Cuando la base se tambalea

Río Manzanares, cerca de juntarse con el Jarama en el Parque Regional del Sureste
Río Manzanares, cerca de juntarse con el Jarama en el Parque Regional del Sureste

A las afueras de Madrid, carretera de Valencia, antes de haber avanzado 20 kilómetros desde la Puerta del Sol me desvío relativamente a menudo, en busca de un pequeño remanso de paz. Es el llamado Parque Regional del Sureste, junto a Rivas Vaciamadrid. Allí se juntan los ríos Manzanares y Jarama, que viajan pegados a llamativos cantiles yesíferos de color ocre. Alrededor de esa ‘Y’ coinciden interesantes sotos fluviales, campos sin sembrar, bosquecillos, alegría llena de vida. También se dan allí pequeñas charcas con casetas para ‘pajareros’ y una laguna más grande, la del Campillo, de origen artificial como la mayoría –el acuífero afloró por obra de una cantera-, pero hoy preciosa y rica.

Rara vez faltan las cigüeñas, incluso en las épocas donde teóricamente todas han emigrado. Nidifican incluso en el monolito promocional de la Comunidad de Madrid que te encuentras a la salida del Metro, un transporte que aquí parece tan lejano a ‘su lugar’, la metrópoli, que lleva un rato convertido en tren al aire libre. También son abundantísimos los milanos negros, y otras rapaces. Pequeños pájaros de todo tipo canturrean en primavera, incluidas las menguantes golondrinas, ‘Ave del año’ según la SEO. Patos variados y otras aves acuáticas descansan tranquilos sobre el líquido elemento. Se te llenan los ojos.

Pero quizá lo que más ilusión me hace es meterme por los pinares ralos, o entre las matas de taray, y que de golpe una ristra de pequeñas y atropelladas pisadas suenen nítidas sobre los restos secos de la vegetación. Hacen tanto ruido que pareciera que los autores de la pequeña escandalera fueran mucho más grandes. Y a menudo, de ellos solo ves uno o varios culos blancos sobre fondo pardogrisáceo, metiéndose como balas por ese agujero que te había pasado desapercibido, ahí en el suelo o en un montículo terroso. Queda agacharse un rato, bien ocultos, quietos y callados cerca del hueco. Con un poco de paciencia veremos rebrotar el otro extremo del animal, un par de largas e inconfundibles orejas asomando cautelosamente de la madriguera, y luego el olisqueante morro, y los ojos oscuros, tomándose su tiempo, tratando de cerciorarse de que no hay moros en la costa. No concibo que a alguien no le encanten los conejos. Tan inofensivos y bonachones, tan familiares, tan tranquilos salvo para la huida, suaves incluso a la vista, por pelaje y formas rechonchas.

Me alegro tan estúpidamente de encontrármelos porque no siempre ha sido así. En mi última visita al Sureste, este mismo miércoles, apenas pude observar dos o tres, de lejos. Y algunos montones de sus características cagarrutas, infalible método indirecto para detectar a cualquier mamífero. Se nota que los humanos han pelado hace poco muchas de las zonas arbustivas donde me los topaba, y han plantado ‘cachorros’ de pino, bien insertados en tubos de plástico para que no se los coma cualquiera. Ha podido influir, pero para mí sigue siendo un misterio tanta fluctuación conejil de unas semanas a otras.

El conejo, un símbolo ibérico (FOTO: www.lifelince.org)
El conejo, un símbolo ibérico (FOTO: www.lifelince.org)

La estampida cotidiana

Los mejores momentos de uno son los que súbitamente le vuelven niño, y eso me ha pasado aquí. Más de dos décadas después, los conejos han escapado a mis pasos alguna que otra vez, casi como antaño. Esa vivencia me trasladó de vuelta a los 80, cuando aquellos veranos en Castilla, vestido el pantalón corto y la camiseta permanentemente polvorienta de andar por los barrancos. Por entonces, caminar por el monte era como echar a correr en mitad de un rebaño: los conejos, como esas hipotéticas ovejas, salían disparados a decenas y en todas las direcciones.

Era increíble. Solo he experimentado algo superior cuando la primera gran plaga de topillos que recuerdo, a mitad de los 90. Si te subías en la bici y cogías la primera carretera comarcal zamorana hacia ninguna parte, al paso de la rueda los pequeños roedores huían uno tras otro desde los límites del arcén hasta el pequeño talud rojizo de la cuneta, constantemente, como miembros de una infinita coreografía. Sin llegar a esa exageración, lo cierto es que cuando yo tenía 10 ó 12 años había una barbaridad de conejos. Pero no mucho después, esa mágica sensación se borró. No se acabaron, pero había que vérselas y deseárselas para encontrarse con uno. ¡Con uno! En jornadas enteras de campo, ni rastro.

Dos virus vigentes, la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica vírica (EHV), masacraron en buena medida al animal-tótem de la Península Ibérica. La expansión de la primera es obra nuestra, la de la segunda no. Combinadas –también con otros factores- han logrado que probablemente aquellos tiempos de estampidas campestres nunca vuelvan. Y eso que decir conejo es decir base faunística de la pirámide ecológica al sur de los Pirineos. Tal cual. Y ya se sabe qué pasa cuando los cimientos sufren…

Hogar, dulce hogar
Hogar, dulce hogar

Hispania, el país de los conejos

Aunque no sea una opinión unánime, una de las teorías más desarrolladas sobre el origen del nombre ‘España’ lo vincula con estos animales. Se sabe que los comerciantes fenicios que alcanzaron las costas ibéricas mil y pico años antes de Cristo llamaban a este territorio Ispnya, y de ahí deriva el romano Hispania y el castellano España. Según dicha visión, el primigenio Ispnya significaría nada más y nada menos que “tierra de conejos”. Lo que es indiscutible es que los eran abundantísimos, y entonces desconocidos fuera de aquí.

Es un animal autóctono de Iberia, o como mucho incluso de la parte sur de Francia. Los conquistadores romanos se fijaron en que se parecía a la también orejilarga liebre –que sí existía en su Península Itálica-, pero era otra cosa. El conejo era pequeño y regordete, y bien que lo degustarían sus propias legiones; no un súper atleta como la liebre, que echa a correr y la pierdes de vista en el horizonte. A lo máximo que llega el mamífero ibérico es a un ‘sprint’ corto en busca de su agujero. Y ahí radicaba otra de las grandes diferencias: que sin estar especialmente dotado para la excavación, construía elaboradas galerías bajo tierra para vivir en familia. La primera parte de su nombre científico (Oryctolagus cuniculus) dice algo así, “liebre cavadora”.

“Crían como conejos” es una frase popular y bien significativa. Las hembras de cuniculus están capacitadas para parir media docena de veces al año, si hay buenas condiciones. Y de normal es fácil que las haya, porque no necesitan mucho: consumen todo tipo de plantas. Paren entre 4 y 12 gazapos, más tirando a 4, y ya a los 9 meses son fértiles. Viven hasta 10 años, por lo que hagamos una cuenta rápida y nada exagerada. Suponiendo que una coneja viva 6 años, y teniendo en cuenta que durante el primero es aún inmadura, si nos conformamos con que protagonice 3 camadas de 5 crías cada año, producirá 75 semejantes durante su existencia. Y eso es… ¡mucha carne!

Hábitat 'conejero' cerca de Toro (Zamora)
Hábitat ‘conejero’ cerca de Toro (Zamora)

Así que el conejo habitaba en un país paradisíaco. Clima benigno, el inmenso abanico botánico del monte y matorral mediterráneos al alcance de los incisivos, suelos excavables… Pero la naturaleza siempre tiene la balanza preparada, y colocó en el otro platillo la más variada cantidad de carnívoros de Europa. Citemos solo unos cuantos, pero son decenas: mamíferos como el hombre (claro), el zorro, el turón, el lobo o el gato montés; o aves como el azor, el ratonero, el águila real, el águila calzada, el águila perdicera… Y por supuesto las dos joyas de la corona, el lince ibérico y el águila imperial. Tan absolutamente ligados al conejo, amplísimamente mayoritario en su dieta, que son exclusivos de nuestra península.

El ‘boomerang’ macabro.

Pero ya sabemos quién suele empujar hacia abajo cualquiera de los platillos. Sí, nosotros los bípedos. El conejo era jugoso, y no solo en los guisos. Tan afable que fue extendido como mascota, tan adaptable que lo introdujimos por toda Europa, el norte de África, varios países de América e incluso por la lejana e inabarcable isla de Australia. Pero antes de esto último llegó a las verdes campiñas inglesas, ideales para que proliferaran y cazados masivamente por humanos y enemigos naturales.

Resulta que esos mismos británicos que tan alegremente adoptaron al conejo son los mismos que colonizaron Australia. Y alguien, se dice que un tal Thomas Austin, echó de menos poder cazar a los simpáticos lagomorfos en sus grandes extensiones abiertas, y simplemente los soltó allá por 1859. El resultado fue un desastre: una plaga bíblica que arrasó con praderas, cosechas y todo lo que se le puso delante. Porque en Oceanía apenas hay carnívoros autóctonos que pudiera controlar a tan prolífico animal, que se les fue de las manos. Parecidos ingenieros introdujeron después al zorro, pensando que, como en Inglaterra, ayudaría a mantener a raya a los conejos. Falso: el astuto por antonomasia se centró en comerse –y casi exterminar- a otros mamíferos locales facilones, sin preparación para el escape, como los uómbats. Y los conejos seguían multiplicándose…

Conejo enfermo de mixomatosis (FOTO: Piet Spaans)
Conejo enfermo de mixomatosis (FOTO: Piet Spaans)

Así que, en los 50, tratando de reconducir la situación, se decidió introducir el virus de la mixomatosis, que transmiten los invertebrados chupadores de sangre y que estaba ligado –sin afectarle mucho- a una variedad de conejos americanos, llamados ‘de cola de algodón’. Pero que mataba a la especie ibérica. El aspecto de un conejo infectado parece sacado de una película de zombis: se le hinchan los párpados, el hocico y las orejas, se debilitan y muere de hambre o desprotección. De alguna manera, el mortífero método saltó enseguida a Francia, y de allí se extendió por todo el continente. Se dice que en España, la patria conejera, desapareció el 90% de los ejemplares. Un desastre que, de rebote, casi se lleva a la tumba a los súper especializados lince e imperial.

La puntilla, ¿pinchó en hueso?

La mixomatosis afecta sobre todo a los conejos jóvenes, y cuando la superan ya son inmunes al mal como adultos. Sigue ahí, pero ya no es tan mortal. Poco a poco, con altibajos, las poblaciones se fueron recuperando medianamente. Pero todavía faltaba otra jugarreta del destino: la irrupción en 1988 de la EHV, que supuestamente surgió ‘sola’, por mutación de otro virus inocuo y propio de las venas del conejo. Nueva oleada de debacle, y combinable con la mixomatosis: la nueva afecta más a los adultos… Probablemente fue la EHV la que me robó ‘mis’ conejos infantiles.

Poco a poco, por supervivencia de los individuos inmunes, por apoteosis reproductiva, por la ayuda humana de suelta de ejemplares sanos y vacunaciones… el conjunto de la especie ha ido superando esas enormes tasas de mortalidad que le provocaban sus invisibles pero destructivos enemigos. Posiblemente nada volverá a ser lo mismo, pero (si no llega un tercer virus) puede que la base se haya reforzado con unos contrafuertes. Y que la pirámide no se caiga, al menos por este lado.

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