Primavera blanca en el Jerte

DSC_0158Son solo unos días, y este año se han hecho esperar. Este último marzo, lluvioso y frío como nunca desde que hay estadísticas, ha retrasado un par de semanas la esperada explosión blanca del valle del Jerte, en el norte de Cáceres: la floración simultánea, y efímera, de los centenares de miles de cerezos plantados en bancales, en sus laderas más bajas. Ha bastado un poco de sol este último fin de semana para que los ramilletes de flores blancas adornen las ramas, de momento en el fondo del valle, pues en un breve viaje en coche se pasa de poco más de 400 metros de altitud a los casi 900 del pueblo más elevado, Tornavacas. Allí hace más fresco y los pétalos se abren días más tarde.

El marco físico de este milagro combinado entre la Naturaleza y el agricultor no tiene misterios: nace el río Jerte cerca de los 1.275 metros del puerto de Tornavacas, límite con Ávila y Salamanca y considerado por muchos el extremo oeste de la sierra de Gredos (muy cerca se levanta El Calvitero, de 2.401 metros, techo de Extremadura). Desciende enseguida en diagonal, sentido noreste-suroeste, enmarcado por dos formaciones montañosas: los montes de Tras la Sierra al norte, que separan al valle del Jerte del de Ambroz; la sierra de Tormantos al sur, límite con la comarca vecina de la Vera.flor

Unos 70 kilómetros dura el canturrear del curso fluvial, embalsado antes de llegar a Plasencia, ciudad que supera para dar unos kilómetros más allá con sus líquidos en el Alagón, que a su vez nutrirá al Tajo. Múltiples arroyos y gargantas, entre ellas la protegida de Los Infiernos, van alimentando al río central. Y lo acompaña durante todo su tramo montañés -desde el puerto hasta Plasencia- la carretera N-110, la misma que unos cientos de kilómetros al norte llega a Soria. Este es el contexto geográfico de un valle de clima suavizado por los vientos húmedos del oeste, que templan el espacio.

Por lo demás, en la parte alta de las sierras crecen piornos, y poco más debajo de estos bosques ‘auténticos’ de roble rebollo, igual que en otras partes del norte extremeño. El factor diferencial es en realidad un cultivo, la brillante idea que hubo en el siglo XVIII de ir sustituyendo los castaños, afectados por la ‘enfermedad de la tinta’, por los más modestos pero aparentemente más exóticos cerezos. Tan brillante que a veces reluce al sol: a día de hoy la economía de la zona se basa en esta especie vegetal y su producto estrella, las cerezas, que se exportan desde aquí a muchos países. Así como el turismo que arrastran frutos y ramos.DSC_0143

Solo por unos días
Pocos árboles europeos florecen con esta espectacularidad y sobre todo en semejante concentración en un mismo territorio. En este período, echar un vistazo al monte en sus laderas bajas y medias da la misma sensación que mirar la barba de un hombre de mediana edad, que poco a poco va siendo tomada por las canas, sin llegar aún al blanco general y contundente de la de un octogenario. Pero el resultado es igualmente inusual, fascinante. Meterse de lleno en el cerezal, verlo de más cerca, sí inunda los ojos de puro ‘color acromático’.DSC_0150

Miles de personas se concentran en el Jerte los fines de semana en que la naturaleza lo vuelve inimitable. La Fiesta del Cerezo en Flor, que se celebra aquí en la segunda quincena de marzo, trata de coincidir con este momento, pero no siempre la primavera real coincide con la oficializada en el calendario, y este 2013 ha sido un buen ejemplo. La fase ‘láctea’ del valle durará una decena de jornadas o poco más, pero ahí seguirán los cerezos, que desde primeros de mayo hasta mitad del verano darán sus carnosas esferas, mi fruta preferida con amplia ventaja sobre la segunda clasificada.

Y el cerezo está siempre presente: plantones que se venden por doquier en los 11 pueblos del valle –con paciencia, mimos y suerte darán un puñado de flores y frutas en la terraza de algún afortunado-, productos típicos como la mermelada, licores, dulces, las propias cerezas de unas cuantas variedades… y un centro de interpretación. ¡De la cereza, claro!Jerteextra

Más allá de la fruta
Pero el Jerte vale la pena en cualquier momento. Por carretera se deja conocer usando la N-110 y sus ‘afluentes’, pero también fuera del asfalto, mediante 18 rutas señalizadas –para completar a pie, a caballo o en bici de montaña-, de distintas magnitudes y en conjunto aptas para todos los públicos.

Quien se atreva con el valle entero, puede usar el GR-10 (sendero de gran recorrido, marcado en blanco y rojo) entre el citado puerto de Tornavacas y la localidad de Cabezuela del Valle (unos 18 kilómetros), por la margen izquierda del curso acuático. En esta localidad de casco antiguo muy tradicional, Conjunto Histórico Artístico, se puede dejar el GR-10 (que vira hacia el oeste) para continuar paralelos al río, tomando el GR-110, mayoritariamente por la ribera derecha, que a lo largo de otros 48 kilómetros termina enlazando con la Vía de la Plata.cascada

Sin embargo no todo son ‘machacas’ o gente con tiempo, y unas cuantas caminatas breves son igualmente atractivas, como la circular que sube de Navaconcejo a la Garganta de las Nogaledas y vuelve a descender: apenas 4 kilómetros para llenar los ojos de la siempre estética agua en movimiento.

En definitiva, si no tenemos la suerte de pasar por allí los días de la exhibición natural del Jerte, cosas que hacer seguirá habiendo muchas. Pero es interesante tratar de que cuadren las variables de espacio y tiempo, estar en el lugar adecuado en el momento idóneo, al menos una vez en la vida. Sin ir más lejos, estos próximos días el particular ‘oro blanco’ de los cerezos aún cuelga de las ramas…

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