El pájaro de hojarasca

Un viejo amigo tenía una novia a la que le daba miedo la oscuridad, y él trataba de consolarla así: “No te preocupes, que de noche hay lo mismo que de día, pero sin luz”. Es cierto solo en parte: la fauna, por ejemplo, cambia mucho. Y nosotros somos criaturas hechas para el día, aunque muchos nos empeñemos en desmentirlo con nuestro modo de vida. Empezando por los ojos, somos unos auténticos minusválidos en cuanto el sol se despide. Eso sí, no podemos negar que las tinieblas le dan a todo un aire misterioso, mágico, embrujado. Cualquier ruido poco habitual, cualquier movimiento… nos pone en guardia. Cualquier vivencia es una pequeña aventura.

Cuántas veces se me habrá hecho de noche en el campo, y cuántas sin linterna, porque no estaba previsto pasarse de hora. Unas cuantas de ellas en mis primeras correrías solitarias por los campos zamoranos, donde pasaba como mínimo un mes de cada verano. Allí, en los encinares y pinares de piñonero sobre suelo arenoso, nunca faltaba algo interesante que te sobrevolase o se te escondiese, desde el aguililla calzada hasta el alcotán, desde la culebra bastarda hasta los conejos. Y luego, volver al pueblo cuando oscurece y no se ve mucho te inundaba de sensaciones.

Recuerdo que, en una de esas vueltas tardías, fue la primera vez que me encontré uno de los animales más extraños que existen. Yo era adolescente, y la noche se había echado encima, con la luz de la luna que aún te permitía distinguir el camino. Sonaba a mi alrededor un ¿canto? extrañísimo, monótono, una especie de burbujeo en el agua cuando alguien sopla por una pajita. Pero alguien con una capacidad pulmonar magnífica, porque duraba y duraba. Yo no pensaba mucho, salvo en llegar a casa, pero imaginaba que sería un cigarra rara, o una rana desconocida para mí en algún charco. Y de pronto el ruido paró, a la vez que algo saltaba al aire y volaba desde mis pies, dándome un buen susto, yendo como iba con los sentidos a flor de piel. El miedo a lo invisible y desconocido, que va dentro.

¿Será un murciélago? Sin luz, vete a saber, pero que yo sepa los mamíferos alados no suelen bajar al suelo. Acierto a distinguir que, tras un vuelo bamboleante y absolutamente silencioso, ‘aquello’ se tira a tierra, de nuevo sobre el mismo camino, y vuelve el ruido penetrante, constante: “Crrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…”, a veces subiendo y bajando un poco el tono, pero sin perder la monotonía. Nada, dejo de andar unos instantes para tratar de fijarme mejor. Me ayudan la luna, el tono claro del suelo de la pista y el tono oscuro del ser. Ya lo tengo: es un pájaro relativamente grande, que está tumbado como si estuviera incubando. Parece un vencejo grande cuando está en el suelo; en cambio cuando vuela, en cortos tramos, casi se mueve como una gaviota. Avanzo, y la historia se repite varias veces: vuelo corto y posado un poco más adelante. Y ese canto innovador.

También se tumba en las ramas (FOTO: www.ornitocultura.com)
También se tumba en las ramas (FOTO: www.ornitocultura.com)

Así fue mi encuentro inaugural con el chotacabras, un ave que ya motiva desde el extraño nombre. Se activa en el crepúsculo, se apaga al amanecer, así que es difícil de ver y de estudiar. Más aún para nuestros antepasados, para los que la noche era a menudo un mundo de horrores y maleantes, y que atribuían maléficas características a todo el que la frecuentase. Fuera bípedo o no.

Incluso ahora que se ha superado algo la era de la superstición, tampoco se sabe muchísimo de los chotacabras, empezando por su situación real: ¿Hay muchos o pocos? ¿Se conservan bien, han decaído? Según los científicos esto último, aunque es difícil hacer un censo. Pero los plaguicidas que minan su fuente de alimentación han tenido que perjudicarle con toda seguridad. Sí que se conoce que pasan nuestros meses más fríos en África tropical, y que vienen a reproducirse en primavera. Empiezan a volver al continente sur ahora, y completarán viaje entre septiembre y octubre. Aunque con el calor que está haciendo últimamente quizá retrasen unos días el viaje, quién sabe.

En España hay dos especies: el chotacabras cuellirrojo o pardo, un poquito mayor y más propio de la mitad sur, y el europeo o gris, que ocupa más bien la mitad norte (y el resto de Europa). Aunque el primero se puede encontrar en algunas zonas de la provincia de Soria, es mucho más común el europeo, pues el pardo gusta más de zonas más cálidas. Es también el gris el que me topaba yo en mis noches zamoranas. Porque aparte del tono del plumaje –más grisáceo o más rojizo, claro-, difícilmente apreciable entre tinieblas, se diferencian en la voz. El canto del chotacabras europeo es el burbujeo que digo yo, descrito por otros también como el traqueteo de un motor en marcha o el ronroneo de un gato, ¿o suena como una carraca? El canto del chotacabras cuellirrojo es un repiqueteo casi metálico, que me recuerda lejanamente a una codorniz.

Contemplar al chotacabras, algo que no han hecho muchos, es toda una experiencia. Adaptado a su actividad nocturna y a la caza de insectos, de desproporcionados ojos negros y boca enorme para lo mínimo que resulta el pico, el plumaje le da un aspecto de invención de literatura fantástica. Siendo real, incluye un puñado de misterios, alguno sin resolver del todo.

Caminos 'chotacabreros' en la provincia de Zamora
Caminos ‘chotacabreros’ en la provincia de Zamora

Misterio 1: nombre legendario

‘Chotacabras’, o Caprimulgus, como se dice ‘en científico’, significa algo así como “que mama de las cabras”. Esto procede de la leyenda pastoril –creída a pie juntillas hasta hace bien poco- de que este animal se acerca al ganado por las noches para alimentarse tirando de ubre, por lo que había gente de campo que lo veía como un ladrón. Esto es una deducción errónea, debida a la costumbre del animal de tumbarse en el suelo cerca de cabras, ovejas y demás. Pero no busca su leche, sino los insectos que siempre proliferan en torno a los rebaños. Otras leyendas atribuyen al chotacabras poderes malignos y mortales, procedentes todas del desconocimiento.

En Sudamérica recibe otros nombres curiosos como ‘dormilón’ o ‘atajacaminos’, por su costumbre de tumbarse en ellos. Por cierto que a veces lo hace en plena carretera, donde los faros de los coches lo deslumbran, con consecuencias trágicas cuando llega la rueda.

Misterio 2: rey de lo críptico 

De tamaño intermedio entre mirlo y paloma, aunque con largas alas y cola, visto con luz el chotacabras parece un pájaro construido con hojas secas y palitroques. Durante el día se tumba entre las plantas, cierra lo único llamativo que tiene (ojos y boca rosada), se echa entre las plantas y duerme: no hay quien lo vea. Solo el macho posee una motas blancas en las alas y la cola. Increíblemente mimético, el chotacabras gris confía plenamente en su treta de camuflaje, y prácticamente hay que pisarlo para que de pronto levante el vuelo y marche asustado por la bota, pero normalmente no muy lejos. Es un vuelo raro, errático, que en horas nocturnas utiliza para cazar. A veces se posa también en los árboles.

Misterio 3: bigotes junto al pico

La cara del chotacabras es un espectáculo. Todo en ella está enfocado a vivir en la oscuridad, o más precisamente a la alimentación nocturna, sobre todo a base de insectos voladores, como las polillas, que se traga también al vuelo. Primero, unos grandes ojos negros que penetran en la negrura y que le ofrecen un panorama infinitamente más claro del que podemos distinguir nosotros sin sol. Después está la bocaza, que puede abrir hasta unos límites casi imposibles, un pozo en el que caen las incautas presas. ¡El finito y mínimo pico no hace sospechar lo que hay detrás!

Primer plano, con las vibrisas ('bigotes') bien visibles (FOTO: http://anillagalicia.blogspot.com.es)
Primer plano, con las vibrisas (‘bigotes’) bien visibles (FOTO: http://anillagalicia.blogspot.com.es)

Y llama la atención una especie de bigotillos que rodean el pico del chotacabras, aparentemente impropios de un ave. Son cerdas llamadas ‘vibrisas’, como también tienen los gatos o zorros: pelillos ultrasensibles a cualquier cambio físico en el entorno inmediato, incluso aquellos tan nimios como el quiebro aéreo de un invertebrado, lo que ayuda al pájaro en su bocado final. Se dice que estas vibrisas se doblan mejor hacia el interior que hacia el exterior, lo que facilitaría también que el atrapado no salga de la boca…

Misterio 4: la uña-peine

Hay que fijarse mucho para descubrir quizá el detalle más artístico del chotacabras, tanto como que hace falta tenerlo en la mano, así que juntémonos con los anilladores… La uña del dedo central está modificada de forma que parece un peine: tronco común y púas. Hay otras aves, como la garza, que presentan una uña parecida, pero en una especie mucho más pequeña como el chotacobras es todo un trabajo de orfebrería natural. ¿Para qué sirve? No hay respuestas del todo seguras, pero parece que para peinarse, precisamente, el plumaje. O los propios ‘bigotes’…

Misterio 5: ¿y el nido?

No hay. Aprovecha cualquier hondonada mínima de su querido suelo para poner sus normalmente dos huevos, que si todo va bien eclosionarán en menos de 20 días. Con alguno de los adultos encima, rodeados de las hojas y ramitas propias de los bosques abiertos donde le gusta vivir al chotacabras… es como si no hubiera nada. Así que, la próxima vez que nos internemos en el campo, atentos al oído y cuidado con nuestras pisadas. El ave más extraña de la noche puede estar muy cerca.

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