Madrid solitario: huyendo de las torres

DSC_0206Si la Comunidad de Madrid es un triángulo imaginario casi perfecto, nos encontramos cerca del vértice por el lado derecho, es decir el noreste, a unos 60 kilómetros de la ciudad, en tierras del municipio de Patones. Tan, tan al borde que este río Lozoya que hemos venido a visitar es la frontera con Guadalajara. Siempre me encantó esa sensación de cambio repentino, por ejemplo la de pasar en un chasquido de dedos de la llanura a la montaña, tan de golpe como sucede en Palencia: 90% de campos dorados y 10% de repentina empalizada de cumbres. En esta parte de Madrid el choque no es tan físico como mental: de los atascos al sosiego, en poco más de media hora de coche…

Cierto que desde cualquier altozano, si proyectamos la mirada hacia el espacio abierto que se extiende a nuestras las espaldas (y no hacia el paredón artificial de 30 metros que nos tapa el valle de enfrente), descubriremos que la urbe no desaparece: uno, dos, tres, cuatro… Sí, también desde aquí se divisan los rascacielos de la ex ciudad deportiva del Real Madrid. En realidad, si da el ángulo, no hay manera de librarse de ellos en casi cualquier horizonte regional.

Miremos, entonces, más a corto. Luce fresco, el río Lozoya, tremendamente claro; son sus últimos metros de canturreo tras 90 kilómetros de vida por este norte madrileño, y poco más allá se funde con el Jarama y viaja hacia la capital. Sus aguas, procedentes de los granitos de Peñalara, son de gran calidad, se han ganado fama internacional. Y allá por mediados del siglo XIX, la urbe madrileña –ésa que digo que quiero olvidar por un rato, pero no lo he logrado- crecía y crecía. Había que dar de beber a cada vez más gente…

Así que se levantó aquí otra obra de ingeniería importante, más modesta que las a la par cercanas y lejanas torres, pero magnífica en su momento: la presa del Pontón de la Oliva, primer hito de la red de embalses y canalizaciones aún vigente para el suministro de la capital, que recibió el nombre de la cabeza del estado de entonces: ‘Canal de Isabel II’. Este sistema ha dejado sus huellas en el paisaje de los alrededores, en forma de grandes canalones y pequeños acueductos que en algunos casos salvan desniveles sorprendentes.DSC_0064

El proyecto del Pontón de la Oliva, cronológicamente primer embalse del Lozoya, usó a miles de trabajadores como mano de obra, muchos de ellos presos que, irónicamente, edificaban un muro para que tampoco el agua huyese a su antojo. El caso es que la infraestructura duró poco en acción, por problemas de filtraciones, que es de lo peor que le puede pasar a una presa…. Pero es bonita en su sobriedad, se conserva bien, es curiosa de ver. Y puede convertirse en una puerta medianamente mágica.

Portón, o Pontón, para cambiar de mundo.
Según la miramos desde la carretera que viene desde Patones de Abajo, unas rampas y escalerillas por su parte izquierda nos permiten superar la muralla artificial. Y allí no hay más que seguir un sendero inicialmente pegado a la roca, separado del abismo por una barandilla metálica, para cruzar un simbólico umbral, como un portón permanentemente cerrado. La civilización queda atrás. Delante… nada. O casi todo

Echemos a andar remontando el río sin esfuerzo, que el paseo es agradable. Un sendero fácil, a media ladera entre jaras, retamas y romeros, nos mete de pronto en un paisaje que sorprende por su soledad. En la otra orilla se suceden los paredones donde, con buen tiempo, proliferan los escaladores. Por este lado es probable que no nos encontremos con nadie, más aún ahora que el viento sopla gélido.

Abajo, junto al cauce, pastos fresquísimos dan de comer a unas pocas vacas. Árboles acompañantes de toda corriente que se precie –fresnos, sauces, álamos, alisos- no faltan; es más, abundan. En esta época, las flores blancas del almendro le ponen un toque nevado al entorno. Con un poco de suerte los corzos tardarán lo suficiente en escapar como para verlos de cerca, e incluso los jabalíes.

Todo esto guardaba la gran puerta de la Oliva. El Sendero de Gran Recorrido (GR) 88 nace aquí, y sin muchas complicaciones nos conduce por el despoblado paisaje: no hay más que remontar el Lozoya sin desnivel alguno para alcanzar la presa del Atazar, ésta sí en plena forma hidrológica, pues forma el mayor embalse de la región madrileña.

También se puede optar por una revuelta circular que supone algo de cuesta, pero poca. El descrito recorrido se adentra sin pérdida en parajes puros hasta un tranquilo soto en que, a unos 5 kms. del comienzo, al camino que sigue hacia el Atazar le brota un claro ramal a su izquierda que sube hacia las colinas, más secas de lo que habíamos visto hasta ahora. La pista remonta y termina cruzándose con una modesta carretera que nos conduciría de vuelta hasta el Pontón, si no fuera porque podemos seguir pisando tierra, siempre más emocionante.DSC_0236

Antes de descender definitivamente a nuestro punto de origen, vale la pena desviarse unos minutos a un sensacional mirador que nos muestra el pequeño cañón del bajo Lozoya en pleno esplendor, imagen cenital de lo que fueron nuestras pisadas iniciales y de la misma presa, sensación que nunca defrauda. Aunque las torres de la ingeniería moderna se quieran hacer notar allá a lo lejos.

El recorrido completo supera por poco los 10 kilómetros, pero también se puede ascender al Cancho de la Cabeza (1.263 metros), en busca de mejores panorámicas, para concluir descendiendo a la imprescindible y reconstruida aldea de Patones de Arriba, show de casas aterrazadas de pizarra, bodegas en la roca y otros testimonios de tiempos perdidos, donde restaurantes y alojamiento no faltarán. Eso sí, preferentemente que no sea en fin de semana y menos de meses cálidos: la urbe parece lejos, pero sigue cerca…

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