¿La última primavera del arao?

De Picos a la costa gallega.

Algunas de las mejores semanas que recuerdo las pasé en un campamento de verano del FAPAS (Fondo Asturiano para la Protección de los Animales Salvajes), con 15 y 16 años. Estaba en una mínima aldea astur de Picos de Europa, pegando con Cantabria, en la zona del imponente desfiladero de la Hermida. Un pequeño agujero verde rodeado de cumbres de desniveles máximos. Grandes tiendas de campaña de lona verde, con 6 literas cada una, formaban nuestro poblado.

Por entonces, 1992-93, los móviles e Internet se circunscribían a proyectos militares y películas de espías, y entre el puñado de casas del pueblo sumaban un único teléfono público. Una angosta y revirada carretera comunicaba aquello con el resto del universo, y por ella llegaba de vez en cuando un señor montado en un pequeño tractor, a traer el correo. En el pueblo había muchas vacas, una pequeña quesería y poca gente. Nos sentíamos aislados del mundo, y en realidad lo estábamos.

San Esteban de Cuñaba, una joya en las montañas asturianas (FOTO: www.asturiasdecerca.es)
San Esteban de Cuñaba, una joya en las montañas asturianas (FOTO: www.asturiasdecerca.es)

Y yo, que llegué allí ya absolutamente contaminado con el saludable virus de la naturaleza, estaba en mi salsa. Nunca lo he estado tanto. Los acampados no teníamos nada concreto que hacer, pero no parábamos. Un día, a subir a la cabeza del valle; otro, bajar por el cauce ruidoso del arroyo que se despeñaba desde allí; al siguiente, recolectar frutos silvestres para repoblar otros montes más necesitados; al otro, anillar pájaros; todos, diversión y compañerismo. En cuanto al virus, salí peor de lo que entré, como era de esperar.

Tanto entusiasmo debí de demostrarles a mis añorados monitores que en 1993 me ofrecieron quedarme 15 días extra, ayudándoles con grupos de chavales más pequeños que yo. Era pleno verano y el mejor plan que podrían proponerme, así que acepté con los ojos cerrados. Al final de aquel ‘trabajo’ no hubo sueldo, pero sí premio: un libro que me dijeron que era «la Biblia» de la identificación de seres alados europeos. Es ‘La Peterson’, que toma el nombre del más importante de sus tres autores, el magnífico ilustrador Roger Peterson. Quien exagera mínima, pero deliberadamente, las características diferenciales de cada especie, para que te fijes más en ellas.

Conmigo sigue la vieja guía, uno de mis más entrañables tesoros. En una de sus últimas hojas escribí algo. En la letra se nota lo joven que era, en la frase influencia, afición y amistades: «Queridos amigos de la Fauna Ibérica, al terminar mi estancia en San Esteban de Cuñaba (Asturias) el 30-8-1993, he visto con seguridad un total de 74 especies de aves salvajes europeas. Ahora, gracias a la Peterson y a Álvaro, Jose, Mariola y Becky espero ver muchísimas más. ¡A ver si llego a las 274! CE, 9-9-1993». Dos décadas después, no he alcanzado aún el objetivo: voy por 239. Que, no habiéndome dedicado a esto, tampoco está mal.

'La Peterson'
‘La Peterson’

De esos cuatro citados, tres eran los encargados y el otro Álvaro Barros, gallego de mi edad, máximo compañero de aventuras por esas montañas y al que también le ofrecieron quedarse más. Pero con bastante más razón: nunca he conocido a alguien tan apasionado de las aves, ni nadie que con 16 años supiera tantísimo de alguna materia. Me fascinaba escuchar sus batallas ornitológicas en las tertulias nocturnas con los monitores, porque ya entonces era un sabio. Yo, que soy muy de sobrenombres, rápidamente le bauticé ‘Profesor’ Barros. El más joven que nunca tuve.

Y a él, y allí, le escuché hablar por primera vez de un ave marina que yo desconocía, pero que en los 90 ya estaba cayendo en picado: el arao (Uria aalge). Para el profano tiene un aspecto digamos que pingüinoide. Primero por la postura: aunque puede volar, se mantiene erguido cuando se posa. También por forma y colores, de pico puntiagudo, partes superiores negras o chocolate oscuro, e inferiores blancas. Y porque bucea para pescar su alimento.

Después de aquello el ‘Profesor’ y yo mantuvimos el contacto unos años, pero luego se perdió. 10 años después me pregunté qué habría sido de mi amigo y, a la vez, de la especie que me dio a conocer, muy poco publicitada al sur de los Pirineos. He experimentado la alegría de volver a hablar con el primero. Pero, cuando le pregunté por el segundo, como uno de los pocos que me pueden informar sobre este bicho con autoridad y experiencia propia, ya me advirtió: «Prepara el pañuelo». Así ha sido la debacle de un ave de la que nadie habla, pero que se va; veremos en primavera si ya se ha ido.

De miles de parejas a… ¿ninguna?

La desaparición del arao de los cantiles ibéricos es una de las caídas más repentinas que se registran. En los años 40 del siglo XX existía en todo el Cantábrico y especialmente en toda la costa gallega, para una estimación de unas 6.000 parejas: ¡era «el ave marina más abundante de Galicia»!, asegura el experto. Criaba al menos en 8 colonias en esta región, y más al sur, en las portuguesas Islas Berlengas, había otra enorme colonia -la única de Portugal- de otros tantos miles. En 2013: 1 ó 2 parejas en Galicia… ninguna en las Berlengas. Miedo da pensar en 2014.

Arao común (FOTO: Andreas Trepte, www.photo-natur.de)
Arao común (FOTO: Andreas Trepte, www.photo-natur.de)

Otro cantar es la invernada, cuando el arao resulta «abundante, habitual en pequeños grupos» incluso en puertos deportivos. La mayoría son ejemplares británicos que se desplazan más al sur en busca de un clima un pelín más benigno, y pasan en las costas ibéricas entre diciembre y marzo, aproximadamente. Eso no fructifica en que se queden a reproducirse aquí: llegado el día, el instinto colonial les empuja a los acantilados del norte.

Hay una ‘buena’ noticia que aleja un poco este caso de la gravedad de otros, como la desaparición de la cabra montés pirenaica: que el llamado ‘arao ibérico’ no es una subespecie aparte, aunque figure como tal en muchos lugares. Barros me saca del error. Sucedió que, a mediados de los años 40, el mítico naturalista salmantino Francisco Bernis capturó algunos de los entonces abundantes araos de la costa gallega, y los catalogó así por diferencias de tono y tamaño con otras poblaciones. Hoy, aclara Barros, no está aceptado: el listón para dar semejante rango a un conjunto faunístico está más alto que antaño y, como no quedan, «nadie comprobó si es subespecie o no». Faltan, por ejemplo, análisis genéticos que lo corroboren.

Lo paradójico, lo sorprendente, es que en general no es un ave escasa. Abunda en toda la fachada atlántica europea y el Ártico (¡entre 3 y 4 millones de parejas!). Lo único es que la parte ibérica supone su límite sur de distribución, y siempre es más normal que una variedad animal empiece a desaparecer por los laterales, no por el núcleo. Cuando fue catalogado en Galicia como especie en peligro de extinción y la Xunta lanzó un plan de salvamento, hace pocos años, ya era «papel mojado» desde el principio, pues la especie era inviable: «Quedaban 5 parejas, y ahora una».

El arao es un típico morador de acantilado que cae a pico, en vertical, como los paredones basálticos de las Islas Británicas, que tienden a formar cornisas Allí el animal deposita su único huevo, de extraña forma casi triangular, ‘pensado’ para que no ruede en esos estrechos escalones. El ‘Profesor’ destaca de todos modos que en Galicia «hay pocos así», y otra peculiaridad del arao gallego es que al ser la costa más bien granítica y suave, criaba en lo que allí llaman ‘furnas’, esto es cuevas marinas en la base del cantil, semisumergidas.

Cabo Vilán y sus islotes, el último reducto del arao ibérico (FOTO: Antonio Sandoval)
Cabo Vilán y sus islotes, el último reducto del arao ibérico (FOTO: Antonio Sandoval)

Trampas de nylon.

Pero la pregunta clave es, una vez más, ¿por qué? ¿Por qué al sur de su distribución está a punto de extinguirse, si no lo ha hecho ya, y prolifera más al norte? Puede deberse, como casi siempre, a un conjunto de factores. Su alimentación, basada en pequeños peces pelágicos (de aguas alejadas de la costa) que captura buceando puede ser una de las claves de su regresión.

En primer lugar, ¿quizá?, le ha matado el ocaso de la anchoa gallega, que prácticamente se extinguió de sobrepesca en los 80 y que según algunos habría arrastrado al arao al abismo. Pero Barros matiza que es una posibilidad más bien especulativa, ya que «nunca nadie vio si comía anchoa o no en Galicia». Tampoco le ha favorecido la contaminación de las aguas, con su cenit en la lamentable marea negra del ‘Prestige’ (y su resultado judicial).

Parece más claro, en cambio, que los problemas para el arao ibérico se acrecentaron con la modernidad, con la irrupción del nylon al mundo de la pesca en los años 70, lo que supuso redes más baratas, trampas mortales poco o nada selectivas. Sobre todo en la especialidad de ‘trasmallo’: pequeños paños de red que se colocan en vertical, desde el fondo, y que se pueden describir «como redes de deriva a pequeña escala», que «se pusieron como de moda» en las zonas costeras. Se traduce en que todo lo que toca con ellas, aves buceadoras inclusive, queda enganchado y se ahoga. Sus estragos los sabe bien Barros, que está en plena tesis sobre el cormorán moñudo: para esta otra buceadora es «la primera causa de mortalidad».

Arao ibérico cerca de Cabo Vilán, en 2010 (FOTO: Antonio Sandoval)
Arao ibérico cerca de Cabo Vilán, en 2010 (FOTO: Antonio Sandoval)

Por si fuera poco, el arao es un animal sumamente colonial y de costumbres: tiende a criar en colonias enormes, y la mera presencia de otros muchos congéneres con idénticas intenciones reproductivas estimula ese mismo comportamieno. En una pescadilla que se muerde la cola y que hace mucho que dejó de pasar en Galicia. Pero a la vez, son ‘cabezotas’: se resisten a abandonar el cantil donde una vez hubo colonia. Y además son longevos, viven «entre 15 y 20 años sin problemas», de no toparse con los enemigos antes citados. Dado su carácter digamos ‘conservador’, esos pocos que subsisten siguen intentando procrear en Galicia, temporada tras temporada. Parecen espectros nostálgicos de un glorioso pasado.

Dos mundos a 400 kilómetros.

El futuro del arao, no hace falta decirlo, es «muy negro». Pero me alegra que un naturalista avezado como Álvaro Barros conserve un punto de optimismo, porque inmediatamente añade que el drama es «a escala humana». Con esto quiere decir que ante una extinción a la que solo le falta la rúbrica, el tiempo hará su trabajo: como sigue siendo abundante en otras latitudes, quizá vuelva por sus propias alas.

«No se ha extinguido una especie, sino una población», continúa. A solo 400 kilómetros en línea recta hacia el norte de Galicia, recalca el biólogo, el arao cuenta con grandes colonias en la Bretaña francesa. Si esas colonias fueran en el futuro tan bien que terminasen desbordando individuos, los excedentes no tendrían más remedio que buscar nuevos territorios de cría, combatiendo su empeño natural de no cambiar de hogar. ¿Qué mejor sitio que el que ya usaron otros ancestros?

Dejémosle la casa limpia.

Por todo eso, Barros no es partidario de intentar reintroducirlo. El puro intento «supondría un esfuerzo enorme», humano y económico, «para unas mínimas posibilidades de éxito». La clave es «mantener su hábitat en las mejores condiciones». Y cuando los factores que lo fulminaron desaparezcan en Galicia, «ya sean causas naturales o el impacto humano», no es difícil que la especie retorne desde allí mismo «dentro de equis años». Eso sí, «tú y yo no lo vamos a ver», adelanta. Una lástima.

Una de las últimas zonas de nidificación del arao ibérico (FOTO: Antonio Sandoval)
Una de las últimas zonas de nidificación del arao ibérico (FOTO: Antonio Sandoval)

Porque el problema va más allá. La cuestión no es únicamente que desaparezca una especie, aunque sea a escala regional. El drama adicional en este caso es que a la vez es consecuencia y síntoma: «Los propios marineros te lo pueden decir: las aves marinas, que dependen al 100% del mar, están en la parte alta de la cadena trófica», y para que caigan significa que la base ha perdido fortaleza. Refleja de forma inequívoca una «luz de alarma», la de que algo va muy mal en el océano.

A la espera de que el tiempo dé una segunda oportunidad, esta primavera, otra vez, las últimas ‘furnas’ del arao ibérico serán visitadas por «fulanito y sus colegas», como define Barros a los ornitólogos que dedican su tiempo a estas cosas y por puro amor al arte, incluido él mismo. ¿Estarán de nuevo allí sus pájaros? ¿Cuándo será la última vez?

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