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‘Dingo’: el drama de una especie con nombres y apellidos

DSC_0131Por esas cosas de la vida, es decir por trabajo, vivo donde jamás habría deseado ni imaginado: Madrid, el imperio del asfalto. Y debido al mismo motivo, libro raro, a veces a destiempo. Esa vez, una dupla lunes-martes sin sentido, a principios del pasado enero. Planeo dedicarla a amplias búsquedas en Internet que tengo pendientes. Pero a mediodía del lunes, suena el SMS y ahí tengo a mi amigo Javier, biólogo de primera división: varios colegas suyos están apostados con sus telescopios en la Sierra de Andújar, la parte jiennense de Sierra Morena. “El gato está a tope con el celo”, anuncia. “Mis amigos se lo han comido. Si puedes, vete ya”.

‘El gato’ no es el minino de casa. El gato es como le llaman en el mundillo al lince. Palabras mayores, para un aficionadillo campestre como yo. El lince ibérico, exclusivo de Iberia, el felino más escaso de la Tierra. Para mí, uno de los ‘6 grandes’ de nuestra fauna. En los safaris por la sabana africana, los viajeros buscan el repóker de mamíferos: león, leopardo, búfalo, rinoceronte, elefante. Si no los has visto todos, no parece lo mismo. En la fauna ibérica, yo tengo desde niño mi lista de media docena, aves inclusive: águila imperial, quebrantahuesos, urogallo, lobo, oso, lince. Si la completo, tendré al menos una razón para morir en paz. Sólo me falta él.

¿Puedo? Me lo pienso dos minutos. A final de mes me venía mejor, cuando me han asignado cuatro días ociosos como cuatro soles, y pensaba ir precisamente a Andújar, en busca de esa especie que ya me fue esquiva hace un par de años. Pero el celo nos activa a todos, y más a ellos que lo sufren o disfrutan entre mediados de diciembre y mediados de enero: se mueven, se buscan, no se preocupan tanto por ocultarse, ¡maúllan…! A finales puede ser tarde, como la otra vez. Me ha sobrado un minuto, por lo menos.

Así que me olvido de mis planes anteriores. Hago la mochila con cuatro cosas, porque mañana por la noche tengo que estar de vuelta en la urbe, marco un par de números que me da Javier para quedar con su tropa, bocata, coche y a surcar la llanura manchega. La verdad es que en poco más de tres horas estás en Sierra Morena, ajeno al mundo. A las seis es noche totalmente cerrada.

En el único bar en muchos kilómetros a la redonda me encuentro con el pequeño ejército de linceros, que no conocía. Los biólogos tienden a ser muy precavidos con extraños, y con razón, pero como vengo con ‘carta de recomendación’ me acogen como si fuera de toda la vida. Hablan de que tienen otros amigos en el Himalaya, en busca de la mítica pantera de las nieves, pariente lejano de nuestro gran gato… He acertado viniendo.

Pero claro, como decía otro viejo colega ornitólogo, “los bichos no son máquinas”. Esto es, no están programados para aparecer ante tus prismáticos. Y la verdad es que mis nuevos colegas hasta se admiran de mi viaje: el gato tiene que aparecer(me) mañana o mañana. Ellos ya lo han disfrutado, pero se tiran una semana entera.

Eso sí, este conjunto montañoso es la capital mundial de la especialidad. El lince se reduce a unos 300 ejemplares en libertad en todo el mundo, en el suroeste peninsular, es decir en España, y alguno suelto –y soltado, en ciertos casos- en Portugal. Menos que el censo de Abejar. La caza para piel, las plagas que diezmaron insólitamente a los conejos –es el carnívoro más propio de estos-, los envenenamientos, la destrucción del bosque mediterráneo y en definitiva la insensatez humana se lo han cargado en un par de siglos. Los hubo en Soria, también.

© Santi Villawww.facebook.com/parquenaturalsierraandujar
© Santi Villa
www.facebook.com/parquenaturalsierraandujar

Silencio, se mira.
Quedamos prontísimo para lo que es mi día a día, aún en plena oscuridad, para desayunar. Tres cuartos de hora de coche por carretera terciaria y pista de tierra nos conducen a un valle por cuya ladera nos vamos distribuyendo, comunicados por ‘walkies’. Hay una niebla baja muy poco favorable para el éxito de mi contrarreloj, pero por el sol parece que luego levantará, y así es.

Y ahora, a esperar. Tenemos todo el día. Me junto con otros dos neoamigos y sus espectaculares telescopios. La verdad es que el paisaje es precioso: vallejos y colinas hasta el infinito, encinas, alcornoques, matorrales variados, embalses en la lejanía. Salvo esto último, lo que era la Iberia primigenia, arrasada por ejemplo en las dos mesetas. Y mirar, y mirar. Y mirar. Hace un poco de frío, pero se nota que es Andalucía: en Urbión estar tanto tiempo quieto sería insoportable. Pregunto cómo es un lince de tamaño, porque sólo lo he visto en la tele y no me hago a la idea. “Como un boxer”. Perfecto.

Ciervos hay un montonazo. También nos fijamos una manada de gamos y un jabalí muy cercano, sumamente confiado, hozando junto a un arroyito. Conejos se ven, pero dado su tamaño, como están al fondo del valle, son más difíciles. Unas torcaces se asustan, y cruza en línea recta el azor, fugaz como siempre. “Mira”, me indica el compañero. Al otro lado del valle, lejos del alcance de mis viejos prismáticos pero accesible con su telescopio, hay un grupo de muflones, los parientes salvajes de la oveja. Con sus cuernos curvados hacia atrás, sumamente estéticos. Sólo los había visto huyendo de los lobos en ‘El hombre y la Tierra’. Estos están más tranquilos.

Pasan las horas, hace algo de calorcito incluso. Las columnas térmicas de aire empiezan a subir, y ahí se cuelgan las grandes rapaces planeadoras. Primero son todos buitres leonados. Pronto se juntan algunos buitres negros, digamos que más prestigiosos. Un biólogo de otro grupo contiguo, pues no somos los únicos en el paraíso, da la voz de alarma, pero mirando al cielo: “¡Imperial!”. Sí, entre los carroñeros está la ‘reina de las aves’. Se suele decir esto del águila real, pero en el monte mediterráneo yo diría que es ella, el águila imperial ibérica. Se le ven perfectamente las manchas blancas sobre los hombros. Otra que está casi, casi tan machacada como el lince…

La llamada del bosque.
Son ya casi las dos y media de la tarde, y ni rastro. Empiezo a preocuparme, aunque ya sabía de sobras que garantías, ninguna. Así son las reglas de este juego. Nos hace falta un paréntesis, comer es casi la excusa para descansar la vista tras seis horas observando. Charlamos bajito de nuestras esperanzas. Y de pronto, por detrás de nuestras cabezas, ladera arriba de la pista y en el lugar opuesto del fondo del valle que escudriñábamos, suena un par de maullidos rápidos, de gatazo. Muy cerca.

Revolución en la tropa, media vuelta a las personas y las ópticas. Uno de los más expertos lo localiza rápido, pero solo me da tiempo a ver un culo moteado, dos muy hinchados testículos –es la época- y la cola corta y enhiesta, metiéndose entre unos matojos. Sin embargo, por su trayectoria parece que va a pasar en breve por un claro. Eso es. Entre dos arbustos más separados, el lince cruza en todo su esplendor. Lleva un collar blanco y voluminoso en el cuello, para hacerle radioseguimiento, porque es un ejemplar estudiado por los científicos del programa europeo LIFE Iberlince para su conservación.

Nuestro almuerzo ha terminado antes de empezar, lo dejamos todo para seguir sus correrías, aunque a ratos lo perdemos. Gente que estaba más arriba y que venía a lo mismo que nosotros se nos va juntando. A lo largo de un par de horas, alrededor de 60 ojos humanos no hacen otra cosa que buscarle a distancia.

Uno de mis acompañantes me dice que ya lo han visto otras veces: se llama ‘Dingo’, es un macho adulto que hace un tiempo se dieron cuenta de que tenía un problema en un ojo. Fue capturado por los técnicos del programa, para curarlo, y decidieron que podía vivir en libertad, como así ha sido; yo al menos no le noto nada extraño. Dos días después fue liberado en el mismo rincón serrano donde lo atraparon, equipado con el llamativo radiotransmisor para registrar todas sus andanzas.

Y se mueve, se mueve. Recorre el valle, lleno de recovecos, y descendemos por la pista en busca de mejor perspectiva. Los últimos minutos son los mejores. Antes de desaparecer Dingo empieza a subir por otra pista que da a la nuestra. Con los telescopios parece realmente al lado. Podemos recrearnos en su pelaje moteado, su andar de patilargo más preparado para saltar y esprintar, esas orejas terminadas en pincel, tan exóticas como sus patillas, y el rabo breve pero erguido, muy visible. Y vaya ojazos. Hay quien, con su simple cámara de fotos, consigue una grabación espléndida.

El libro de familia.
Y yo, que luzco una sonrisa de oreja a oreja, no puedo evitar ignorar a Dingo por un rato y echar un vistazo a mis compañeros. No solo a los del grupo inicial, sino a los 30 aproximadamente que finalmente nos hemos apiñado acá. La escena tiene mucho de surrealista: todo un pelotón de personas vestidas de colores discretos, emocionadas, incruentamente armadas con todo tipo de instrumentos para ver más cerca y nítido lo que está lejano, y la pequeña fiera caminando parsimoniosamente, ajena a todo, por su feudo. Ahí está el drama, en realidad: estamos nerviosos porque es tan escaso que cualquier enfermedad o mala política se lo pueden llevar por delante.

Gracias a mucho esfuerzo, hemos salvado in extremis y por ahora al gran gato de la extinción. La población lincera ha crecido algo, hasta los 300 ejemplares entre Andújar y el Parque Nacional de Doñana, sus últimos santuarios fijos. Hace una década el censo era de apenas la mitad. Alguna vez se ha intercambiado, vía humana, ejemplares de las dos poblaciones para que haya mezcla, para que no estén forzados a cruzarse entre parientes, lo que lleva inevitablemente al desastre. También parece que hay individuos o pequeñas poblaciones que están colonizando Cáceres, el sur de Salamanca y parte de Ciudad Real. Pero es una victoria pírrica, aún. Recordemos: 47 millones de personas en España, 7.000 millones en el mundo. 300 linces ibéricos para todo el planeta.

El problema de Dingo, pienso, es que tiene un nombre propio, y sus apellidos van implícitos. Sus estudiosos habituales saben quién es su padre y su madre, seguramente quiénes fueron sus abuelos, podrían darnos los nombres de sus hermanos, por dónde andan sus primos y tratarán de no perderles la pista a sus hijos y sobrinos, que esperemos tenga muchos. El problema del lince es que nosotros y solo nosotros, autoproclamados ‘Homo sapiens’, lo hemos masacrado. Y hemos dejado tan pocos que conocemos a cada ejemplar, que todos tienen libro de familia.