Callejeando por el Cretácico

Si no has estado en Cuenca, estás tardando. Ejemplo de ciudad construida en una cuesta, encaramarse a la parte alta de su casco antiguo y echar un vistazo desde cualquiera de sus miradores ya demuestra de qué va esto: cañón por un lado (río Júcar), cañón por el otro (río Huécar), con rocas de ese tono entre anaranjado y grisáceo, caliza de toda la vida. En la pared del segundo cuelgan, valga la redundancia, las inolvidables ‘Casas Colgadas’.

Casas Colgadas de Cuenca
Casas Colgadas de Cuenca

Roca, roca por todas partes. De eso vamos a tener una buena ración en la capital y su provincia. Porque otro de los privilegios de los que disfruta Cuenca-localidad es que Cuenca-Serranía, Parque Natural desde 2007, está a tiro de piedra, precisamente. Unos kilómetros de coche y nos metemos en sus límites, sede de una de las más formidables colecciones de pinares, colinas pétreas y hoces. Estas montañas se sitúan cerca del extremo sureste del Sistema Ibérico al que pertenecen también las sorianas.

Rodando simplemente por sus carreteras recibiremos toda una lección de geología. Pero me gustaría recomendar un par de excursiones ‘kársticas’ muy fáciles, muy destacadas y no tan conocidas como merecerían. Se parecen en mucho: se sitúan a menos de 40 kilómetros desde Cuenca capital, no están demasiado publicitadas, no implican necesariamente andar mucho –salvo que nosotros mismos nos queramos complicar- y las dos están directamente relacionadas con las rocas solubles. Además se trata de caprichos naturales poco comunes en otras partes. Se diferencian en el concepto: uno de los lugares es una especie de campo de champiñones gigantes, el otro un enorme gruyer, con y sin agua.

Sugerencia 1: La excursión de 007

Si no me falla la memoria de cuando lo aprendí, los dinosaurios desaparecieron al final de un período de la prehistoria terráquea llamado Cretácico, hace 65 millones de años. Así de viejo es el paraje de los ‘Callejones de las Majadas’, o el inicio del proceso que lo moldeó. Las Majadas es el pueblo más cercano, a 3 kilómetros, y los Callejones el nombre que le han dado a este laberinto. Es un ejemplo de ‘lapiaz’, conjunto de huecos y canales en la roca que, cuando alcanza profundidades de varios metros y se ensancha dejando aislados enormes monolitos, se conoce a veces como ‘Ciudad Encantada’.

Ciudad encantada de Callejones de las Majadas, vista general
Ciudad encantada de Callejones de las Majadas, vista general

Sí, todo el mundo ha oído hablar de la Ciudad Encantada de Cuenca. Es mayor aún que el lapiaz de los Callejones, y no están muy lejos el uno del otro. Pero su principal diferencia es que en el primero cobran entrada, y en el segundo no. Y aunque a veces no quede más remedio que pasar por caja, le he ido pillando cierta alergia a pagar, sobre todo si es para andar por el monte. Vale la pena la Ciudad Encantada, con sus piedras nombradas por parecidos, pero prefiero ir a Las Majadas, más silvestre, más tranquila. Y casi igual de espectacular.

La cosa fue resumidamente así: al principio el terreno era una especie de gran bloque de roca parecida a la caliza, que los geólogos llaman ‘dolomía’. Pero ésta tiene puntos débiles, pequeñas grietas y surcos por donde penetra el agua, por ejemplo cuando llueve. Y habida cuenta de que se compone de carbonato cálcico y magnésico, que son solubles, a base de milenios esas grietas crecieron tanto que se convirtieron en pasillos de varios metros de profundidad. Tan anchos, en ocasiones, que comunicaron unos con otros y dejaron medio aislados a grandes ‘menhires’ denominados tormos.

Así que, voilà!, unos millones de años después ya tenemos ‘Ciudad Encantada’ a nuestra disposición. En este caso, podemos dejar el vehículo en una explanada que funciona como parking, justo al borde de ‘Los Callejones’, y disfrutar de un paseo circular por sus intrincados límites, muy fácil (3,6 kilómetros, hora y media muy tranquila) pero sumamente atractivo, marcado con estacas pintadas y flechas, incluso con algún banco en recovecos.

Los Callejones, vistos desde encima de un 'champiñón': ¡viva el karst!
Los Callejones, vistos desde encima de un ‘champiñón’: ¡viva el karst!

Además conviven aquí varias fases de la erosión de la roca inicial: desde zonas menos desgastadas, donde parece que ha sido simplemente rastrillada sin penetrar hasta el fondo, hasta ciclópeos hongos, sin olvidar pasadizos entre los muros, arcos y puentes, pedruscos con forma de proa de barco y un infinito etcétera. Junto al aparcamiento, además, hay un amplio prado, como la plaza mayor del descomunal y curioso barrio. No nos decepcionarán los ‘Callejones’, tan peculiares que se usaron como escenario para unos minutos de una película del agente James Bond, El mundo nunca es suficiente (1999). Con Pierce Brosnan a la cabeza, y donde el paisaje interpretaba a… las montañas de Azerbaiyán (aquí en el tráiler, segundos 33 a 40).

Cómo llegar: desde Cuenca, carretera hacia el norte, hacia la Ciudad Encantada (CM-2110), durante unos 22 kms. hasta que en las inmediaciones de Villalba de la Sierra sale el desvío de reviradísima ruta hacia Las Majadas (si siguiéramos por donde veníamos en no mucho llegaríamos a la ‘Ciudad Encantada de Cuenca’ como tal, la de pago). En Las Majadas, buscar los carteles hacia los Callejones o preguntar: están a 3 kms. extra.

Sugerencia doble 2: Y de pronto, el paisaje se hundió

Como hemos visto, cerca de Las Majadas, al norte de Cuenca ciudad, la disolución de la dolomía deja huella ‘hacia arriba’, es decir aislando grandes rocas multiformes. En cambio, en las proximidades de los pueblecitos de Mohorte y Cañada del Hoyo, al este de la capital pero a similar distancia, esos mismos procesos sobre las calizas han creado un paisaje bien distinto, ‘hacia abajo’: el terreno se ha hundido en enormes agujeros, las ‘Torcas’, a menudo inaccesibles. En el primer caso, mayores y fundamentalmente secos; en el segundo, llenos de agua, formando un pequeño complejo lagunar.

Hace décadas, mi abuelo Félix cavaba en la pequeña huerta de su corral de Toro, Zamora, cuando de pronto se lo tragó la tierra. La explicación, claro, es que había hueco debajo: Toro es tierra de vinos, y el ‘humus’ tapaba una pequeña bodega desconocida. Algo así ha pasado en estos parajes conquenses, pero sin acción humana: fue el líquido elemento, a veces procedente de manantiales subterráneos, quien desgastó la piedra desde tiempos antediluvianos, penetrando de nuevo por sus fisuras y ensanchándolas. Pero las características del terreno supusieron aquí la formación de cercos más o menos circulares y el hundimiento final del terreno.

Torca del Lobo, una de las 'Torcas de Palancares'.
Torca del Lobo, una de las ‘Torcas de Palancares’.

El mejor ejemplo de todo esto son las Torcas del monte Palancares. Son unas 30, de distintas dimensiones, formas –lo dicho, normalmente tendentes a la circular- y profundidades, todas con nombre propio, derivado de características del entorno y/o sucesos más o menos legendarios. Se trata de buenos agujeros, de entre 30 y 500 metros de diámetro. La mayor es la Torca Larga, con más de 10 hectáreas, y la más profunda la de las Colmenas (90 metros).

Sin embargo, llegar al fondo de la Torca del Lobo o la de la Novia es lo más complicado, por los paredones que limitan su lejano fondo: si uno no es escalador, tendrá difícil alcanzarlo, salvo con los ojos. La del Lobo, en conjunto, puede ser la más espectacular. Están muy cerca unas de otras, así que desde nuestro vehículo (véase ‘cómo llegar’, abajo) podemos prolongar el paseíto tanto como queramos.

El caso es que en la misma sierra de Palancares, a muy pocos kilómetros en línea recta (un poco más de vuelta, en coche), existen otras torcas en general más pequeñas, pero preciosas y bien diferentes. Como guardan contacto con la cuenca del cercano río Guadazaón y sus acuíferos relacionados, estas depresiones circulares han tocado con el agua subterránea, que encharca su fondo. Así que ha formado lagunas, de varias tonalidades por si fuera poco: las siete ‘Lagunas de Cañada del Hoyo’.

Están divididas en un par de grupos, el superior y el inferior. Las más cercanas a la carretera, visitables en unos minutos de excursión, son las superiores (Lagunas Gitana y del Tejo, más el lagunillo también llamado Tejo, pegada a la ‘mayor’), y en teoría las otras cuatro están en finca particular y también habría que pasar por caja. Varían desde el azul celeste al negro absoluto, por cuestiones de los microorganismos y la vegetación que albergan, y por su exposición a la luz solar. La más grande es la del Tejo, con 200 metros de diámetro y 30 de profundidad. La verdad, da gusto verla(s).

Espejo natural en las Lagunas de Cañada del Hoyo
Espejo natural en las Lagunas de Cañada del Hoyo

Casas colgadas, ciudades encantadas, fondos al alcance de la vista pero no de la bota. ¿Que no es un buen plan?

Cómo llegar:

– Para las Torcas de Palancares, y siempre desde la capital provincial, N-420 a Teruel y desvío pasado el pueblo de Mohorte, donde otra carretera nos conduce al enclave, 9 kms. mediante. 20 kilómetros, desde la ciudad.

– Para las Lagunas de Cañada del Hoyo, misma carretera N-420, ignorando Mohorte, superando el puerto de Rocho y desviándonos a la localidad de Cañada de Hoyo (km. 461). Desde allí, los carteles nos llevarán por otra vía asfaltada hasta el extremo del complejo lagunar. Unos 40 kilómetros, desde la capital.

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