Kilimanjaro (II): Libertad, en lo más alto

Día 2, Machame camp-Shira camp: el mundo cambiante

Nos habíamos quedado en el campamento Machame, a 2.850 metros de altura, con un desayuno potente sobre la manta de picnic, buen reconstituyente tras una noche húmeda y fresca. Nos esperaban apenas 9 kilómetros hasta Shira camp, segundo dormitorio del viaje. Bastante más duros, con casi mil metros de desnivel a superar. Pero como siempre iremos ‘pole pole’, despacito, que a partir de hoy el mal de altura puede aparecer en cualquier momento.

Atasco y descanso entre los brezos gigantes
Atasco y descanso entre los brezos gigantes

Serán unas 6 horas de caminata, pero el trámite no se te hace tan largo como sospecharías, con tanto tiempo libre. Amanece en torno a las 6.30 horas, a las 19.00 el sol es historia lejana y no echamos a andar hasta las 8.00 y pico, así que cada día cunde la mitad. Todos los días hay té con palomitas para recibir al ‘mzungu’, al blanco. ¿Herencia británica…? Y muy poco después la cena, siempre apabullante en cantidad y calidad. Tanto que al segundo día ya le digo a Peter, el cocinero, que por mí prescinda de las palomitas… Entre eso, anotar las vivencias de la ruta y leer un poco, la jornada se te pasa en un suspiro.

Esta primera mañana en las faldas del Kilimanjaro es como bucear por un mar de bruma. Da la impresión de que hoy estaremos a todas horas sumergidos en agua de esta forma tan peculiar. El campo Machame es la frontera exacta de la selva. Desde aquí para arriba nos metemos en un sombrío monte de brezos gigantes, más altos que cualquiera de nosotros, a veces en forma de árbol. La humedad es absoluta.

‘Kilimanjaro song’

Hoy es la etapa más concurrida de todas, no sé si en número de montañeros pero sí al menos en apariencia. Ayuda a esa sensación el hecho de que el camino delimitado y ‘oficializado’ con estacas ya no está más, ahora es una senda rocosa, mucho más estrecha y a ratos empinadísima y deslizante. Así que, dependiendo de la velocidad a la que vayamos los ‘guiris’, se forman pequeños atascos.

En unos pasos algo dificultosos el campamento queda muy abajo. El toque exótico extra, y hasta ‘colonial’, lo da una canción que resuena por todo el valle, y que entonan desde más abajo los porteadores de una expedición más numerosa. Un coro inconfundiblemente africano y de ritmo machacón, que dice así, al principio:

– Jambo, jambo bwana! Habari gani?, mzuri sana! Wageni mwakaribishwa! Kilimanjaro, hakuna matata…

Y luego sigue más, con mucho hincapié en ese “hakuna matata” que todos conocemos desde ‘El Rey León’. Sin tener ni idea de suajili, hay palabras que te suenan también de las películas de exploradores (“bwana”). Sinai me lo traduce, aclara que es la ‘Kilimanjaro song’. Esa parte inicial sería algo así como: “¡Hola, hola señor! ¿Cómo estás?, ¡muy bien! ¡Bienvenidos, visitantes! Kilimanjaro, no hay problema…”.

Dendrosenecios gigantes
Dendrosenecios gigantes

Y luego habla de que hay que ir despacio y beber mucha agua… En fin, un conjunto entre entrañable y terrible de tópicos y palabras básicas para los turistas como yo. De vez en cuando, Sinai me enseña algunas otras, las más obvias, y me pide que se las diga en español.

A escasa velocidad vamos ganando metros, entre frío vapor de agua y un firme de roca muy resbaladiza. Nos paramos mucho, y charlamos con otros grupos con los que ya hemos coincidido el primer día. Uno de daneses jovencísimos que están estudiando inglés en la capital tanzana Dar es Salaam, otro de alemanes. Como siempre pasa en la montaña, somos automáticamente grandes amigos; los líderes de los países en guerra deberían marchar juntos de excursión. Más arriba crecen especies vegetales extraordinarias, como los extraños dendrosenecios gigantes (véase la foto), y terminan disminuyendo los brezos y apareciendo otras plantas como las lobelias, que parecen piñas tropicales plantadas en el erial.

Mediado el sector matinal, súbitamente el sol sopla a su manera sobre la cortina de nubes, la descorre y vemos la montaña gigante que pretendemos coronar. Todo entre un “oooh” generalizado de los variopintos expedicionarios, como cuando hay fuegos artificiales. Parece muy cerca, pero no lo está. Tras un collado de vistas sublimes, ya con menos pendiente, atravesamos una parte de roca ya claramente volcánica y vegetación cada vez más baja y leñosa. Emergidos ya del mar de nubes, el paisaje de todo el macizo es fascinante. No tan lejos, destacando sobre ese mismo océano blanco, destaca un islote inmenso hacia el oeste: es el monte Meru (4.566 metros), tercero de Tanzania.

Una pequeña  bajada nos deposita en el Shira camp (3.766 metros), donde ‘the team’ ya ha instalado nuestras casitas de lona. Por cierto que hoy descansamos unos 40 metros por encima del Teide, así que personalmente estoy más alto que nunca antes. Durante un par de jornadas más seguiré ampliando esta simbólica marca personal.

Día 3, Shira camp-Arrow Glacier camp: aparece ‘el mal’

Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás
Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás

La noche en Shira es seca pero fría: el ventarrón no deja de pegar ni un minuto, moviendo la tienda como una vela de barco. Aun así, duermo relativamente bien. Del mal de altura no tengo noticias. ¡Mejor! Ayer por la tarde subimos a un pequeño resalte del terreno (nada, ni 100 metros más de altitud), para aclimatar un poco el cuerpo y dormir tras restar de nuevo esa misma altura: algo habrá contribuido.

La hoja de ruta de hoy indica 8 kilómetros y otros mil y poquito metros más de desnivel positivo. La verdad es que la tercera jornada empieza y termina siendo desagradable para el organismo, maravillosos paisajes al margen. Al principio la ventisca es verdaderamente heladora, choca un poco porque no hay ni rastro de nieve y porque las vistas son más bien propias de un desierto pedregoso, o de un asteroide. Nos rodean rojizas y plúmbeas rocas de todos los tamaños y regueros solidificados de lava, que no disimulan que una vez fueron vomitados por el cráter al que nos dirigimos. Desde hoy, la vida vegetal se limita a meros matojos. Ascendemos a paso cansino, por un sendero apenas marcado y de moderada pendiente, más regular que la de ayer.

La ‘meta volante’ es un picacho inconfundible, el Lava Tower, a unos 4.600 metros de altura. Es punto de referencia, y para nosotros desvío, porque la mayoría de los otros visitantes -hoy todos- bajarán ahora al Barranco camp, más al este, para emprender alguna de las subidas más asequibles, por ejemplo siguiendo la ruta Machame tal cual. Nosotros en cambio viramos al oeste, emprendiendo un tramo que mira mucho más al cielo, para aproximarnos al llamado Arrow Glacier camp. Es éste una nueva explanada donde acampar al pie de la Western Breach, esa ladera radical que nos separa del cráter y prácticamente de la cumbre, y que será trabajo de mañana. Vamos muy, muy despacio. A veces me desespero, pero tengo que aceptar que es y ha de ser así.

A diferencia de ayer mismo, cuando conté no menos de 50 tiendas en Shira camp, hoy en Arrow (4.870 metros) solo hay tres: las nuestras. La única vida animal que se aprecia por el entorno son los enormes cuervos píos africanos, de espalda blanca. Están en todos los campamentos, tratando de conseguir comida, y si no fuera porque esperan algo de nosotros tampoco pasarían por aquí. Por otra parte, cuando me encuentro dando una mínima vuelta en torno al desolado campamento, aparece de pronto el particular ‘hombre del mazo’ de estos viajes. Empiezo a sentirme mal: un poco de dolor de cabeza, algunas náuseas, debilidad repentina… Pequeños contratiempos que, sumados, me dejan tocado. Es mal de altura, pero agudo no. Lo asumible.

Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach
Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach

Negociación en las alturas

Poco antes de la cena tengo una reunión seria con Sinai. Lleva todo el día haciendo hincapié en que lo que nos espera mañana es difícil, “arriesgado”, “pones tu vida en riesgo” y tal, porque la Western Breach es una zona de desprendimientos. Es cierto que en 2006 hubo tres montañeros muertos por ese motivo, y que llegó a estar prohibida por un tiempo; pero también es verdad que muertos hay todos los años en los Pirineos, y nadie deja de ir. Ya me ha advertido mi mentora Marga de que en general ningún nativo quiere subir por ahí. Debido al esfuerzo, más que por el peligro.

La cosa es que, según el plan, mañana escalaremos la ladera fatídica (poco más de 2 kilómetros, pero muy escarpados) y dormiremos en la zona del cráter, ya muy cerca de la cumbre, donde se prevé una noche estándar de no más de 20 grados bajo cero. Pero Sinai sostiene que, para que el resto del equipo suba por ahí y durmamos arriba, tengo que pagar ¡50 dólares extra por cada uno! Son seis, así que 300 dólares. Yo le respondo que ni en broma, que no me he inventado sobre la marcha el camino a seguir, que está todo contratado desde hace meses con la agencia. Pero él no parece entenderlo, o no quiere.

Finalmente llegamos a un acuerdo, que en realidad se traduce en recortar la expedición en un día entero. El guía y yo seremos los únicos que subiremos a la cumbre, y los demás rodearán la montaña para esperarnos más al este y más abajo, en el llamado Millennium camp (3.950 metros). No tendré que abonar ningún extra, pero me pierdo dormir en el cráter, uno de los lugares más mágicos que hay, como me adelantó Marga y como comprobaré. Sin embargo, también me ahorro una noche infernal de frío, y se la evito a los otros seis. Terminaré pensando que hice bien, porque la noche en Arrow Camp ya es toledana ‘clase alta’: frío muy intenso a pesar de ponerme encima todo lo que me he traído, viento que zarandea la lona, pesadez cerebral y moderadas ganas de vomitar que no se me pasan nunca. Apenas duermo, y al amanecer Sinai dice que él tampoco ha pegado ojo.

Western Breach arriba
Western Breach arriba

Día 4, pico Uhuru (5.895 metros): únicos por un rato

Hoy tocamos diana a las 5.30 horas, aún con las estrellas ahí encima. Hay que salir antes que otras veces, vamos a caminar de sol a sol. Sobre todo porque madrugar es una de las reglas de oro de la Western Breach: tratar de subirla cuando el hielo que se asoma a sus cortados está en su momento más compacto y sujeta las piedras, como perfecto pegamento natural. Cuando lo caliente el astro rey se ablandará y aumentará el riesgo de desprendimiento.

Echando un vistazo desde abajo, la Western Breach no parece más que un canchal con muchísima pendiente, que termina en una zona de canal hasta el borde superior del risco último. No tiene tanto misterio. Para empezar, un senderito, con hitos ocasionales, serpentea entre la gravilla y/o los pedruscos. Y hoy sí que avanzamos condenadamente lentos. El mal de altura me ha desaparecido desde los primeros pasos, pero se nota muchísimo que no hay oxígeno. Cualquier sobreesfuerzo, como dar más de seis pasos seguidos, te agota como si te hubieras pegado un sprint de 150 metros a tope. Así que son cinco pasos lentos y parada; cinco pasos lentos y parada; así varias veces, hasta que nos sentamos un rato cada 6-8 minutos. Un avance tipo ‘Al filo de lo imposible’ en el Himalaya. Pole pole.

Sinai, mucho más cargado que yo (¿por qué y para qué, hoy?), parece llevarlo peor. También porta un oxidado y pesado pico a un costado de su vieja mochila rosa; asegura que posiblemente lo necesitemos, pero termina no siendo así, y tampoco veo dónde. Hay tramos, muy breves, donde tenemos que ayudarnos con las manos para ascender, pero sin apenas complicación técnica. Por las alturas, cerca de los riscos finales, estrechas e inmóviles cataratas de hielo embellecen el paisaje. Que solo de vez en cuando apreciamos en todo su esplendor, porque hay mucha nube. Y hace bastante frío.

Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, 'África casi entera'
Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, ‘África casi entera’

Y así se nos pasa la mañana, ahí integrados con la roca. Sufrimos un par de veces el típico efecto de creer que encima del escalón pétreo de turno está ya la explanada del cráter (situada a 5.790 metros), cuando lo que viene es… otro escalón. Y tardamos una eternidad en superar cada 25 metros extra de desnivel. Cerca del ansiado altiplano, escuchamos relativamente cerca un potente crepitar de rocas que se despeñan. Sinai queda unos segundos tensionado por el miedo: “Gracias a dios” es unos metros más para allá, reza. No sé si he sido demasiado inconsciente, pero no he sentido peligro en ningún momento. Seguramente porque no nos tocó la china, tal cual.

Luna y cohete

¡Por fin, la planicie del cráter! Casi 6 horas después de partir. La notamos con los pies y no con los ojos: la niebla es espesa y deja ver poco, pero de pronto el terreno es llano. Cuando el líquido en suspensión da una tregua, apreciamos uno de los lugares más bellos, especiales y espaciales que nunca he visto. Una planicie lunar, de polvo grisáceo, con largos ‘icebergs’ de hielo de varios metros de altura haciendo estrías: los restos de los glaciares, esas ‘nieves del Kilimanjaro’ que inspiraron a Hemingway y que, si todo sigue igual, se comerá el calentamiento global en muy próximas décadas. Aquí íbamos a dormir… Habría sido precioso asomarnos al borde de los cráteres concéntricos Reusch y Ash Pit, pero no hay tiempo.

Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo
Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo

A menos de 1 kilómetro de tregua, aguarda el esfuerzo postrero: los últimos 100 metros de desnivel, como una colinilla, y por primera vez pisando una fina capa de nieve. Tardamos más de una hora en completar el último arreón, porque de pronto caemos en la cuenta de que estamos reventados. Superado el resalte final, un terreno ondulado lleva primero a una precumbre con una cruz, y después a un simple cartel verde con letras amarillas: “Congratulations!”.

Nos informa el texto de que estamos en el Uhuru Peak, 5.895 metros. La traducción en suajili es “Libertad”, quizá por lo que cuesta conseguirla. Y porque, como en toda cumbre, te sientes despojado y dueño de todo a la vez. El sol, que lleva todo el día jugando al escondite, reaparece como para recompensar al sufrido fotógrafo: más impresionantes glaciares a la derecha de la cresta, la selenita explanada del cráter a la izquierda, África por todas partes. Un abrazo con el guía, fotos de rigor y una enorme satisfacción, porque además somos los dos únicos aquí arriba: por un momento, no hay nadie más alto que nosotros en todo el continente, salvo los voladores, claro.

Últimos metros hasta la cumbre
Últimos metros hasta la cumbre

Es ya tarde, empieza la bajada hacia Millennium camp. Polvorienta, empinada, eterna pese a sus 10 kilómetros, con los gemelos pidiendo tregua durante horas. Ésta por la que nostros bajamos es una de las rutas de ascenso más concurridas, pero eso es más temprano, y solo nos cruzamos con cuatro humanos en sentido contrario. Al borde de la puesta de sol, por fin nos reuniremos de vuelta con el pequeño universo de turistas, guías y porteadores. Echando la vista atrás, con el Kibo brillando mientras le pegan los últimos rayos de luz, nos parece mentira haber estado hace tan poco en la cabeza de tan incomparable animal inerte.

Arriba del todo
Arriba del todo

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