Cabrera: siéntase Cousteau de un vistazo

Me he encontrado con gente que ni la cuenta. Para algunos, las islas Baleares son cuatro: Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera. En cierto modo, es normal: Cabrera es la más pequeña, y virtualmente no vive gente: dicen que es la mayor isla de todo el Mediterráneo sin núcleo de población alguno. La animación está en otras. Aquí no hay torres de apartamentos, ni siquiera encantadores aldeas marineras: zona militar desde 1916, la especulación tuvo que pasar de largo, al menos por una vez.

Unos 7 kilómetros en su zona más larga, unos 5 en la más ancha: en el mapa se la ve minúscula, como apocada, arrinconada al sur de la enorme Mallorca, de la que dista apenas 15 kilómetros. Su costa de constantes entradas y salidas le da una forma difícil de describir, como de lanudo perrito a la carrera. Tampoco está sola, y de hecho a ella y su entorno los llaman ‘subarchipiélago’: son 19 los islotes asociados, el más importante Conejera o ‘illa des Conills’, por el que pasaremos necesariamente con el barco.

Na Foradada, Conejera, Cabrera... estamos llegando
Na Foradada, Conejera, Cabrera… estamos llegando

Subes al castillo, miras y ves una sucesión de colinas semidesérticas y calizas, muy escasos tramos de arena, calas y pequeños acantilados por aquí y por allá, mientras resuena de fondo el griterío constante de las aves marinas. Es agradable, atractivamente desolada, pero no inolvidable. Sin embargo, una vez más, ‘la belleza está por dentro’. De las más de 10.000 hectáreas del Parque Nacional de Cabrera, declarado en 1991, el 85% permanece oculto a la vista: lo tapan las aguas.

A la mirada del observador de secano, se entiende: porque en la misma ensenada del muelle bastará con meternos en el salado líquido hasta la cintura y colocarnos las gafas de bucear para que se manifiesten todos los porqués. Venga, ahora juguemos a sumergirnos solo hasta la mitad de nuestros ojos: que se vea aire arriba, y agua abajo. Mirando 45º hacia arriba, aridez, lomas secas; 45º hacia el fondo, descomunal explosión de vida.

Al alcance de la mano o de un chapoteo de 5 segundos con ayuda del ‘snorkel’, varios tipos de peces actuarán ante nosotros con naturalidad, como en un documental del comandante Cousteau. Meros, lubinas, doradas, variedades multicolores… La fauna piscícola concentra aquí más de 200 especies, y por eso sus costas son las más ricas del Mediterráneo, o no están muy lejos de las primeras. De fondo, las praderas de posidonia oceánica, esa extraña hierba submarina gravemente amenazada. Entre los relieves rocosos morenas, congrios, pulpos, erizos, anémonas… Si tuviéramos mando a distancia, nunca cambiaríamos.

Llegando al muelle, dominado por el castillo
Llegando al muelle, dominado por el castillo

Asignatura pendiente

Y lo dice un absoluto ignorante subacuático. Repito: todo eso en la misma ensenada del muelle. Entre mis muchas tareas pendientes, una de las más importantes es el buceo. Nunca me he puesto con él, siempre faltó tiempo o dinero, o sobró distancia con el mar; pero las ganas están ahí. Por culpa del genio del ‘Calypso’ y sus continuadores, sé que me estoy perdiendo algo demasiado grande.

Los fondos de Cabrera, poco alterados, azules en varios tonos, de una claridad asombrosa, son un paraíso para los buceadores. Mereció la pena protegerlos, y de hecho los submarinistas ‘de verdad’ solo pueden sumergirse en un par de lugares, cala Galiota y cerca de la punta de Sa Corda. El resto queda en exclusiva para los habitantes locales, que no son humanos. No solo los descritos, sino también grandes tortugas marinas, delfines y un largo etcétera.

Mucha suerte sería toparse con una de las casi extintas focas monje, uno de los mamíferos más amenazados del mundo. En las kársticas cuevas subacuáticas de Cabrera llegaron a tener su hogar. Alguna vez podría dejarse ver algún ejemplar que vaga por los mares, como pasó en 2008 en costas mallorquinas.

El muelle, desde el castillo; se intuyen sus fabulosos fondos...
El muelle, desde el castillo; se intuyen sus fabulosos fondos…

Visita sin aletas

Las gafas y el tubo son imprescindibles, pero en Cabrera hay más. Empezando por el propio viaje. Por ejemplo en cualquiera de los pequeños barcos que parten de Colonia Sant Jordi, sur de Mallorca, donde está el centro de visitantes del Parque Nacional. Hay épocas del año en las que conviene ser previsor, porque el número diario de visitantes es limitado.

Sugerencia para la pequeña singladura: coloquémonos en uno de los asientos de cubierta, a proa. A poco que la mar esté picada, y que espumee mínimamente contra el casco, el agua salada nos salpicará en la cara y, por un engañoso rato, nos sentiremos como mínimo auténticos grumetes.

Y miremos, disfrutemos de las fantásticas pardelas, esas aves con aspecto de gaviotas oscurecidas y aventureras. Planean con las alas abiertas de par en par casi a ras de superficie, esquivando las olas con elegancia infalible. Me pasaría las horas muertas contemplándolas, sin hacer nada más.

Una hora después, un faro a bandas blanquinegras destaca sobre el horizonte: es el islote de Na Foradada, puerta del subarchipiélago olvidado. Unos minutos y un par de promontorios después, la roca ya es grande: Conejera, sobre la que destaca una inmensidad blanca (cientos de gaviotas patiamarillas e incluso de Audouin, estas últimas muy amenazadas) con zonas bajas negras (cormoranes moñudos). Y poco después arribamos a la isla grande.

Otro barco penetra en Sa Cova Blava
Otro barco penetra en Sa Cova Blava

De lo primero que encontraremos aquí, a nuestra izquierda, es la gruta submarina de Sa Cova Blava, un buen hueco al pie del acantilado; y probablemente otro barco metido dentro, para deleite de los turistas: es lo que habitualmente nos esperará para el viaje de vuelta. Dejaremos atrás una primera bahía y entraremos en la siguiente, donde está el muelle, en un fenomenal y abrigado puerto natural.

Piratas y prisioneros

Tras el desembarco, toca calcular las pocas horas que tenemos para iniciar el retorno (5 ó 6), repostar si hace falta en la cantina del puerto -única posibilidad en este microcosmos- y, a caminar se ha dicho. El primer objetivo salta a la vista: el castillo, al que le hemos echado el ojo hace tiempo. Es del siglo XIV, y ni él sabe cuántas veces fue destruido a cañonazos, porque lo levantaron para evitar que la isla siguiera oficiando de nido de piratas, lo que a menudo fue.

Excelentes son las vistas desde la fortaleza, a 72 metros de altura (el pico más alto es el Na Picamosques, con 172), que nos permitirá empaparnos de ‘Mare Nostrum’ sin mojarnos siquiera. Ahora, volvamos por donde hemos venido y simplemente crucemos la isla hacia el extremo suroeste, donde se levanta el faro de la punta de N´Ensiola, separada de tierra por un pequeño istmo.

Faro de N´Ensiola
Faro de N´Ensiola

El paisaje hasta allí bordea la ensenada del snorkel, incluida la playa arenosa (noticia) de S´Espalmador, y tira hacia el faro por mitad de un paisaje rocoso, de matorral bajo y arbustos como el acebuche u olivo silvestre. Huirán al son de nuestros pasos negras y abundantes lagartijas baleares, especie exclusiva de las islas que ha desarrollado variedades propias en muchos de los islotes del subarchipiélago. Ir y volver al edificio de la luz nos costará unas 3 horas (con tranquilidad) desde el puerto.

Aunque solo sea como homenaje a los pisoteados, hay que desviarse brevemente al monumento a los Franceses. Porque esta isla privilegiada en tantos aspectos fue para ¡varios miles! de galos una yerma cárcel sin muros. Eran prisioneros derrotados en la batalla de Bailén, a los que abandonaron aquí en 1809, aunque de cuando en cuando les llevaban comida –poca- en barcos. La leyenda habla de caníbales, incluso. Para cuando fueron rescatados, en 1814, tres cuartas partes de ellos habían muerto, y hasta parecen pocos. Otro capítulo para la negra historia del ‘Homo sapiens’.

Hasta la próxima

Islote de Na Foradada
Islote de Na Foradada

Mala suerte: el mar no está tan tranquilo como debiera, o como nos gustaría a los nuevos, y el barquichuelo no puede arriesgarse a entrar en Sa Cova Blava. Aseguran que la experiencia es inolvidable, que te dejan tirarte al agua dentro, bajo la bóveda de piedra, otra vez con las gafas. Así que, en vez de eso, nos lanzamos de vuelta a Colonia Sant Jordi, que tampoco está mal: vuela la espuma, maniobran las pardelas… y el mundo misterioso de Cabrera se va haciendo diminuto, como en el mapa, hasta esfumarse.

Cuentan que siempre hay que dejar algo en todas partes, para que no quede más remedio que el retorno. ¿Con botellas a la espalda, neopreno y aletas…?

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