Illes Medes: se mira, pero no se toca

Vista aérea de las islas prohibidas (FOTO: www.visitestartit.com)
Vista aérea de las islas prohibidas (FOTO: www.visitestartit.com)

Las islas siempre atraen la mirada, y eso consiguen las Medas (Medes, en catalán), cuando uno se sitúa en el turístico puerto de L’Estartit (Costa Brava, Girona). Parecen tan al alcance de la mano que dan ganas de tirarse directamente al agua y echar a nadar. Con algo de entrenamiento previo, llegaríamos. Cuando se llega por la carretera no parecen las islas, sino la punta del pequeño macizo del Montgrí, una punta que se adentrase en el Mediterráneo en forma de península. Pero es cosa de la perspectiva: al llegar a la playa de L’Estartit  es cuando se comprueba que se trata de un pequeño y cercanísimo archipiélago, a un kilómetro aproximadamente de nuestra orilla. También es normal que se confunda: esos peñascos calcáreos son el último coletazo de la sierra, simplemente el mar se metió de por medio.

Las Medes forman el mayor archipiélago de la costa catalana, a pesar de su modestia y cercanía. Son poco más de 21 hectáreas repartidas entre siete islotes. Y casi 19 de esas hectáreas corresponden a la isla más visible, la Meda Gran, que alberga un muy visible faro del siglo XIX cerca de su punto más elevado, a 74 metros sobre el nivel del agua. Le dan para erigirse en impresionante balconada, una meseta desde la que uno sería feliz asomándose.

Meda Gran, en primer término, con el faro
Meda Gran, en primer término, con el faro

Un toque de prismáticos muestra cierta desolación armónica: roca blanquecina, vegetación arbustiva, aves marinas danzando llevadas por sus vientos. Una de las mayores colonias ibéricas de gaviota patiamarilla se asienta en sus farallones, con 7.000 y pico parejas. También crían los cormoranes, e incluso pequeñas garzas en busca de la tranquilidad de la que a menudo no disponen en tierra firme, como la garcilla bueyera y el martinete. Fuera de las aves, reptan por allí lagartijas y salamanquesas, y también se mueven ratones caseros, esos tan asociados a nuestros hogares. Pero en este caso ‘asilvestrados’: marchados los últimos humanos, no les quedó otra que adaptarse a la vida totalmente independiente.

Porque lo que no hay en las Medes es gente. Sí en su entorno, con decenas de embarcaciones llevando a los turistas a bucear o ‘snorkelear’ observando sus privilegiados fondos. Históricamente sí hubo habitantes: pasaron por ellas los griegos, que un poco más al norte, en L’Escala, nos legaron los restos de una de sus mayores ciudades en el Mediterráneo occidental. También se instalaron y abrieron monasterio los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén (!), básicamente para que no lo hicieran los piratas. Sin embargo, fue nido de piratería durante largo tiempo, consiguiendo que L’Estartit en sí no se asentara hasta mediados del siglo XVIII, cuando desapareció la amenaza que tenían enfrente. Pero desde que marchó el último farero, a principios de los años 30, las Medes están vacías de humanos.

El mero, pez estrella de Medes (FOTO: www.nautilus.es)
El mero, pez estrella de Medes (FOTO: www.nautilus.es)

Y no somos bienvenidos, no se puede desembarcar. El archipiélago lleva protegido desde 1983, pero más estrictamente aún desde 2010, cuando la Generalitat creó el Parc Natural del Montgrí, les Illes Medes i el Baix Ter. De sus 8.192 hectáreas, 2.037 son de reserva subacuática, porque la belleza aquí también está por dentro, o por debajo. El buceo o fondeo, siendo muy comunes, están muy reglamentados y restringidos. Y la parte emergida de las Medes es reserva integral: solo pueden entrar los científicos. Una vez más, el precio justo que hay que pagar para preservar un enclave único.

Están físicamente tan cerca, pero legalmente tan lejos, que su aureola misteriosa crece. Le pregunté por ello al timonel del barco que me llevó a dar una vuelta en torno al archipiélago y a la gloriosa costa acantilada que sigue hacia el norte. “¿Hay alguna forma de entrar en las islas?”. “No-no-no-no-no. Totalmente prohibido. No te digo yo que si alquilas una barca y vas a bucear, no puedas acercarte a la orilla y sentarte un rato. Pero como te metas un poco para adentro, aunque te parezca que estás solo, de pronto tienes allí a los hombres-rana de la Guardia Civil, los Mossos d’Esquadra y todos. Y te meten una multa que se te quitan las ganas. ¡Hasta el Pujol, estará por ahí!”, se rió. Sí que cree recordar que una vez al año “o dos”, hacen alguna visita guiada con los científicos, pero con grupos muy restringidos.

Bañito junto a Les Tres Coves
Bañito junto a Les Tres Coves

Así que ya sabemos a lo que tenemos que limitarnos. En el puerto de L’Estartit, no menos de media docena de empresas de buceo ofrecen planes para todos los gustos y niveles: es uno de los entornos submarinos mejor conservados de esta parte del Mare Nostrum. Precisamente el río Ter, el del último tramo del largo nombre del parque natural, desemboca un poquito más al sur, tras más de 200 kilómetros de viaje desde el Pirineo. Y llena de nutrientes extra el salado líquido que baña las Medes y sus cantiles cercanos. Praderas de posidonia, corales, gorgonias rojas, peces variados –el mero es la figura-, estrellas de mar, cangrejos, incluso tortugas marinas se dan cita por aquí abajo. Recomendación: sobre todo fuera de temporada veraniega, o sea ya, es mejor preguntar antes los horarios de las excursiones, que no son tantas. So pena de quedarte en tierra, como me pasó a mí.

Bueno, no exactamente en tierra porque sí había la posibilidad de dar una pequeña vuelta en barco en torno al archipiélago prohibido y continuando hacia el norte la maravillosa línea costera hacia L’Escala, siguiente y también preciosa población. 10 kilómetros de espectáculo puro. Es el mismo y modesto macizo del Montgrí –apenas supera los 300 metros en sus más elevadas cumbres- que se refresca en el mediterráneo hundiendo sus pies de forma muy vertical, en una difícilmente olvidable sucesión de calas, grutas y acantilados coronados del verde de los pinos.

Pequeña singladura

Interior de una de Les Tres Coves
Interior de una de Les Tres Coves

Nuestro barco, en concreto, nos llevó a la punta de Les Tres Coves, un poco más cerca de L’Escala que de L’Estartit, donde agujeros de pequeño tamaño perforan el paredón que cae al mar. Por turnos, una lancha con focos nos llevó a los pasajeros a introducirnos en una de las covachas, poco profunda pero digna de ser visitada. Mientras tanto, los demás se divertían lanzándose al agua, muy profunda aquí, fresca, mínimamente batida, perfecta. Demasiado oscura para apreciar más allá de plateados pececillos. Habrá que volver mejor equipados, sí: es otra parte del paraíso subacuático.

Se pasa también por una de las curiosidades geológicas más famosas de esta parte de Costa Brava, la Roca Foradada, un túnel natural por donde caben algunos barcos… Por aquí mismo yace un famoso pecio o buque hundido, concretamente el Reggio Messina, un transbordador italiano de 122 metros de eslora que, ya fuera de servicio, se instaló en Barcelona para usos lúdicos. Una vez fuera de servicio, la Generalitat catalana lo compró y lo hundió adrede en la zona, de modo que se convirtiera en arrecife artificial que, poco a poco, va colonizando la vida marina. Y los buceadores.

Roca Foradada, por la que pasan los barcos
Roca Foradada, por la que pasan los barcos

Este mismo recorrido entre L’Escala y L’Estartit se puede hacer también por tierra, por el continuo subebaja de las colinas costeras. Da diferentes perspectivas de todas las atracciones contemplables desde el barco y con ocasionales posibilidades de desviarse a calas inolvidables, como Ferriol o Pedrosa. Esta excursión tiene apenas una decena de kilómetros de dificultad media (subir y bajar, subir y bajar por senderos rocosos), pero recompensa mucho más allá del esfuerzo invertido. Desde L’Escala, se sigue fundamentalmente el recorrido del GR-92 del Mediterráneo, con un desvío cerca del final para completar los últimos kilómetros hacia L’Estartit (el GR se desvía tierra adentro, ahí).

Inspiración de poetas

Si en la ida nuestro vehículo acuático deja simplemente la Meda Gran a la derecha, porque el objetivo es la punta de Les Tres Coves, a la vuelta rodea todo el archipiélago por la ruta opuesta, recreándose mucho más. Parando, incluso, los motores para el silencio contemplativo de nosotros los pasajeros, roto solo por algún grito de gaviota. Siete islotes visitados y fotografiados por miles y miles de personas, pero inalcanzables a la vez, adornados por el marco de una puesta de sol que pinta las nubes de color rosa. Se respira paz. También es bonito que haya rincones que no podamos fagocitar.

Atardece en Medes, con el 'colmillo' del 'Carall Bernat' al este: 70 metros de altura
Atardece en Medes, con el ‘colmillo’ del ‘Carall Bernat’ al este: 70 metros de altura

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