Ordesa: la Excursión y su fantasma

Primeros metros: abetal y faja de Fraucata
Primeros metros: abetal y faja de Fraucata

Sí, con mayúsculas. Es ‘La Excursión’ de España. Si hiciéramos una macroencuesta que englobase a todos los medianamente interesados en el senderismo, el valle de Ordesa ganaría. Es indemostrable, pero estoy seguro. La caminata remontando el río Arazas hasta donde se descuelga en la Cola de Caballo lo tiene todo: espectacularidad absoluta, ningún riesgo y accesibilidad para todos los públicos. Son 5 horas y media, entre ir y volver, dependiendo de ritmos y esmero fotográfico. Pan comido, y bien rico.

El valle de Ordesa da nombre al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, pero no es el único que éste incluye: hay otros desiguales tajos rocosos, como el cañón de Añisclo, el valle de Pineta o la garganta de Escuaín. Sin embargo, ninguno es tan especial. Ordesa, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, es abierto, el más típico modelo de erosión glaciar en forma de ‘U’, y llaman la atención sus paredones laterales: muchos no caen directamente en picado, sino en escalones, formando llamativas cornisas o ‘fajas’.

Este rincón nunca me cansa, y como el pasado fin de semana estuve por el norte de Huesca no quedó otra que ir. La tele hablaba de densas nevadas en el Pirineo, pero en nuestra ruta no fueron más que unos centímetros que, más que molestar, endulzaban el paisaje, como duchándolo de azúcar glas. Además, entre la exagerada previsión del tiempo y que era un finde cualquiera de noviembre, hubo poca gente. Porque lo malo de este enclave es su inmensa fama: en agosto, y muchos otros meses, difiere de la Romería del Rocío sobre todo porque faltan las carretas. Es el precio que hay que pagar.

Las Gradas de Soaso, capricho del río Arazas
Las Gradas de Soaso, capricho del río Arazas

La Excursión, de poco menos de 20 kilómetros ida y vuelta, no tiene pérdida, porque simplemente hay que usar el Arazas como guía. Antes de andar, desde el pueblecito de Torla, escasos y ascendentes minutos de carretera nos depositan en un plano habilitado para dejar los coches. En épocas más concurridas solo dejan pasar a los autobuses que parten desde el propio centro urbano, para evitar convertir al paraje en una pintoresca reproducción de la M-30 en hora punta.

El Arazas como eje

Aquí, en la llamada ‘Pradera de Ordesa’, echamos a andar. Apenas tres horitas nos separan de la Cola de Caballo, superando unos 500 metros de desnivel. Los primeros compases son llanos, ante la impresionante –como todas- faja de Fraucata. Muchos de los árboles que nos rodean son los rectísimos y preciosos abetos blancos, que recuerdan a lo que se destinaban (palo mayor de los barcos) y que en España solo se encuentran de forma natural en los Pirineos.

Enseguida, un monolito con una estatuilla de la Virgen del Pilar marca la única bifurcación seria del recorrido: seguimos por la derecha, porque hacia la izquierda (como viene en la señal) nos desviaríamos al circo de Cotatuero. Pronto nos meteremos en un encantador hayedo que surcaremos durante un buen rato, mientras a nuestra derecha, en sucesivos estrechamientos, el Arazas se encajona formando bonitas cascadas, como la de Arripas o las del Estrecho.

Regalo visual en forma de carámbanos
Regalo visual en forma de carámbanos

El camino se eleva por encima del río durante un tramo de curvas por mitad del bosque, el más empinado de todos, y después de alcanzar la pared izquierda del valle –adornada el sábado pasado a base de afilados y artísticos carámbanos- baja brevemente para unirse de nuevo al Arazas. Ahí ya apreciaremos otros árboles, como los abedules, el pino silvestre o el pino negro. Un breve tramo tranquilo lleva a un nuevo modo que tiene el curso fluvial de gustarse, las famosas gradas de Soaso, sucesión de pequeños saltos que, sí, parece un acuático anfiteatro.

Hermanas de altura

Soaso es el nombre del circo que forma el valle de Ordesa en el tramo final de la caminata. Tras superar las gradas encontramos un Arezas más calmado, con un monumental telón de fondo: la hermanada tripleta mágica de picos conocida como ‘Las Tres Sorores’. De izquierda a derecha, el Cilindro de Marboré (3.328 metros), que tardaremos unos minutos más en ver, cuando nos dé el ángulo; el Monte Perdido (3.355), 2º más alto de los Pirineos tras el Aneto, y 4º de España; y el Pico Añisclo (3.254).

Circo de Soaso, Monte Perdido y Pico Añisclo
Circo de Soaso, Monte Perdido y Pico Añisclo

Este último tramo de praderas está enlosado (¿por quién, para qué?), y es el más cómodo. Relativamente próximos al paredón izquierdo, con buena perspectiva del derecho –la imponente faja de Pelay-, llaneamos junto al río hasta la Cola de Caballo, quizá también la cascada más famosa del país, un capricho natural que hace honor a su nombre. Estamos a 1.887 metros.

Hemos completado la primera parte del clásico camino hacia el Perdido, cuya escalada implicaría primero continuar hasta la pared del fondo del circo y subir por uno de los dos ‘zigzags’ que lleva al refugio de Góriz (2.200 metros). Y seguir luego otro buen trecho hasta la cumbre, con sumo cuidado en la temible ‘Escupidera’, tobogán helado donde un resbalón sería el último. No vamos equipados para ello, será en otra ocasión.

Triste día de Reyes

La suntuosa Cola de Caballo
La suntuosa Cola de Caballo

Solo resta desandar lo andado. Los más animados y físicamente capacitados pueden hacerlo por un recorrido alternativo, encaramados a la misma faja de Pelay, usando la dura y a veces complicada ‘Senda de los Cazadores’. Cazadores y Pelay. Dos nombres que remiten a uno de los más bochornosos capítulos de la historia ambiental española, que tuvo su final en estos idílicos murallones.

Como en una fábula macabra, el día de Reyes del año 2000 los guardas forestales encontraron en dicha faja un árbol caído y, debajo, el cadáver de Celia. Era el último ejemplar a escala planetaria de bucardo o cabra montés pirenaica, subespecie exclusiva de la cordillera, y de la que ya solo queda su espectro. Admirando las inaccesibles cornisas de Ordesa, que parecen creadas precisamente para las cabras, incluso sorprende el ahínco y la codicia de trofeos que tuvieron que derrocharse para liquidarla.

La cabra montés o íbice ibérico, exclusiva de Pirineos e Iberia y científicamente llamada Capra pyrenaica, se divide (dividía) en cuatro variedades: C.p. victoriae, que prolifera por ejemplo en el Sistema Central; C.p. hispanica, de las sierras más mediterráneas; y las literalmente exterminadas a tiros C.p. lusitanica (variedad de la Cornisa Cantábrica, Galicia y Portugal desaparecida en 1892) y C.p. pyrenaica, nuestro bucardo. Este último se caracterizaba por una cornamenta en lira, más gruesa en la base y más larga que la de las otras razas, y un pelaje más denso.

Circo de Soaso; a la izquierda, Faja de Pelay
Circo de Soaso; a la izquierda, Faja de Pelay

Pero el golpe fatal de Celia no fue más que una desagradable ironía del destino; el bucardo era ya un muerto viviente. Desde una perspectiva humana, no existen calificativos para lo que hemos logrado. Abundante hasta el siglo XIX y distribuida de punta a punta del Pirineo, se puso de moda como trofeo entre los cazadores, que demostraron mucha más puntería que sensibilidad: hacia 1900 sus efectivos totales eran un puñado, confinado en la vertiente sur.

Supervivientes

Cuando ya se consideraba al bucardo desaparecido, en 1913 se encontraron unos pocos, precisamente en los vertiginosos riscos de Ordesa. Se prohibió su caza, y se declaró la zona Parque Nacional en 1918. En los años 30 se estimaba su número en pocas decenas, y aunque ya no se disparara contra ellas, el umbral de la extinción estaba casi cruzado.

Uno de los últimos machos monteses de Ordesa (FOTO: Bernard Clos/www.bucardo.es)
Uno de los últimos machos monteses de Ordesa (FOTO: Bernard Clos/www.bucardo.es)

Estoicamente, el mínimo rebaño aguantó unos decenios. Como destaca la exclusiva web www.bucardo.es, a finales de los 70 y principios de los 80, el montañero francés Bernard Clos pudo incluso fotografiar a esos pocos ejemplares que quedaban. El reportaje gráfico es valiosísimo para cualquier amante de la fauna, y forma parte del libro El Bucardo de los Pirineos, de Kees Woutersen, que se ofrece en dicha página.

Y, súbitamente, cuando más se lo protegía, el bucardo cayó al abismo. No se sabe muy bien por qué, quizá por un conjunto de factores, como casi siempre. Por ejemplo la consanguinidad exponencial: en poblaciones tan sumamente reducidas, todos los ejemplares terminan siendo parientes y eso es reproductivamente inviable. También pudo contribuir la competencia con otras especies: hoy día pueblan el parque unos 1.500 rebecos o sarrios, otras finas y bonitas cabras salvajes de las alturas que, para su fortuna, no lucen grandes cuernos. E incluso las propias características genéticas de la raza, al parecer más sensible que otras a las infecciones. Cuando tu población suma cuatro gatos, una peste puede ser fatal.

Los tardíos esfuerzos de las instituciones aragonesas, nacionales y comunitarias sirvieron de poco. Se trató de capturar los 15 ejemplares restantes a principios de los 90, para poder criarlos en cautividad con más garantías, pero en su hábitat vertical era una utopía hacerlo incruentamente. Se liberaron en Ordesa un par de machos de la subespecie hispanica, la más parecida, para al menos tratar de concebir hipotéticos ‘semibucardos’ salvajes; pero los recién llegados se adaptaron mal, solo duraron vivos un par de años y, aunque preñaron alguna hembra, terminó no habiendo partos.

El cadáver de la última cabra montés pirenaica, en 2000 (FOTO: www.bucardo.es)
El cadáver de la última cabra montés pirenaica, en 2000 (FOTO: www.bucardo.es)

La esperanza es Spielberg

El reloj se acercaba a cero. Se capturaron dos ejemplares para cruzarlos en cautividad, en 1998, pero la penúltima hembra murió de vieja. En 1999 solo quedaba Celia, y se buscó conservar una última ilusión, confiando en lo que sería llamado I+D. ¡La clonación! El animal fue capturado y se le extrajeron muestras de ADN para, cuando avance la ciencia, ¿poder obrar el milagro?, a lo Jurassic Park.

Las muestras de Celia, liberada y fallecida poco después, se han conservado en nitrógeno líquido, y han dado razones para un leve optimismo. Porque en la primera década del siglo XXI, ya sin bucardos, se usó parte de esos restos para intentar desde ya el imposible: la generación de embriones clónicos de la extinta variedad, empleando ese material genético y el de cabras domésticas, de forma que prevaleciera el primero.

Unos minutos de milagro

Se consiguieron unas decenas de embriones, insertados a continuación en los úteros de medio centenar de cabras hispánicas o híbridas, involuntarios ‘vientres de alquiler’. Pocas entraron en gestación, y solo una, ¡¡pero una!!, obró el milagro: el 30 de junio de 2003 dio a luz a una cabritilla. Solo duró unos minutos en este mundo, por problemas respiratorios, pero al analizarlo se comprobó que sí, que el malogrado bebé era un clon perfecto de Celia. A mí, que soy muy de a pie, me parece equiparable a lo de los panes y los peces. Pero con más mérito, sin poderes divinos de por medio.

Celia, disecada, llega a Torla en noviembre de 2012 (FOTO: Manolo Grasa/www.bucardo.es).
Celia, disecada, llega a Torla en noviembre de 2012 (FOTO: Manolo Grasa/www.bucardo.es).

Los investigadores no han dado aún con la tecla definitiva para que todo esto prospere con solvencia. Pero es de esperar que cada vez quede menos; el Gobierno de Aragón busca financiación para retomar el proyecto. ¿Será en décadas, en siglos? Hoy, el cuerpo disecado de Celia es el epicentro del Museo del Bucardo, abierto en Torla hace pocos meses. Y mientras, los genes de la última cabra duermen congelados, conservando la esperanza de una segunda oportunidad. Para el bucardo y para nuestra conciencia colectiva.

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