde de una señora de semblante serio y grandes gafas: es Josefina Pla, nacida allí en 1903, y que con los años sería un referente en la literatura paraguaya. Y muy cerca está El Puertito, mínima aldea de pescadores situada en una ensenada natural de aguas idílicas, sede del único restaurante. No hay nada más en las 470 hectáreas de isla, salvo un faro. O bueno, todo lo posible: nos moveremos a golpe de maravilla.

Para hacernos una idea, el perímetro isleño es de 13,5 kilómetros. Una red de senderos recorre buena mayor parte de los parajes de Lobos. Especialmente uno de punta a punta, hasta el faro de Martiño, en el extremo opuesto, mirando para Lanzarote. Son unos 10 kilómetros ida y vuelta, cruzando todo el ‘malpaís’ (una de mis palabras favoritas, que solo he escuchado en Canarias), o campo de pedruscos volcánicos erosionados. Visitaremos de paso la preciosa playita de La Concha, casi al salir, o el paraje marismeño de Las Lagunitas, buen observatorio de aves acuáticas.

Pero lo mejor de todo es el ascenso a la Caldera, claramente un volcán, techo del islote con 127 metros. Supone una hora tranquila en un desvío a mano izquierda, perfectamente marcado desde el camino principal hacia el faro. La panorámica desde la cima es difícilmente igualable, tanto de Fuerteventura (y ese nítido ‘espacio en blanco’ de las dunas de Corralejo) como de Lanzarote. Y apreciaremos de un vistazo tanto el interior como los límites de la deshabitada isleta, formado este último por pequeñas bahías y calas, a menudo inaccesibles.

¿Lobos… en Canarias?

Subida a la Caldera de Lobos, por todo el 'malpaís'
Subida a la Caldera de Lobos, por todo el ‘malpaís’

Tanto desde la Caldera como a pie de costa se advierte claramente que este mar es privilegiado, y se intuye que el gran ‘plus’ de estos enclaves se oculta a nuestros ojos. En estos fondos marinos laberínticos, llenos de cuevas y túneles, la fauna submarina es riquísima.

Y llegó la hora de empezar por el principio. ¿Por qué llamaron Lobos a esta isla? El Canis lupus, el popular carnívoro de los aullidos, nunca existió aquí. Pero la referencia es meridiana. Ocurre que quien pusiera este nombre no se refería a cánidos terrestres, sino a mamíferos oceánicos, a veces llamados ‘lobos de mar’. Concretamente, así denominaban los antiguos a la foca monje del Mediterráneo (Monachus monachus), que antaño pobló tanto el arco del ‘Mare nostrum’ como la costa atlántica noroeste de África. Y en Lobos, claro, tenía una de sus principales colonias.

‘Tenía’, otra vez ese maldito tiempo verbal. Sí, se extinguió. La extinguimos, en este caso y sobre todo porque los pescadores la consideraban competencia, aunque curiosamente las mejores poblaciones piscícolas se dan donde viven las focas. Pero ellos solo terminaron la escabechina, a principios del siglo XX. Desde mucho antes, los marineros cuyos barcos hacían escala en las ‘islas afortunadas’ con vistas a singladuras mucho mayores se aprovisionaban de carne y grasa de foca antes de emprender su incierto viaje. El apellido faunístico ‘monje’ se puede deber a cierto parecido de su pelaje con el tono de algunos hábitos, pero también a su gusto por las costas perdidas y rocosas, ‘desiertos’ poblacionales como aquellos que acogen muchos monasterios. El caso es que… las encontraron.

Su casa les espera

Foca monje o 'lobo marino' (Foto: Association Nature Initiative)
Foca monje o ‘lobo marino’ (Foto: Association Nature Initiative)

Ahora mismo, la foca monje mediterránea cuenta con una población mundial de unos 500 ejemplares, y se la considera uno de los 10 mamíferos más amenazados del mundo, además del pinnípedo que sufre mayor peligro. Esta superfamilia zoológica incluye lo que comúnmente llamamos focas, es decir las otarias (se les ven las pequeñas orejas y se manejan bastante bien en tierra), focas en sí como la nuestra (no se les ven y son más torpes fuera del agua) y la morsa. Hay dos zonas de cría en el Mediterráneo como tal (Grecia-Turquía y Marruecos-Argelia) y otras dos en el Atlántico (islas de Madeira y zona Sahara Occidental-Mauritania). Esta última es la más nutrida, con unos 300 animales, y va a más en los últimos años.

En España, después de la explosión inmobiliaria y costera de hace unas décadas, quedan pocos y anecdóticos rastros. En Canarias fueron abundantísimas pero desaparecieron, las últimas de Baleares sucumbieron en los 50 y de la Península en los 60, en la zona del Cabo de Gata (Almería). Algunas se dejan ver aún en las islas Chafarinas, territorialmente españolas pero pegadas a la costa de Marruecos, procedentes de la colonia argelino-marroquí. Ahí vivía el popular ‘Peluso’, un viejo individuo cuya vida peligraba por un aro metálico con el que se enganchó y que le comprimía el cuerpo. En una mediática operación fue capturado y liberado de su curioso yugo, pero se le perdió la pista en los 90. Y en 2008 se fotografió una foca monje en Calvià (Mallorca), medio siglo después de la última cita balear.

Éste es el triste resumen. En la Isla de Lobos solo queda su memoria en forma de topónimo. Pero el reto es que las ‘manadas’ retornen, para lo cual hay proyectos de reintroducción en marcha en varios puntos de Canarias como éste: protegidos, de fondos marinos idílicos y tranquilos, donde realmente solo faltan las focas. La idea es conseguir que con el tiempo haya continuidad entre las poblaciones de Cabo Blanco (Mauritania, extremo sur de su distribución) y Madeira (al norte de Canarias), aprovechando que la primera está registrando récords reproductivos. Es la guinda que le falta a este pequeño y desértico paraíso insular: que su verdadero dueño y razón nominal retorne a sus calas.

Isla de Lobos, desde Fuerteventura
Isla de Lobos, desde Fuerteventura

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