Donde menos se piensa…

Cuando me fui de Soria empecé a echar de menos lo evidente. Por ejemplo, Valonsadero. Desde la capital de provincia, cinco minutos en coche, y de pronto, a poco que profundices en el monte, es como si llevaras días huyendo de la civilización. No sé si habrá otra ciudad que tenga tan a mano un lujo así. Si te gusta correr, qué os voy a contar: no hay igual.

En Madrid lo tengo más difícil, eso de correr en un lugar tranquilo y solitario. Eso que hacía en Soria casi en un chasquido, ponerme las zapatillas y largarme, requiere de más planificación. Dentro de lo que cabe, mi suerte es que vivo cerca de las afueras, por el noreste, aunque el caos de asfalto, los polígonos y centros comerciales lleguen casi hasta Guadalajara.

Mi simulacro más a mano de Valonsadero es el parque Juan Carlos I, y a veces voy. Lejos del centro, sí, pero aún rodeado de autovías y barrios residenciales. Una calurosa mañana de domingo pateaba por su hierba, pensando en quién sabe qué, cuando una especie de estampida individual se disparó del suelo, al filo de mi pie. Una centella parda, elástica, atlética, huyó mil veces más rápido que yo, y nunca la vi parar: desapareció entre los arbustos, decenas de metros más allá.

Me imagino que se me quedaría esa cara de imbécil, entre boquiabierto y sonriente, que se me pone con los imprevistos gratos de la Naturaleza. Porque en el parque, perros, patos, gatos y demás, vale; incluso galápagos, en los laguitos artificiales. Pero una liebre, jamás se me habría ocurrido. Y ya tuve entretenimiento para un buen rato: ¿Por dónde vino, qué riesgos habrá tenido que sortear para conseguirlo, adónde irá? ¿Por qué lo hizo, qué se le habrá perdido aquí?

Otra 'liebre': rebecos a la carrera, en el bosque asturiano de Muniellos
Otra ‘liebre’: rebecos a la carrera, en el bosque asturiano de Muniellos

Sí, fue el famoso ‘donde menos se piensa, salta la liebre’. Las buenas sorpresas son lo mejor, en todos los campos de la vida, y la fauna salvaje regala alguna a veces. Quizá como guiño por haberla buscado tanto, a menudo sin resultados. Por eso complace no hacer ningún esfuerzo y que te topes con cosas como las que siguen. ¡Muy rara vez!

‘Liebre 1’: una gaviota peculiar

Mi preferida, quizá, sucedió en El Verodal, una fabulosa playa de El Hierro. Son apenas 150 metros de arenal, uno de los mayores -y pocos- de la isla, porque habitualmente son de roca volcánica. Tenía la idea (frustrada por la orografía) de rodear El Hierro a pie, me encontré con la playa y la aproveché para un bañito. Había algunas personas más. Fue ponerme el bañador, meterme al agua y ver llegar por el aire un ave muy clara, de alas largas, volando bajo. Sin gafas lo tengo difícil: “Una gaviota”, pensé, como otras miles.

La supuesta gaviota, de pronto, se elevó un poco y se tiró al agua violentamente, con las patas por delante, a 10 metros de mi posición. Ahí ya la vi mejor: tras semisumergirse, en un instante salió volando del agua con un pez mediano entre las garras, que arrojaba destellos plateados mientras se debatía con fuerza para tratar de escapar de ese doble cepo terminal, equipado con las uñas más ganchudas que se hayan visto y con escamas especiales para capturar bichos muy escurridizos. ¡Un águila pescadora… en acción!

Águila pescadora (foto: NASA)
Águila pescadora (foto: NASA)

Ya la había observado otras veces, pero siempre volando lejos, en costas del norte peninsular. El águila pescadora, que en documentales mal traducidos llamaban a menudo ‘quebrantahuesos’, tiene distribución mundial pero en España es casi una anécdota. Inverna, se mueve por estuarios y cantiles ibéricos, pero apenas crían 3 ó 4 decenas de parejas entre Andalucía, Canarias y Baleares. No es, desde luego, tan habitual. Y menos que te dedique una escena de pesca así, en tus morros.

‘Liebre 2’: el ‘Big Six’ que no era

Alguna vez conté que, igual que en los safaris africanos se busca a los ‘Big Five’ (elefante, león, búfalo, rinoceronte, leopardo), mis ‘Big Six’ ibéricos son oso, lince, lobo, quebrantahuesos, urogallo y águila imperial. Se trataba de encontrar al primero, allá por el valle del Narcea, en el paraíso asturiano. La capital osera de Europa occidental. Si sabes dónde ir y hay suerte, tienes tus posibilidades.

Me disponía a pasar una semana por allá, a mitad de abril. Los mamíferos son de moverse más al amanecer y al atardecer, así que para debutar en las intentonas tocó madrugón y caminata de tres cuartos de hora por una estrecha pista de tierra que atraviesa el hayedo, hasta un mirador natural desde donde, dicen, a veces se puede divisar al plantígrado.

Medio dormido, subía cabizbajo, absorto en calibrar mis posibilidades, cuando a la vuelta de una curva levanté la vista y casi choco con un lobo que bajaba a paso ligero, por mi mismo camino, a no más de 5 metros. Nos paramos, nos miramos a los ojos con cierta tensión, tan sorprendido el uno como el otro, durante la friolera de unas décimas o centésimas de segundo, ¡yo qué sé!, y escapó ladera arriba. Le tiré unas fotos lo más rápido que pude, pero no se aprecian más que las puntas de las orejas… si te digo cuáles son. ¡Las proverbiales orejas del lobo!, resulta que yo se las vi y no parecía lo mismo que sugiere el refrán…

Y sobre todo esos ojos dorados, ligeramente achinados, de tan cerca y que nunca olvidaré. Es que es precioso. Y es que no es un animal más. Es la leyenda, el mito, un representante del máximo competidor que ancestralmente ha tenido el hombre en el planeta. Ahí, a la vuelta de la curva.

‘Liebre 3’: lo pedía el paraje

Otras veces no son irrupciones así. Te encuentras en cambio con algo que no has ido a buscar ni sabías que estaba ahí, pero en cierto modo esperabas, como si una extraña conexión cósmica te lo anunciase.

En el entorno del Parque Nacional de Cabañeros, Ciudad Real, está Horcajo de los Montes. Una de las pocas posibilidades senderísticas que ofrece el parque empieza cerca, y la aproveché: una ruta lineal, fácil, que pasa por una zona de roquedo. El caso es que se me hizo tarde y, cuando llegué, empezaba a oscurecer. Las aves estaban en su última algarabía antes de esconder la cabeza bajo el ala. Las sombras iban tomando posiciones, dándole al granito formas cada vez más fantasiosas.

El caso es que, si no me fui antes, es porque lo imaginé, intuía lo que iba a pasar, igual que una pelota de colores botando sobre fondo de asfalto anuncia al niño que corre a buscarla. Estos peñascos rodeados de alcornocal, esa roca redondeada y prominente, este bullicio que significa comida…

Me quedé un poco más, escondido tras unas piedras, aguardando acontecimientos durante unos minutos. Y, justo en ese momento en el que no sabrías decir si ya es de noche o no, una silenciosa e imponente bola de plumas surgió, planeante, pegada al relieve del terreno, y se paró en la roca-posadero, a unos 20 metros. El búho real: exactamente lo que estaba esperando, lo que pedía el lienzo.

Búho real (foto: www.online-utility.org)
Búho real (foto: www.online-utility.org)

No me vio, o se hizo el despistado. Con tan poca luz no pude apreciar bien la intensidad de su mirada, pero durante unos minutos sí me deleitó con un concierto solemne de ulular, ese grave y onomatopéyico ‘bú-ho’, ‘bú-ho’, que al menos a mí me sobrecoge. Hasta que continuó planeo, volando sin ruido alguno, como un dron sedoso.

‘Liebre 4’: uno más de la familia

Pero mi cúspide de inesperada comunión natural es mucho más sencilla. Asturias, de nuevo, en el límite con Cantabria. Uno de los mejores veranos de mi vida, en los campamentos del Fapas en San Esteban de Cuñaba, Picos de Europa, con 15 añitos.

Una de las actividades que planteaban los monitores era recoger frutas del bosque para plantarlas en zonas clave para el oso pardo, en Palencia. Si crecían los frutales, que no tengo constancia, serviría a la vez para dar cobijo y alimento al gran mamífero por antonomasia de nuestros montes. Si no prosperaron aquellos frutos y plantones, al menos el mensaje sí arraigó en mi conciencia.

Una mañana me desperté a destiempo, mientras todos los demás dormían aún. Como no podía seguir en el saco me fui, carretera abajo y bolsa en mano, en busca de más manzanas silvestres, madroños y demás. Tratando de alcanzar algunos jugosos ejemplares resbalé por la cuneta y quedé sentado un par de metros más abajo, junto a un tronco, rodeado de ramas.

Lo que sucedió, simplemente, es que cuando me disponía a trepar de nuevo al asfalto, un pajarillo se posó a mi lado. Un carbonero común, de pecho amarillo, dividido por una franja negra. Me miró con curiosidad, pero no escapó. Confianzudo, cantó con ese sonido lejanamente de perdiz que produce.

Carbonero común (foto: www.online-utility.org)
Carbonero común (foto: www.online-utility.org)

Acto seguido se juntó otro, y luego otro. El cuarto era un herrerillo, azul y amarillo, más bonito si cabe. Llegaron más ejemplares y de más especies: carboneros palustres, mínimos reyezuelos, petirrojos, los encapuchados herrerillos capuchinos o los mitos, de cola descomunal para su tamaño…

Estaba lleno, parecía un árbol de navidad, particulares villancicos incluidos, y sobre todo me impactó que actuaban como si no estuviera. Pero estaba: simplemente me aceptaron, me incluyeron. Puede que aquélla fuera mi cara de imbécil inaugural.

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