Calblanque: sorpresa de lujo en la costa de Murcia

Qué atrevida es la ignorancia, dice la frase hecha. Mi cabeza, como otras muchas, también se alimenta de tópicos, o de mitos y prejuicios que a menudo se crea uno mismo…

En toda mi vida solo he pasado dos días en la región de Murcia, y la capital ni la conozco, solo la vi de pasada desde el coche. En realidad hasta hace pocos meses era, junto a Badajoz, la única provincia española donde nunca había estado. Así que, otro fin de semana cualquiera, me decidí a solucionarlo. Y me fui al extremo sureste de la piel de toro, al cabo de Palos, allí donde la costa que viene de Levante dobla decididamente en busca de Andalucía.palos

Pero este viaje, y otros, empezaron muchísimo antes. Cuando de jovenzuelo cayó en mis manos una obra imprescindible, que también ha guiado muchos de mis pasos. Se trata de la ‘Guía de la naturaleza española’ de Juan Gabriel Pallarés, coleccionable que salía hace un par de décadas con ‘El País Semanal’. Amena, muy bien escrita, muy bien documentada.

Dividida por autonomías, va repasando meticulosamente todos los espacios protegidos y sobre todo dignos de proteger que albergan las tierras españolas. Desde serranías enormes a pequeñas isletas o lagunajos, citando una inmensidad de fuentes. La conservo manoseada y sin encuadernar –un par de capítulos son fotocopias que me hizo un conocido-, guardada como oro en paño en una carpeta marrón y destartalada que mi difunto tío decidió que fuera para mí: pone mi nombre en una pegatina.

(Me siento obligado a confesar aquí algo que nunca he contado: supe de la Guía por casualidad, cuando alguien me dio un par de fascículos. Después me enteré que el hermano mayor de un antiguo amigo había hecho la colección entera, y se la pedí para tenerla un tiempo. Por tonterías de cuando tienes 13 años perdí el amigo, y creo que es lo único que conscientemente no he devuelto en mi vida… En honor a la verdad, le tengo más aprecio a la colección del que le guardaba a aquel chaval. Que no pese mucho en el Juicio Final).

El prejuicio… ¿consumado?

He tratado de ir conociendo todos los lugares que me parecían atractivos según la Guía, tarea para la que debería reencarnarme varias veces. Pero se hace lo que se puede. La cuestión es que Murcia era, quizá, la zona que menos me llamaba la atención. Pequeña, desertizada en buena parte, sin grandes joyas de la fauna ibérica desde hace literalmente siglos, tórrida en verano… Y siempre a una eternidad de mi casa, porque soy de Gipuzkoa y he vivido en Pamplona, Soria y Madrid. Lejísimos.

Y ¡ah!, murciana es la Manga del Mar Menor. Ese lugar que mi cerebro situaba en su día casi en Mozambique, vendido a bombo y platillo en los concursos televisivos de mi infancia: no había ‘Un, dos, tres’ ni ‘El precio justo’ que se preciase que no incluyera entre sus más ostentosos premios un apartamento allí. A los donostiarras no nos impresiona la playa, porque la mejor la tenemos al lado de casa, rodeada de verdísimas montañas; ¿quién se iría de vacaciones a ese lugar amarillento que salía en las fotos, plagado de bloques claros de nosecuántos pisos? Yo no entendía nada.calas

Total, que mi pereza con Murcia era casi antediluviana. Muchos años después, y hace pocos, descubrí por la costa valenciana o malagueña rincones muy bonitos, pero más aún espantos terribles de cemento, asfalto y chiringuito de los que me suelen dar ganas de salir huyendo. Aún así, algún día había que darle una oportunidad a Murcia. Así que lo dicho, rumbo a lo desconocido.

Por las fechas que figuran en algunos de sus textos, el señor Pallarés escribió en torno a 1989-1990. Vete a saber qué habrá sido de aquellos lugares, pensé, si las amenazas que relata se han consumado. Lo cierto es que con Murcia no se esmeró tanto, ya que incluye los rincones valiosos de su costa en un único apartado, por lo que evidentemente reparte las descripciones. Pero me llama la atención que ya por entonces figura un parque natural declarado en el litoral. Y me apetece mar, que es lo que más escasea en las urbes…

…Y de pronto ahí estoy, en el histórico cabo de Palos. En mi viaje casi de ir-tocar-y-volver tengo un domingo completo, y sé que me da tiempo a asomarme mínimamente al Mar Menor, que está ahí mismo: pese a las torres que se ven por todas partes, dice Pallarés que en su pasado (remoto) este lago interior fue como Doñana. Bueno, lo pensaba, lo de que me daría tiempo: el atasco es tan monumental en la entrada a la Manga que tengo que dar media vuelta tres cuartos de hora después de haber avanzado un kilómetro escaso.

El cabo en sí, faro incluido, redobla mi angustia: es el primero que conozco donde los edificios prácticamente se comen a la roca. Y yo que esperaba algo agreste y batido por las olas, como Peñas, en Asturias, o Matxitxako en Bizakaia…

Se hace la luz.

Pero en Palos, una de las esquinitas de la Península Ibérica, la costa este termina y empieza la costa sur del Mediterráneo. Y el mundo cambia de golpe, de una forma inenarrable. Enseguida empieza el Parque Regional Calblanque, nombre de una de las playas que incluye. A 10 kilómetros de la Manga, y con el faro a la vista, el mundo se transforma. Pegando con las últimas casas de Palos se abre cala Reona, bella pero llena de turistas. Un sendero trepa por el acantilado contiguo, dobla una pequeña punta entre paredes oscuras y serpentea hasta otra cala; supera un barranco y se asoma a las olas, vuelve a entrar y vuelve a salir…dunasgeneral

Las aguas invitan a bajarse a alguna de las calitas; eso hago, no me arrepiento. Las gaviotas cacarean por doquier, la brisa refresca la cara. En un par de kilómetros se alcanza un paraje llamado ‘Mirador de Punta Negra’: la boca se me abre, los prejuicios caen pulverizados a mis pies, sumándose al campo de dunas y playas claras que se abre a mis pies. A la derecha, las salinas de Rasall, donde paran las aves migratorias. Al fondo el Cabezo de la Fuente, un montículo de cumbre pétrea y rojiza, de poco más de 300 metros de altura pero que luce imponente desde acá. Más lejos, al final de la gran llanura, otro monte más alargado que penetra en el ‘Mare nostrum’, el de las Cenizas.

Y sobre todo… ¡ningún edificio! Miento, hay dos. A pocos kilómetros, el centro de visitantes; más cerca, una casona… abandonada. Hay gente en la playa, no lo voy a negar, pero no tanta: están holgados y es mediados de julio… Aquí en invierno no tiene pinta de haber nadie. Algo brilla a unos 500 metros de la orilla: sí, son algunos coches. El parking (un arenal) está lejos: unas pasarelas de madera llevan a los bañistas hasta el agua, para no dañar la importantísima vegetación adaptada a las dunas. Miento de nuevo: los llevan sus propias piernas, que es lo bonito e inesperado de todo esto. Por si fuera poco, para alcanzarlo hay que recorrer una decena larga de kilómetros por pista de tierra por la que no todo el mundo está dispuesto a meter el preciado vehículo…

En definitiva, entre lo que he dejado atrás y el panorama que se abre hasta donde llegan mis ojos y sus colegas los prismáticos, estoy en el más increíble tramo de costa prácticamente virgen que he visto nunca en la España peninsular.dunafosil2

Incredulidad.

Puede que objetivamente los haya mejores, pero en la balanza sumo espectacularidad, contrastes entre llanura y cerros –las Cordilleras Béticas se hunden aquí en las olas-, carácter relativamente solitario en plena temporada alta… y sorpresa, por la nula publicidad que de esta zona había llegado a mí. La sorpresa es doble, conociendo además lo que le ha pasado al litoral desde el inmediato Palos hasta Cataluña. Porque vale que los cantiles sean difíciles de edificar, pero ¿¿¿cómo es posible –me alegro- que dejaran intactos estos centenares de hectáreas de arenales y dunas…???

No lo sé, pero celebrémoslo. Bajo de las crestas hasta la playa, paseo por entre las arenas móviles, me acerco a las dunas fósiles, auténtica reliquia de arena petrificada que no se puede pisar pero sí contemplar de cerca. Y a bañarse otra vez, claro… No hay suerte mirando al cielo, pero me aseguran que el águila perdicera, en regresión brutal en otras zonas, planea por estos parajes donde crece la rara sabina mora.

No me sobra tiempo. Retrocedo y, ayudado por mi viejo bólido, el Renault 19 de las aventuras, me acerco dando un buen rodeo de carreteras al Monte de las Cenizas, al otro lado del parque, a un par de decenas de kilómetros en línea recta desde el extremo opuesto. Ahí, ya a pie y en 3 kilómetros de ascenso por un densísimo pinar –otro imprevisto-, alcanzo la mesetaria cima donde se construyó una antigua batería militar que alberga no tan antiguos cañones, de los más largos del país.cenizas

La vista desde allí es sobrecogedora, una vez más, con los verticales y oscuros límites de la roca cayendo a pico hasta el mar, desde mucho más alto que en la zona de Reona. Unas diminutas manchas rojas se aprecian sobre las olas: es un puñado de personas en kayak… A la derecha, o sea hacia el oeste, se divisa la multicolor bahía de Portmán, por desgracia no debida a delirios de la naturaleza sino a vertidos mineros destructivos, que terminaron en 1990. Pero los acantilados y colinas costeras sin construir siguen hasta la prehistórica Cartagena; más allá está el cabo Tiñoso, y algo más allá el cabo Cope, agreste donde los haya. La costa masacrada que siempre imaginé brilla, en general, por su ausencia.

El plan.

Mi cerebro empieza a idear algo que algún día realizaré, si puedo: una buena caminata de varios días por todo el sur de la costa murciana, quién sabe si hasta el mítico y brutal cabo almeriense de Gata, que es la continuación natural. Durmiendo donde toque, parando a bañarse. En primavera, cuando no haga calor ni tampoco frío, cuando la costa sea nuestra…

Y sí, qué atrevida es la ignorancia.

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