‘Guadalquivir’, botas y prismáticos desde la butaca

Presume Joaquín Gutiérrez Acha, director de Guadalquivir. El gran viaje de un superviviente, de haber creado el primer largometraje documental sobre naturaleza española que se estrena en el cine. Ya de por sí supone un hito, aunque parta de 18 exiguas copias para todo el país, y de momento sus proyecciones se centren en un puñado de salas de Madrid, Barcelona… y Andalucía, claro. Ya veremos si comercialmente le va bien. Yo os puedo adelantar algo: debería.guadalquivircartel

Se estrenó el viernes, día 13 de diciembre. El domingo fui a verla, con las más altas expectativas derivadas del tráiler, y se cumplieron: sus 88 minutos me engancharon desde el principio hasta el final. Una hembra de zorro de la sierra de Cazorla, cuna del río andaluz de los ríos, sigue el camino del agua huyendo del hambre y de la competencia con los de su especie, en frenética carrera hacia ninguna parte. Ése es el fino hilo conductor, la excusa para mostrarnos muy buena parte de lo mejor de la fauna y los paisajes de Andalucía, que es lo mismo que decir de España o de Europa. En un despliegue continuo de imagen y lirismo textual que rara vez había visto antes. Desde el detalle de las libélulas y las flores hasta enormes tomas aéreas de paisajes inabarcables.

Poesía, también, o prosa poética. Porque mientras el pequeño cánido se mueve e interactúa con todo tipo de especies, o al menos cruza por sus territorios, la andalucísima voz de la cantaora Estrella Morente mece y complementa sus andanzas, poniéndole sonido humano a un texto bello y solemne. La letra es obra de Fernando López-Mirones, otro clásico de los documentales ibéricos. “Es un número uno en los guiones de naturaleza en España”, definía Gutiérrez Acha en una entrevista que le escuché el mismo viernes por la noche en el programa ‘De Película’ de ‘RNE’. Esta vez “se lo hemos pedido así”, más “poético”. Lo reclamaban el tema y el tono, y complementa espectacularmente unas imágenes que de todos modos, en pleno silencio, seguirían siendo cautivadoras.

Gutiérrez Acha y su equipo han empleado “casi dos años de intenso trabajo” para este osado largometraje. Más de dos décadas lleva haciendo documentales de naturaleza -“que es mi vida”- para compañías tan reputadas como ‘Canal +’ o ‘National Geographic’. Y ahora el autor del también precioso Las montañas del lobo, y toda su ristra de colaboradores y patrocinadores (produce José María Morales para ‘Wanda Visión’), se la han jugado en esta aventura incierta pero placentera en la gran pantalla. Incierta porque estas obras no dan el perfil de arrastrar masas. Placentera, porque se intuye lo que han disfrutado haciéndola. De momento, que les quiten lo bailao.

Cinco provincias, tres ecosistemas

Más de 650 kilómetros mide el río Guadalquivir, ‘El Río Grande’ en su nombre original en árabe. Es el quinto más largo de España, y recorre Andalucía de este a oeste cruzando sucesivamente las provincias de Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Cinco de las ocho de la región.

Y básicamente se luce a lo largo de tres grandes ecosistemas, que son en los que se fijan las cámaras: las inmensas extensiones de pinares de laricio y peñas de la agreste Sierra de Cazorla, donde nace y produce fenomenales saltos y cascadas; el olvidado encinar-alcornocal de Sierra Morena, ya con un Guadalquivir más calmado y embalsado; y el despliegue marismeño de Doñana, donde el líquido elemento se expande superando su teórico cauce e inundando la llanura en el punto de mayor biodiversidad de Europa. Finalmente, va a dar al Atlántico en un estuario amplio, con la urbanizadísima Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en la orilla este, y las playas desiertas, dunas y pinares de pino piñonero del Parque Nacional de Doñana en la oeste. De un lado al otro es como un viaje en el tiempo de siglos.

El Guadalquivir, a su paso por Sevilla
El Guadalquivir, a su paso por Sevilla

Estos tres grandes espacios naturales y sus habitantes son los que muestra el documental. Poco aparece la figura del hombre, ya que no es la materia de estudio: mariscadores en los kilométricos arenales de Matalascañas, cazadores en Sierra Morena, y ya. Pero sí muestra la obra su hábitat, tres poblaciones de las muchas que baña el río: Montoro (Córdoba), la propia capital cordobesa y Sevilla, hasta donde en su día “llegaba el mar”, narra Morente, ya que era navegable desde la desembocadura hasta la ciudad de la Giralda.

Vagabundo ribereño

El zorro, sí, puebla los tres ecosistemas descritos en la obra. Aparte del curso fluvial, justifica Gutiérrez Acha, para darle otro empaque a la historia “necesitábamos otro personaje” que pudiera “invadir otros lugares más allá del río”, y este cánido de suave piel y mirada inteligente, el arquetipo de la astucia, fue el elegido. “El zorro es un superviviente, un vagabundo” capaz de esquivar la muerte comiendo “cualquier cosa”, y realmente “capaz de hacer un viaje así”. Evidentemente, o al menos para los acostumbrados a documentales de animales, no todas las escenas las asume el mismo ejemplar: algunos de los zorros filmados son salvajes, pero “había un zorrito” amaestrado “que hizo algunos planos especiales y se portó de maravilla”.

El zorro: cualquier paisaje, cualquier alimento, le son afines
El zorro: cualquier paisaje, cualquier alimento, le son afines

Elegido el pretexto, la cámara acompaña al cánido de amplias orejas a visitar a un ancho abanico de maravillas de muchas especies, y la mayoría evidentemente silvestres, con la carga de esperas eternas que conlleva obtener tan espléndidas escenas. Por ejemplo, en Cazorla, los excitados ciervos en plena berrea; la cabra montés, haciendo equilibrios imposibles en los riscos; las luchas fratricidas entre los mismos zorros por la carroña, pistoletazo de salida del viaje iniciático de la zorra; o el águila real y su vuelo que hace callar al bosque. Brutal, una escena ultra-ralentizada de un despegue de la ‘reina de las aves’.

En las dehesas y alcornocales, toman el relevo manchados y sigilosos carnívoros como el lince ibérico y la jineta, en pos de conejos y ratones; las bandadas de grullas en busca de las nutritivas bellotas; y la tenebrosa intromisión humana en forma de montería. En las llanuras intermedias, el despliegue multicolor de los abejarucos, que realizan sus nidos y se posan en un talud arenoso que a la vez es yacimiento de vasijas romanas; o el fascinante concierto de las orquídeas. En el propio río, anfibios cantarines, escasísimos salinetes (peces capaces de aguantar a la vez agua salada y dulce), cigüeñas negras dando de beber a sus retoños agua del protagonista… Y en la marisma… no dan las palabras. Zancudas de todo tipo, el águila imperial, las ‘pajareras’, la dualidad calma-relámpago del camaléon. De todo.

Compensa, seguro

He leído la crítica de algún experto del celuloide que, sin restarle mérito, no queda conforme del todo con ‘Guadalquivir’. Se alega, por ejemplo, que la guía zorruna es demasiado frágil, y que termina convertida en un mero surcador de parajes sin mucho más sentido que el de situar allí a las cámaras. Y que finalmente resulta un álbum de imágenes impactantes, un poco ‘naif’, sin ton ni son. No me parece para tanto. Hilar argumentalmente comportamientos de decenas de especies faunísticas no tiene que ser fácil. A mí el hilo me llevó bien, quizá porque soy muy fácil. Y aunque fuera malo, todo lo demás me compensó tanto que, quizá, no lo noté.

Playas atlánticas de Doñana: final de trayecto
Playas atlánticas de Doñana: final de trayecto

Es verdad que el marco de las estaciones del año que se intenta usar al principio parece un poco forzado, y que da la impresión en un primer y único visionado de que incluso hay algún extraño salto temporal. También pienso que eso son minucias.

Y el texto me pareció sobresaliente. Así como la elección de Estrella Morente como narradora, actividad en la que debuta. Por más que el Guadalquivir no pase por su Granada, la artista del cante rebosa Andalucía por los cuatro costados, y eso es, en esencia, este río. El director, aparte de ponerla por las nubes, cuenta que al principio trataba de ‘oficializar’ demasiado su acento espontáneo, de ‘mejorar’ su pronunciación. Pero con el tiempo se dio cuenta de que era un error, y “la dejamos ser ella”. Me encanta el resultado, y también el único momento en que se lanza a cantar, que se echaba de menos: lo hace con el breve, pero sentido, poema de uno que también pasó por tierras sorianas. Se llama Oh, Guadalquivir, lo escribió Antonio Machado, y en cuerdas vocales maestras suena así de bien.

En fin. Si quieren viajar y observar cómodamente instalados, más allá de su mayor o menor afición a bichos, plantas y horizontes, no duden en asomarse a estas orillas. ¿El curso cinematográfico de esta obra se fusionará con el Duero en Soria? Quién sabe, por ahora parece que no, y quizá la respuesta sea «nunca». Si puede, por si acaso, aproveche su visita a las grandes ciudades y entre al cine, no se arrepentirá.

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